sábado, 22 de diciembre de 2012

El emperador filósofo. "Meditaciones" de Marco Aurelio.


Hablar de los estoicos es referirse a la crisis de la polis, el final de un modo  de vida en el que el individuo se sentía inmerso en una comunidad, marco indispensable para su desarrollo personal. El desarraigo traerá como consecuencia la reivindicación del mundo entero como patria -el cosmopolitismo estoico- y la creencia de que la felicidad individual ya no tiene que coincidir necesariamente con el bien del Estado. El filósofo helenístico asume que lo único que nos queda es la salvación individual y su dedicación será la búsqueda de soluciones que comprometen a cada uno en particular.


Es lógico que en épocas de desesperanza, cuando la utopía parece que ya no es posible, nos volvamos hacia estas filosofías de fuerte contenido ético que nos ayudan a encontrar nuestro lugar en un mundo que empieza a parecernos tan ajeno como caótico. Desde cierto punto de vista es el resultado del cansancio, de la conciencia de nuestra soledad fundamental, pero esta deriva hacia una ideología de resignación y conformismo puede también interpretarse como una mentalidad, diseñada por las clases dominantes, para desactivar cualquier tipo de rebelión contra el poder. No afirmo que Séneca o Marco Aurelio estuvieran tramando la sumisión del pueblo romano durante unos cuantos siglos más, pero es evidente que la aceptación del estoicismo como ideología legitimaba la obediencia de las masas explotadas


 
En dos obras excelentes dedicadas a la relación entre ideología e historia, Gonzalo Puente Ojea analiza la evolución conservadora del cristianismo y el conformismo político que subyace en la filosofía estoica. Marco Aurelio representaría la culminación de un pensamiento paralelo a la creciente fatiga espiritual del Imperio y a la impotencia para modelar la vida social según la regla de oro estoica: vivir conforme a la naturaleza. El estoicismo romano carece incluso de la protesta contra los usos y normas sociales que impregnaba al estoicismo griego; ahora el estoico se siente vinculado al destino político de la pax romana, por eso no lleva su moral de repliegue interior a sus últimas consecuencias. La defensa del ideal de Roma, los deberes ineludibles que le impone el cargo y que Marco Aurelio asume como su destino personal, se traduce en quietismo político.
 
 
Asumo y acepto esta interpretación, lo que pasa es que a veces Puente Ojea es demasiado dogmático y parece no interesarle tanto el personaje como su ubicación en un determinado contexto ideológico. A mí, desde que leí las “Meditaciones”,  Marco Aurelio  me parece, como escribió Taine, “el alma más noble que haya existido”. Si hubiera sido simplemente un intelectual su caso no interesaría tanto, sin embargo era un emperador que se pasó la vida guerreando sin vocación guerrera, que legisló y mejoró el imperio, no por ambición sino porque consideraba que cada uno debe cumplir dignamente con el papel que le ha tocado en suerte: “Muchas veces comete injusticia el que nada hace, no solo el que hace algo”. Comparándolo con Séneca, aquel que dijo “Haz lo que yo diga y no lo que yo haga”, Marco Aurelio dio fe de su filosofía con dignidad y hechos, no se limitó a palabras. En su labor política es heredero de la tradición republicana, esforzándose por mantener ese ideal en todos los dominios. Sus medidas de gobierno son admirables, muchas de sus leyes fueron para mejorar la condición de la mujer y el esclavo, adaptó las instituciones y se esforzó por evitar los abusos del régimen imperial. En la práctica hizo posible esa constitución mixta de la que hablaban Polibio y Cicerón, aunque acabara demostrándose que el equilibrio era ilusorio y bastó que cambiara el príncipe para que todo se viniera abajo. En realidad ya lo había anunciado en sus Meditaciones, “No sueñes con la utopía de Platón, será suficiente algún pequeño paso adelante”. Solo el presente importa, lo demás es opinión y desvarío.
 
 
 
 
Uno de los aspectos más discutibles en quien defendía principios tan humanitarios es la persecución implacable contra los cristianos. En principio no hace falta ser cristiano para proclamar la igualdad innata de todos los hombres y, la verdad, nadie lo afirmó mejor que Marco Aurelio. Así que no confundamos el paganismo con la violencia dogmática de la que acusa el cristianismo a todos los que se opusieron a la difusión de sus doctrinas, las cuales, no lo olvidemos, resultaban aberrantes e inhumanas para la mayoría de intelectuales paganos. Sin embargo, Marco Aurelio entendía que todos los ciudadanos tenían un deber hacia el Estado que casaba mal con la actuación política de los galileos. Nada más lejano de la confianza en la propia conciencia que la fe dogmática y las creencias reveladas, nada más ilusorio que la promesa de una vida futura: al estoico no le queda otra satisfacción que cumplir con su ética autónoma, en armonía con el cosmos y la naturaleza. Frente a la actitud, tan valiente como fanática, de los mártires cristianos, el estoico solo ofrece su autarquía apática, inquebrantable ante los golpes de la fortuna, un ideal digno pero aristocrático, egoísta y frío. En una “época de angustia”, el ideal del sabio estoico tenía la partida perdida frente a las promesas de salvación ofrecidas por los cristianos.
 
 
Hay pocas cosas tan odiosas como un “convencido”, un fanático que avanza con la seguridad del que posee la “verdad” aplastando todo aquello que se le oponga. Decía Cioran que cuando no sabía a quien detestar abría las Epístolas de San Pablo para tranquilizarse. El delicado que razona no puede medirse con el bruto que reza y sucumbirá al primer asalto, por eso nadie predica en nombre de Marco Aurelio, porque carecía de “esperanza”, tal vez la Razón divina está atenta al bien del conjunto pero no se hacía ilusiones sobre el futuro del individuo: “Próximo está tu olvido de todo, próximo también el olvido de todo respecto a ti”. Trató de aferrarse a una explicación del mundo que le permitiera vivir con dignidad frente al azar absurdo, pero no puedo evitar una impresión que todavía lo hace más grande a mis ojos. En sus soliloquios repite las cosas una y otra vez, como si no acabara de convencerse, hay un escepticismo latente que le da a sus pensamientos un tono dramático. Lo intenta, trata de resignarse, de despreciar el mundo y la carne, de cumplir con su deber, pero sabemos que nunca pudo alcanzar esa apatía inhumana del sabio estoico.
 
 

 

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Lo Kafkiano.


1. Estoy convencido de que cuando Kafka escribe “La metamorfosis”, más que un temor metafísico, un dolor insondable provocado por la incomprensión o el sentimiento de insignificancia ante un padre autoritario, lo que de verdad le ponía de mala baba y le hacía compararse con un insecto era la obligación de trabajar sin descanso en una oficina de seguros, en un entramado burocrático alienante y sin sentido. Siempre pensé que un trabajo así me volvería loco o me llevaría directamente al suicidio.

Sin embargo no hace falta ser un burócrata encerrado en un despacho para sentirse como un insecto, nos pasa a cualquiera. A veces a uno le desbordan los acontecimientos, nos vemos incapaces de afrontar las funciones que nos están encomendadas o las tareas que debemos desempeñar cada día. Es debilidad, falta de cálculo al plantear expectativas por encima de las que podemos alcanzar. Entonces se percibe la suprema fragilidad, la derrota a la que estamos condenados en un momento u otro. Te miras al espejo y ves un miserable insecto.
 
 

2. Escribió Kafka en “La condena” que “nada se afirma con tanta rapidez en la mente como un sentimiento de culpa sin fundamento”. Me ha acompañado siempre la sensación de que soy culpable de algo, sin una causa determinada, sin saber exactamente por qué. Es el absurdo heredado de una educación judeo-cristiana que asesina los instintos de vida para hacerte sentir que tu relación con el mundo es siempre conflictiva, que estás de prestado y vigilado minuciosamente. Eres culpable por no llegar a tiempo a clase, por no saludar al amigo imbécil de tus padres, por no querer a tu abuela o por tener pensamientos impuros con la vecina. Toda una suerte de males han de caer sobre mí y acabaré igual que Josef K, “como un perro”.
 

3. Sin las obras de Kafka sería difícil soportar la incomprensión de este mundo al que hemos sido arrojados. Nuestra existencia parece labrada bajo el signo de una desesperanza que solo finaliza con la muerte física. Posiblemente por eso “El castillo” es una novela inacabada, porque refleja la desazón ante lo que nunca se alcanza, síndrome eternamente renovado en cada uno de nosotros. La insistencia del agrimensor K por entrar en contacto con el Castillo se topa una y otra vez con una red que no hay forma de destejer, es la complicación infinita que nos impide alcanzar una comprensión relevante sobre nuestro lugar en el mundo. Pero aún más que por esta incapacidad, la pesadilla del relato procede de la imposibilidad de abandonar la empresa: preguntamos, pero el guardián de la ley permanece en silencio y protege hasta el final un sentido inaccesible. Y ahí quedamos, a las puertas de la ley, en una espera siempre frustrada.
 

4. Aquellos que no se acomodan con el destino del hombre contemporáneo han de sentir una misteriosa empatía con Kafka. Es verdad que no se puede vivir siempre con la conciencia de nuestra incompatibilidad con el mundo, pero permanece ahí, medio oculta y amenazante, esperando los momentos de debilidad para asaltarnos. Es la misma sensación turbadora que persigue a los personajes kafkianos, sumidos en la inquietud ante aquello que nunca acaba de definirse. Y sin embargo hay una terrible sencillez en la aceptación del absurdo, reflejado mediante situaciones de una lógica irreprochable. Porque ni “El castillo” ni “El proceso” son textos oscuros, más bien en ellos está todo demasiado claro, todo parece reducido a su mínima expresión, la sencillez absoluta, una angustia magistralmente contenida.
 

No hay muchos artistas que hayan acabado dando su nombre a una categoría filosófica, incluso más, a una forma de expresar la incomprensión fundamental que nos aturde. Llamamos kafkiano a todo conflicto que se vuelve extraño y parece evadir una solución lógica. Cuando nos vemos inmersos en una situación kafkiana tenemos la extraña sensación de que es preciso actuar aunque al final, sin remedio, se nos escapa el sentido de la actuación. No hay más que dos opciones, o seguimos adelante asumiendo el sinsentido general o se inicia una rebeldía que no tiene destino concreto puesto que no sabemos quién es el causante de nuestra afección.
 
 
5. ¿Dónde reside la genialidad de Kafka? Escribió Ernst Fischer, uno de los pocos marxistas que admiraron sin reservas al escritor checo, que el individualismo kafkiano es la respuesta a una sociedad opresiva, es un rechazo ético que anuncia la futura transformación revolucionaria. Sin duda en su obra hay una denuncia contra la indefensión del individuo frente a la gigantesca maquinaria burocrática, pero la auténtica grandeza de Kafka es la de quien fue capaz de describir minuciosamente -antes que los francfurtianos, antes que Beckett o Foucault- los mecanismos del poder y su influencia sobre los individuos. Es el grito de rabia contenida, de rebelión frente a todas las formas de totalitarismo, la advertencia de quien intuye el opresivo dominio de la razón de Estado, de la lógica del genocidio o de la tecnología al servicio de la destrucción masiva.
 
 

martes, 6 de noviembre de 2012

"Solaris" revisitado.

Si nos remontamos a nuestros orígenes esta tertulia nace vinculada a la ciencia ficción, no solo por la obra de Huxley que nos sirvió de arranque, también por las afinidades literarias de algunos de los miembros fundadores. Sin embargo, la recurrente presencia de este tipo de novelas en nuestra tertulia ha sufrido una ausencia imperdonable: Stanislaw Lem. Tras una dura votación frente a dos novelas de enjundia, "Las uvas de la ira" y "Vida y destino", por fin le ha llegado el turno a Lem y a "Solaris". Cierto es que se trata de una novela que ya habían leído algunos de los tertulianos pero era obligado dedicar nuestro tiempo a una de las obras maestras de la ciencia ficción.

La tertulia se desarrolló en Játiva, nuestra habitual sede cervecera, y participó toda la plana mayor a excepción de "El Ausente" -pido perdón por la alusión joseantoniana-, ilustre especialista en Lem que nos privó de su sabiduría. El debate fue intenso y provechoso, la comida razonablemente buena y la cerveza corrió menos que en otras ocasiones dada la precisión que requería el tema. Al final "Solaris" obtuvo la votación más alta entre los libros que han protagonizado la tertulia; lo que teniendo en cuenta que ya han pasado por aquí Dostoiewsky, Tolstoi o Camus puede ser interpretado como una osadía o como un sincero homenaje a la calidad literaria de Lem. El caso es que no hubo ningún voto de protesta y todos aceptamos de buen grado el resultado, tal vez en reconocimiento a la brillante defensa de la obra que hizo Javi.

De la intensidad del debate puede dar idea el que Juanfe, el más torrencial de los participantes, quedó apenas limitado a unos pequeños comentarios sin poder desplegar su habitual pirotecnia verbal.



lunes, 5 de noviembre de 2012

La aventura sin límites. "De la tierra a la luna", de Jules Verne.


No consigo recordar el primer libro que leí, aunque recuerdo perfectamente el primer libro que me regalaron. Fue en un cumpleaños, el día antes de la vuelta al colegio tras las vacaciones de Pascua; el regalo habitual eran tebeos, hasta que mi padre debió considerar que estaba yo para empresas mayores y me sorprendió con una bonita edición de “Viaje al centro de la tierra”. Al principio me costó abrirlo, lo de Julio Verne me sonaba a  cosa muy antigua que me interesaba bastante menos que Asterix, pero un viaje al centro de la tierra merecía comprobar, llámenme morboso, si los viajeros no se desintegraban por el calor en cuanto descendieran más allá de profundidades razonables. La entrega a la lectura fue total y obtuve el beneficioso efecto de un paraíso artificial que me aliviaba de la desagradable obligación que me esperaba al día siguiente. Como dijo Borges, la literatura no es otra cosa que un sueño dirigido y algo así es lo que conseguí: introducirse en el universo de Verne supone el goce del relato puro, el deseo de participar en una aventura que, pese al peligro y el riesgo, sabemos que nos proporcionará múltiples satisfacciones y nos hará más sabios. Creo que “Viaje al centro de la tierra” consigue ese extraño fenómeno en el que te parece estar viviendo en un mundo mucho más real que la gris rutina diaria, un mundo que te libera del odioso aburrimiento provocado por quienes supuestamente debían educarme para la vida.
 
 
Esta experiencia, que debió ser liminar en mi acercamiento a Verne, se quedó en un glorioso y aislado episodio que solo he recuperado varias décadas después; bueno, maticemos, nunca se abandona totalmente a Verne, te lo encuentras en películas, en series de televisión, en reportajes en los que se habla de su carácter de precursor, e incluso en pequeñas adaptaciones con las que crees que conoces casi todas sus obras sin necesidad de leerlas. En todo caso era una relación indirecta, de otro modo habría sido consciente de la profunda relación que tiene la obra maestra de Hergé, los dos volúmenes sobre el viaje a la luna, con las aventuras imaginadas por Verne. Confieso sin embargo que sigo prefiriendo la aventura tintinesca  -emocionante, con un guión prodigioso, de tensión sabiamente dosificada y progresiva- al libro que me ha servido de reencuentro con el escritor francés.
 
 
 “De la tierra a la luna” es una obra estupenda, sin duda, también lo es su continuación, “Viaje alrededor de la luna”, pero me cuesta entender la devoción de Gagarin, que quiso ser astronauta tras leer esta especie de elucubración lunar, o la de Tsiolkovsky, físico soviético interesado en lavar la cara al Verne menos presentable en materia científica. Porque, la verdad, el viaje que nos presenta es un completo delirio en el que se pretende alunizar con una bala disparada por un cañón, se abren escotillas de la peculiar nave en pleno vuelo y plantea alegremente la posibilidad de respirar el aire lunar sin más precaución que el optimismo desbordante del bon vivant francés que protagoniza la historia. Dicho esto, leer “De la tierra a la luna” es tan divertido como estimulante, no solo por las similitudes notables con la aventura tintinesca, también por la variación de tono que experimenta la novela en su desarrollo.


El comienzo es sorprendente, una aguda crítica a las costumbres de los norteamericanos, sátira que me atrevería a calificar como sangrante sobre la terrible y destructiva ingenuidad de los yankees. Una vez planteado el singular proyecto de viajar a la luna por parte de los desocupados artilleros, el tono de la novela cambia. Verne inicia una serie de minuciosas descripciones sobre los problemas que plantea el viaje; con exquisito rigor científico describe a sus lectores todo aquello que, según los conocimientos de la época, podía dificultar un proyecto de esa envergadura. Puede resultar paradójica esta minuciosidad científica cuando el resultado es un gigantesco cañón disparando a la luna. Pero, dejando este pequeño detalle aparte, lo cierto es que los viajes extraordinarios de Verne entraban en un proyecto inspirado por su editor, un socialista saintsimoniano, con el que se pretendía contribuir a la formación científica, moral y literaria de la juventud francesa. Es una idea que está muy en la línea de la filosofía positivista de la época, cuyo irreductible optimismo y carácter pedagógico se ajustaba perfectamente a los objetivos y necesidades de una burguesía confiada en liderar el progreso social.

 
En las novelas de Verne no vamos a encontrar la desbordada fantasía de los románticos, imagino al novelista francés leyendo entre perplejo y decepcionado las páginas finales de “Arthur Gordon Pym” y buscando una explicación racional a los delirios febriles de Poe. El resultado de esta pretensión racional, “La esfinge de los hielos”, será decepcionante, pero responde a la misma pretensión de verosimilitud y precisión que el resto de “viajes extraordinarios”. Se trata de crear ciudadanos responsables y útiles a la República, de ahí el valor ejemplarizante de sus primeros héroes, individuos geniales capaces de superar todos los obstáculos hasta situar las fronteras del conocimiento humano un poco más lejos.
 
Se dice que las intuiciones de Verne eran en realidad ideas que circulaban en la época de manera más o menos precisa. Sin embargo, hay en sus últimas obras una innegable semejanza con el pensamiento filosófico que se desarrollará años después: Verne comprende que el progreso  científico, lejos de liberar a la humanidad, está provocando su propia destrucción. Es entonces cuando los viajes a la luna se transforman en empresas de conquista, en individuos obsesionados por dominar el mundo utilizando la ciencia al servicio de la opresión. El progreso técnico ha desviado su camino y Verne dejará de lado su voluntarismo ingenuo para mostrar un pesimismo que a Heidegger, Benjamín o a la Escuela de Francfurt no les resultaría nada ajeno.
 
 
 

jueves, 27 de septiembre de 2012

Tintinofilia



Me confieso tintinófilo. Lo soy casi desde el momento en que leí “La estrella misteriosa”, tebeo que robé a un compañero durante una excursión organizada por el colegio de curas en el que sufrí condena, en uno de los hechos delictivos menos condenables de mi niñez. Estaba totalmente justificado,  esa portada maravillosa con Tintín perplejo ante una seta gigante no podía sino invitarme a un universo que debía conocer.

También fui un entusiasta de Asterix pero cada vez me parecía más simple, con recursos demasiado fáciles frente a la complejidad y densidad del universo de Hergé. Por no hablar de que Asterix, el presuntamente progresista, es un defensor del nacionalismo más vulgar y chauvinista, mientras que Tintín, conservador y católico, nos vacuna contra este tipo de veleidades.



El que Tintín sea un hijo de la derecha belga más reaccionaria es algo que me molestó durante un tiempo. No concebía que pudiera gustarme una historieta nacida para difamar la revolución soviética y para difundir valores cristianos ultraconservadores. Todo eso es cierto, Hergé coqueteó con el Partido Rexista de Leon Degrelle, estuvo mucho tiempo vinculado al padre Wallez, su mentor en el periódico facha “El siglo XX”, y su actuación durante la ocupación nazi fue muy poco defendible. Pero creo sinceramente que Hergé era un ingenuo en algunas cosas y sobre todo, una buena persona; los valores que defiende son los de un scout bien intencionado y, con el paso del tiempo, se transforma en un formidable humanista con alto sentido de la justicia y defensor de las causas nobles. Tintín acaba trascendiendo las diferencias entre derecha e izquierda para alcanzar la categoría de héroe universal, un héroe lúcido que sabe resolver con humor y eficacia los problemas.

La pureza y bondad del héroe requería un grafismo adecuado a sus intenciones, es la famosa “línea clara”, la estética de trazos precisos, con colores planos y sin sombreado -salvo alguna rara excepción-, con exquisito cuidado en los detalles y en el diseño de fondos. El trabajo de documentación de Hergé es uno de sus grandes aciertos, gracias a esto configura una realidad creíble para que su imaginario funcione.
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Ciertamente la evolución desde la torpeza de "Tintín en el país de los Soviets" hasta el clasicismo de Stock de coque es enorme. Las dos primeras historias, "Tintín en el Congo" y "Tintín en América" las considero de aprendizaje, a partir de aquí Hergé encuentra un mecanismo que le servirá para lograr el factor de identidad. Es el enigma que activa la curiosidad, algo insólito que enlaza unas peripecias en las que Tintín está corriendo permanentemente. Hasta “El cangrejo de las pinzas de oro” las historias no son lineales sino tramas complejas que se van enredando y que el protagonista debe descifrar. Son peripecias laberínticas que justifican la asimilación que se ha hecho con el Hitchcock del periodo inglés.

Cuando me encontré por vez primera con “La estrella misteriosa” todavía no sabía que es un álbum clave en la evolución de la serie. El laberinto empieza a transformarse en un universo luminoso en el que la aventura colectiva, con la progresiva importancia de maravillosos secundarios, tendrá a Julio Verne como inspirador. Con esa obra maestra absoluta que es “Aterrizaje en la luna” Hergé se da cuenta de que ya no hay más mundos que explorar, inicia entonces un repliegue manierista nacido del dominio total sobre el universo familiar. Tintín ha creado ya un mundo estable materializado en Moulinsart que en las siguientes aventuras será agredido desde fuera obligando a los protagonistas a restablecer la tranquilidad. Las siguientes, “Stock de coque”, una de mis preferidas, y “El asunto Tornasol” son obras de narración extremadamente compleja que vuelven a las intrigas laberínticas combinándolas con el pleno dominio del relato de aventuras.



La aventura que más tardé en disfrutar es “Tintín en el Tíbet”, creo que era demasiado adulta para el tiempo en que la leí. Los malos han desaparecido y el argumento es de una simplicidad desarmante, pero cuando la leo ahora me parece la más intensa y sentida de todas las obras de Hergé. Se dice que Hergé trataba de purificarse con el blanco de la nieve que domina la historia de sus culpas por haber abandonado a su mujer. Pese a ello tiene una comicidad extraordinaria y considero que el personaje de Haddock, el mejor secundario jamás aparecido en un cómic, adquiere aquí niveles de genialidad suprema.

Hergé da otra vuelta de tuerca con “Las joyas de la Castafiore”. Ya no hay ni aventura, ni viaje, ni malos, todo se ventila en Moulinsart con una magistral comedia de salón que parece el homenaje a los tintinófilos que nos identificamos con un universo cada vez más barroco y denso.

 

Las dos últimas aventuras sufren la inevitable decadencia, es como si con “Las joyas..” hubiera quedado agotado el repertorio de posibilidades narrativas y solo restaran revisitaciones rutinarias; claro que un álbum flojo como “Vuelo 714 para Sydney” sería la obra cumbre de cualquier otro creador. Lamentablemente Hergé no pudo acabar “Tintín y el arte Alpha”, yo sin embargo he podido leer un intento de completar esta última obra realizado por un canadiense llamado Yves Rodier. Es solo un pálido reflejo del mundo de Hergé y ni el argumento ni el dibujo están a la altura del maestro.


A veces pienso que durante mi juventud leí y releí tantas veces las historias de Tintín que me saturé de ellas, sin embargo, no hace mucho, decidí regresar a "Tintín en el Tíbet". No fue el retorno sentimental y condescendiente con el que he vuelto a leer en algún momento las aventuras fascistoides de "El guerrero del antifaz", fue recuperar la obra de un artista que llevó el cómic a niveles de complejidad y belleza irrepetibles.



sábado, 22 de septiembre de 2012

La escritura que sana. "El mundo", de Juan José Millás.


Siempre ha tenido Millás un tono de sutil ironía y de surrealismo que despliega con elegancia en sus artículos. Sin duda domina como pocos la forma breve, que convierte en un pequeño cuento moral o en un ataque despiadado contra el poder, como un golpe seco por el magistral manejo de la economía de medios. Conforme se ha ido degradando la situación del país, cuando ya no ha quedado más remedio que posicionarse sin excusas, Millás ha vuelto más descarnado su estilo y ha acentuado la dureza de la crítica. Yo diría que ha reservado para las formas más amplias su lado personal e íntimo, esa necesidad que muestra en muchas de sus obras de realizar un proceso psicoanalítico que le sirva de terapia frente al dolor del pasado.
 
 

Una curiosa metáfora articula “El mundo”, novela con la que el señor Lara pensó que podía sacar un notable rendimiento económico si le concedía el premio Planeta. Nos cuenta el autor que su padre presumía de haber sido el primero en fabricar un bisturí que cauterizaba la herida mientras la producía. Abrir sus heridas mientras intenta que sanen, tal parece ser el sentido de lo que nos va a contar Millás sobre el mundo.

Para determinados autores, en realidad puede que sean la mayoría, la escritura posee un valor terapéutico. Kafka tenía la sensación de ser barrido cuando no podía escribir, era una forma de autoanálisis –casi un asedio- con la finalidad de encontrar las causas de su sentimiento de culpabilidad. Entre los años cuarenta y cincuenta nace en España una generación de escritores que parecen estigmatizados por una fisura inconfundible, la conciencia de la educación castradora y la frustración de la esperanza en los nuevos tiempos. Las novelas de Millás, además de esos elementos tan personales que derivan de su gusto por lo insólito, o incluso un cierto surrealismo, producen esa misma sensación de desconcierto que anhela algo así como la justificación de lo vivido. En “El mundo”, tal vez la más sentida de sus novelas, aprecio ternura, humor y también cierta mala leche del adulto que siente esa conciencia de frustración y de culpa. Por eso bucea en su pasado con la íntima esperanza, no de liberarse de sus traumas o miserias, sino de aligerar en parte el dolor que pudieron provocarle.
 
 

La tarea de hacerse adulto y adaptarse al mundo no es nada fácil, exige poner orden en nuestros recuerdos, encontrar el sentido en el caos de la infancia para llegar a reconocernos. No estoy seguro de que todo lo que nos cuenta Millás sea cierto pero esos diferentes episodios -algunos me recordaban a los niños de la posguerra que relata Carlos Giménez en “Barrio”, otras veces veía al Antoine Doinel de “Los cuatrocientos golpes” en busca de la playa liberadora- nos hablan de una época de tonalidades grises, muy poco gratificante, solo soportable mediante el escapismo y la fantasía. Es el trauma de una época pero también, en esos retazos de una vida, se conforma el alma de un personaje llamado Juanjo Millás.
 
 
No puedo decir que haya quedado deslumbrado por la literatura de Millás, creo que tiene el talento de aquellos que hablando de sí mismos están tratando en realidad cuestiones que nos llegan a lo más íntimo: la angustia existencial, la soledad, la muerte. Fue una querida amiga la que quiso que conociera la parte más personal de quien ya admiraba como eficaz articulista que ejerce de mala conciencia del poder. Me he encontrado con una perspectiva de novelar diferente, imaginativa, insólita, pero tan penetrante como cuando utiliza su bisturí para diagnosticar los males de nuestro tiempo.

 

martes, 11 de septiembre de 2012

"La conciencia de Dios". Sobre Caín, la Biblia y Saramago.



Entre los considerables cambios que se produjeron en mi adolescencia hubo uno menos aparatoso que otros pero que acabaría resultando fundamental en mi mentalidad adulta: evolucioné desde un vago instinto anticlerical, producto de mis experiencias en un colegio de curas, a un discurso radical contra toda forma de religión. Mi padre, que siempre ha estado atento a descubrir la culpabilidad que se oculta en mis ideas más vehementes, pretendía demostrar que en realidad buscaba a Dios desesperadamente, solo así se explicaba mi obsesión iconoclasta. Reconozco que en el ateo hay algo de impositivo, se aproxima peligrosamente al fanatismo por esa pulsión suya de querer derribar a Dios a toda costa. A mi pesar, debo encuadrarme en esta categoría porque uno se vuelve intolerante cuando se enfrenta a la intolerancia; el temor a la dictadura del excluyente acaba obligando a una lucha sin tregua que no acepta pactos. Preferiría el escepticismo de quienes viven ajenos a la religión, allí donde las banderías religiosas han dejado de ser una preocupación. Pero claro, esto supone un grave problema: el escéptico no está dispuesto a combatir y, como aquellos intelectuales paganos que se burlaban de los delirios de los primeros cristianos, tiene todas las de perder ante los fanáticos.

 


Cuando Saramago escribe “El evangelio según Jesucristo” o “Caín” creo que está animado por una convicción muy similar. Está lejos de la rabiosa violencia de Fernando Vallejo, el autor de “La puta de Babilonia”, Saramago es un tipo elegante y bastante respetuoso, solo que considera que no hay más Dios que nuestras obras y que la fe en ese demiurgo ridículo que protagoniza la Biblia es una impostura impresentable. En definitiva, un ateo en el sentido más ilustrado y vindicativo de la palabra que cree en el hombre sin tutelas, en un mundo sin amenazas ni oscurantismos y en que podemos ser mejores libres de dogmas y poderes metafísicos que no hacen sino crear vanas ilusiones.

 
Comparto esta aspiración humanista de Saramago, sin embargo tengo la impresión de que la crítica que se propone en “Caín” alcanza un corto vuelo. Me explico, la educación católica tiende más al catecismo adoctrinador que a la lectura de las fuentes directas pero, quien más quien menos, la mayoría hemos leído el Antiguo Testamento y sabemos que solo haciendo un ejercicio de hipocresía se pueden ignorar las contradicciones, errores y crueldades sin límite de las que están plagadas las Escrituras. La imagen que de la divinidad se ofrece en el Antiguo Testamento podría calificarse sin demasiado riesgo como blasfema: un Dios vengativo y despiadado, que manda arrasar ciudades y cometer genocidios. No solo es un modelo de crueldad, es un artífice muy poco hábil al que se le sublevan los ángeles, le sale un hombre imperfecto que ha de castigar continuamente y, a pesar de su omnisciencia, parece que a cada paso le sorprendan los acontecimientos. Un desastre, no hace falta ser Porfirio ni Reimarus para escandalizarse por tal acumulación de despropósitos y, la verdad, Saramago no resulta demasiado original.



Ni mucho menos pretendo decir que leer un libro como “Caín” te haga lamentar el tiempo empleado, simplemente creo que no nos descubre nada sobre el horror de una lectura literal de la Biblia o cuando nos sugiere que Dios no es de fiar. A la Iglesia, a pesar de la aparente solidez de su entramado, le molesta mucho que perturben su tranquilidad y se pone de los nervios cuando alguien le presenta en toda su desnudez la inconsistencia de sus libros sagrados. En este sentido me interesa “Caín”, por los lamentables ataques que iba a sufrir su autor por parte de articulistas meapilas y paniaguados diversos al servicio de la clerecía. No solo por eso, me gusta también que Saramago reivindique a Caín, uno de esos personajes maltratado injustamente por las exigencias del guión: Caín representa en el Antiguo Testamento lo que Judas en el Nuevo, el malo que requiere toda historia.


Desde aquel sensato análisis de cierto político sudamericano, Juan Bosch –la difamación contra Judas fue una cuestión de lucha por el poder-, hasta el reciente descubrimiento de su evangelio apócrifo, Judas ha contado con algunos abogados dispuestos a defender su causa; al fin y al cabo, bien mirado, fue el instrumento de un plan preconcebido por su propia víctima. A Caín se ha dedicado menos interés en su defensa, puede ser porque su crimen parece menos terrible perdido en el simbolismo del Antiguo Testamento, o porque aún resulta más evidente que el responsable intelectual del asesinato de Abel es un Dios caprichoso y desagradecido.



A partir de un hecho de tan clamorosa injusticia surge en Saramago la idea del itinerario de Caín por diferentes episodios bíblicos, itinerario en el que un Caín progresivamente indignado confirma la escasa autoridad moral  que exhibe el Sumo Hacedor. Cada historia de la Biblia, una parte fundamental de nuestro bagaje cultural, constituye una prueba  sobre el carácter tiránico de Dios. Y es Caín quien actúa como testigo, como conciencia crítica que persigue a Dios y a sus seguidores para demostrar que la obediencia incondicional al tirano es el medio que los poderosos han elaborado para someter y controlar a los fieles.


Solo mediante un elevado grado de perversión, o mediante una concienzuda labor deshumanizadora podemos aceptar las doctrinas fundamentales del cristianismo. Yo admito que estaría más tranquilo si tuviera la certeza  de que un señor de barba blanca escucha mis plegarias cada noche, o mejor aún, si confiara en que un Dios –pónganle el nombre que quieran- está dando sentido a mi existencia y me prepara una vida en el más allá de lo más gratificante. La perspectiva de mi desaparición de este puerco mundo siendo pasto de los gusanos me parece lamentable, incluso una falta de respeto después de haber tenido que soportar en esta vida a determinadas personas. No es que me lo tome con la tranquilidad de un Epicuro o un Séneca,  digamos que intento ser deportivo. O mejor, creo que pensar que estamos solos, sin tutelas ni servidumbres divinas, puede ser algo inquietante, pero también nos ofrece una oportunidad extraordinaria para decidir por nosotros mismos.

 
En el fondo, esta es la propuesta de Saramago, aceptémosla en buena hora y antes de que sea demasiado tarde.


 

sábado, 1 de septiembre de 2012

Una noche de angustia. Sobre "El teniente Gustl", de Arthur Schnitzler.

Me gustan las novelas narradas en primera persona, les concedo de inicio un poder de convicción que solo requiere cierta verosimilitud y coherencia por parte del autor. Que te identifiques o que sientas alguna simpatía por el protagonista ya es otra cuestión; por ejemplo, en el ejercicio de introspección de este genial monólogo interior de Schnitzler descubrimos a un perfecto imbécil, un individuo patético y angustiado que resulta tan ridículo como el sentido del honor al que parece dispuesto a entregar su vida. No es que el honor sea un concepto que valore demasiado, es que en Gustl, este tenientillo austriaco, resulta especialmente patético, carente de sentido y propio de una sociedad con claros síntomas de enfermedad. Verán, les explico, tengo una molesta sensación de rechazo cuando me tropiezo con los elementos más reconocibles que caracterizaron al Imperio Austro-húngaro, todo parece sufrir un irrefrenable proceso de degradación y me vienen a la cabeza imágenes de decadencia, como en aquel ballet de Ravel, "La valse", en el que la apariencia amable y sonriente de la música acaba derivando hacia la tragedia. La performance no podía ser más explícita: los bailarines, representantes del esplendor del Imperio, son en realidad cadáveres que van perdiendo la máscara brillante y despreocupada para que, finalmente, quede solo podredumbre.  

La Viena imperial era decadente y frívola, sí, pero parece que en estas sociedades en descomposición es donde mejor florecen los grandes intelectuales, los creadores y científicos más avanzados que anuncian el desastre que oficialmente se reprime y oculta. También España se resistía a afrontar y resolver sus problemas de fondo, aunque por aquí necesitamos una derrota de dimensiones considerables para que nuestra intelectualidad intentara descubrir una realidad que era ignorada de manera casi indecente. A la búsqueda de esa realidad oculta en las profundidades del inconsciente se lanzará, en una Viena en ebullición cultural, Sigmund Freud, colaborando en la labor de zapa sobre los fundamentos de la cultura occidental que habían iniciado Marx y Nietzsche y que se ha venido en llamar "filosofía de la sospecha". No es por casualidad que aparezca el nombre de Freud cuando se trata de comentar a Schnitzler, ambos se mostraron mutuo respeto y no excesivo afecto, pero es evidente el interés de Schnitzler por indagar en el inconsciente de sus personajes de una manera que al mismo padre del psicoanálisis le resultaría muy familiar.  

El interés por la mente no excluye la preocupación social, sin embargo no creo que Schnitzler, escritor de talante progresista y lúcidamente crítico, tuviera veleidades reformadoras, me da a mí que era tan consciente de lo irremediable del mal de su tiempo que se limitaba a poner de manifiesto las contradicciones, sin optar por ningún tipo de proyecto de transformación o revolucionario. Cuando toda tentativa para mejorar el mundo está destinada al fracaso solo queda el decadentismo de un Klimt, que parece regodearse en su pintura enfermiza, o el refugio casi narcisista en el yo como método de defensa ante el derrumbe de los vínculos sociales. Algo de esto le ocurre a Schnitzler, con una salvedad, la ciudad de Viena se convierte en su personaje principal, el espacio que lo explica todo y alrededor del cual se mueven el resto de sus criaturas, cuya psicología solo puede entenderse en su relación con la ciudad imperial.  

Allí transcurre este relato protagonizado por un típico representante de la élite hedonista y aparente del Imperio. Nuestro hombre, un joven militar del glorioso ejército austriaco, asiste a una representación de ópera para mantenerse ocupado antes del duelo al que se ha comprometido al día siguiente. Adivinamos escasa seriedad en el personaje, como si la proximidad de una probable muerte en el campo de honor no fuera con él; por eso, lejos de la gravedad que requiere el caso, se comporta con la chulería y los malos modos que acompañan a quien se cree que es alguien por vestir de uniforme. Pero entonces se produce el hecho que desencadena su angustia: un simple pastelero, harto de la exhibición de prepotencia, pone en su sitio al orgulloso militar impidiéndole, en una escena de connotaciones sexuales más que evidentes, que saque su espada. Un duelo con otro militar es una cosa, pero ser humillado por un infame miembro de las clases menesterosas es más de lo que el atónito Gustl puede soportar: solo queda lavar el honor mediante el suicidio. A partir de aquí asistimos a la larga noche de falsa agonía de Gustl -nunca conseguirá convencernos de que va a suicidarse realmente-, con Schnitzler al margen de la función narradora para que sea el personajillo quien nos de cuenta de su miseria moral, mientras conceptos como la dignidad o el honor se hunden en la banalidad.  

La quiebra se ha producido en la conciencia de Gustl, el orgulloso soldado no es más que un arrogante y un cobarde incapaz de poner en práctica los valores que él mismo se atribuye. Esta impotencia flagrante quedó reflejada en uno de los más conocidos aforismos de Schnitzler, "cuando el odio se acobarda, sale a la calle enmascarado y se hace llamar justicia"; en este caso el odio acobardado de Gustl es odio social por el agravio de un hombre insignificante, tal vez un socialista, y la máscara que utiliza no es la de la justicia sino la del honor mancillado. La personalidad enfermiza de Gustl hace intolerable que su conciencia le recuerde su culpa de honor, aunque intuimos que algo va a ocurrir eliminando la pesada carga del suicidio. En realidad aquello que está provocándole la angustia es lo que puedan pensar los otros respecto a la sucedido; cierto que los mecanismos mentales del personaje ya están en marcha para enmascarar la verguenza, lo que no puede es evitar que sus iguales le consideren un cobarde. La fortuna se pondrá finalmente de su parte y al lector le queda la irremediable sensación de que no solo Gustl, es toda una forma de vida la que ha encontrado en el último momento una salvación ficticia que solo retrasará un poco más el desastre.

viernes, 13 de abril de 2012

"....Y una hora para olvidarlas". El mito de Don Juan.





Hace algún tiempo, con ocasión del año Mozart, superé mi tradicional aversión a la ópera para adquirir y escuchar entero el Don Giovanni mozartiano. Es una música muy hermosa....., mientras la oía recordé una conversación con una querida compañera, profesora de literatura, tal vez la ocasión en la que más cerca estuvimos de romper nuestra tierna amistad. Discutíamos sobre la personalidad de Don Juan, ella defendía lo que consideré una poco acertada postura feminista, no por su defensa de la mujer sino por el escaso alcance de la crítica. En realidad venía a decir aquello que ya argumentó el severo Gregorio Marañón: Don Juan es un inmaduro, incapaz de amar y de sexualidad dudosa, por no decir homosexual.

No es que piense, como escribió Ortega -otro prócer de la intelectualidad filofranquista-, que Don Juan es el arquetipo de la virilidad, ni siquiera me atrae por lo que gusta a muchos, su habilidad en las aventuras galantes. Mis argumentos, con un punto de provocación, eran otros. Planteaba que Don Juan disfruta más de la seducción que de la consumación e incluso estoy por decir que se enamora de todas sus conquistas. Cada mujer es una representación de lo femenino a la que goza totalmente y a la que abandona para encontrar otra que le de algo nuevo, a lo mejor incluso es una consecuencia de eso que llaman la tristeza post coitus. No me parece un desalmado que trata a las mujeres como trofeos -aunque habría que distinguir matices entre el Don Juan de Tirso, el de Zorrilla, el de Moliere, mi preferido, y el de Mozart y Da Ponte-. Es más bien alguien que no respeta las reglas básicas que se han dado los seres humanos y que con su comportamiento está desmontando el orden establecido. En la ópera de Mozart se ve claramente, disgrega el orden social sin aparente voluntad de hacerlo pero no se complace en el dolor ajeno. Y como es un irresponsable queda situado más allá del bien y el mal, esto es lo que le convierte en un peligro.

Cuando escuchaba la ópera de Mozart todavía no había leído el maravilloso "Diario de un seductor" de Kierkegaard; el filósofo danés ofrece una interpretación del mito que refuerza mis argumentos: Don Juan ve la vida como arte, representa la vida estética. El seductor es el hombre del goce momentáneo e inmediato, vive al día sin pensar en lo que pasará y todo su pensamiento se concentra en el momento concreto disfrutado al máximo. Pero con el tiempo va experimentando una transformación, el seductor se percata de que su vida está basada en realidades momentáneas y particulares (a Valmont, protagonista de “Las amistades peligrosas, le ocurre algo similar). Eso es ya insuficiente comparado con una elección definitiva, busca entonces la estabilidad y da el paso a lo que Kierkegaard llama el hombre ético.

Curiosamente en esta explicación encuentro puntos de contacto con una interpretación política del Don Juan de Zorrilla. En el Tenorio tenemos dos personajes en uno: un Don Juan, escandaloso y vividor, por un lado, y el burgués arrepentido y piadoso por otro. Ambos simbolizan las dos tendencias del romanticismo español, el revolucionario liberal de la primera mitad del siglo y el tradicional y conservador que refleja el triunfo político de los moderados a partir de 1844.

Probablemente por el cariz conservador que tienen los donjuanes españoles mi preferido es el de Moliere, el más inteligente y cínico, el blasfemo que reta a Dios, el auténtico rebelde contra la sociedad y el orden. No obstante, en todas sus versiones, don Juan se niega a someterse a nada ni a nadie, se enfrenta solo a las fuerzas de la represión: Dios, Iglesia, Estado, familia, sociedad, moral sexual, su lucha representa prácticamente el ideal del anarquismo.

Les reconozco que al llegar a este punto la conclusión me parece sumamente perturbadora: Si la socialización -la educación- supone el cumplimiento de normas y deberes, solo mediante la represión, un cierto nivel de represión, se pueden lograr los objetivos. Don Juan está libre de ataduras, se niega a adaptarse y por lo tanto no acepta la educación. Sensualidad frente a sociedad represiva, tal vez una de las posibilidades de la educación anarquista y un verdadero escándalo para las buenas costumbres.

sábado, 7 de abril de 2012

Un largo sueño. Sobre Andrea Camilleri y "El perro de terracota".





Durante unas escasas semanas cierto personaje con un concepto del riesgo económico y la oportunidad comercial algo desbaratado, abrió una pastelería siciliana en mi barrio. Antes de que este buen hombre se diera cuenta de su error, pude disfrutar de los famosos cannolis y de la conversación, larga y salpicada de anécdotas, con la que este siciliano parlanchín acompañaba cada una de sus ventas. Haciendo uso de mi capacidad de síntesis les puedo resumir en tres las características básicas que, según el personaje del que les hablo, definen a los sicilianos: una especial habilidad en la elaboración de dulces, la tendencia a resolver problemas sociales con ayuda de la “familia” y un fatalismo existencial que parece inducirles a la resignación permanente.

Les parecerán tópicos pero puedo dar fe en cuanto a los dulces, no creo que nadie dude de que las actividades mafiosas son tan frecuentes en Sicilia como la corrupción política en este país nuestro y, respecto al fatalismo, algo muy parecido afirma el Príncipe de Salina en un extraordinario monólogo de “El gatopardo”: El sueño, caballero, eso es lo que los sicilianos quieren, un largo sueño. Siempre odiarán a aquellos que quieran despertarlos. Incluso si es para darnos regalos maravillosos….Aquí cualquier acción representa un anhelo para el olvido…..

He recordado este fragmento de la obra de Lampedusa mientras leía la segunda novela de Camilleri correspondiente a la serie del comisario Montalbano. Los amantes asesinados durante la Guerra Mundial, el sorprendente núcleo temático de la novela, parecen haber permanecido abrazados en un largo sueño, hasta que el complicado proceso que despliega el comisario los saca a la luz. Sin embargo, no es la historia de estos dos desgraciados jóvenes lo que me hizo pensar en las reflexiones del Gatopardo, fue el interés de Montalbano por resolver este caso mientras el crimen mafioso que inicia la trama queda en el olvido. Camilleri parece asumir que la mafia está tan profundamente arraigada en Sicilia que la violencia y la extorsión son consustanciales a la isla; no hay nada que hacer, solo aprender a sobrevivir disfrutando de cuando en cuando de la sabiduría culinaria de su insustituible ama de llaves.

En esta condición acaban cayendo todos los nativos de la isla, incluso los menos dispuestos a hacerlo, como Sciascia, que pasó de la rebeldía y la crítica a un pesimismo sin razones para la esperanza. De todas formas, y por establecer alguna comparación entre ambos escritores, yo diría que Sciascia siempre tuvo la voluntad de compromiso político, la intención crítica y puede que la secreta esperanza de que todo puede cambiar. De verdad, no como en El gatopardo. Camilleri es mucho más lúdico, más inclinado hacia el juego detectivesco, las referencias cultas, el universo siciliano con menos aristas y más evocador de cara a lectores de otros lugares. La misma personalidad del detective Montalbano, alejada de aspectos sórdidos, y de su curioso grupo de colaboradores, refleja un talante mucho menos dramático y más sensual que el de las ásperas narraciones de Sciascia.

La discusión sobre si lo que algún comentarista ha llamado “novela criminal mediterránea” se puede incluir en el amplio espectro de la novela negra resulta tan complicada y poco trascendente como el caso de los dos amantes olvidados en “El perro de terracota”. Los italianos tienen su propia versión del género, el llamado giallo, más sórdido que los clásicos americanos; algo del giallo hay en Camilleri, el toque escabroso y el pesimismo sobre la corrupción social, pero no veo en el siciliano la voluntad de radiografiar una sociedad y perturbar al lector con el despiadado espectáculo de la marginalidad y la decadencia. No pretendo dar cartas de naturaleza sobre lo que es y lo que no es novela negra, el guión de Camilleri es espléndido y resulta evidente que está mucho más interesado en la sugerencia y la creación de ambientes que en la cuidada elaboración de un lenguaje literario. Incluso, como la propia televisión italiana no tardó en descubrir, las historias de Camilleri poseen un ritmo cinematográfico que parece estar pidiendo su plasmación en imágenes. Lo que no veo es la voluntad de poner al descubierto las ambigüedades sociales y explorar contradicciones, al contrario, creo que nos dibuja una especie de Sicilia soñada que resulta asumible para públicos que no pretendan demasiadas complicaciones. Camilleri acepta el sueño de los sicilianos, la incapacidad para un comportamiento activo que convierte la sociedad en indiferente.

Estoy convencido de que disfrutaran leyendo las aventuras del comisario Montalbano, eso sí, yo procuraría mantenerme bien despierto. Por lo que se nos viene encima.

sábado, 11 de febrero de 2012

La tertulia vuelve a Sicilia.




Aunque hace meses que tenemos abandonado este lugar virtual para las reflexiones escritas, la tertulia literaria ha continuado celebrándose con regularidad, es más, estamos muy cerca de cumplir cinco años desde que a Javier Bataller -o a Manuel Fernández, que ésta es cuestión todavía sin resolver- se le ocurrió que los libros serían una buena excusa para beber cerveza en abundancia sin tener mala conciencia.

Nuestra última reunión se dedicó a Andrea Camilleri, a una de sus obras de la famosa serie del comisario Montalbano –“El perro de terracota”-; para el evento decidimos acudir a un restaurante de nuestra localidad en el que pudimos disfrutar de una comida que fue, al menos, tan celebrada como las que le prepara su eficaz cocinera al inteligente investigador siciliano. Eso sí, en lugar de comer a la italiana optamos por las especialidades de nuestra tierra, particularmente un arroz al horno del que dieron buena cuenta Joan Benavent y Javi con una voracidad tal que no perdonaron ni la cabeza de ajos.

Se habló de novela negra, por supuesto, y también de las “negras tormentas que agitan nuestros aires”. Dejo a Javier, más ducho en cuestiones numéricas, el comentario sobre la valoración de la novela, aunque puedo avanzarles que no quedó incluída en el círculo del infierno reservado a la literatura de consumo, ni siquiera en el purgatorio de los autores que serán perdonados tras un periodo de contrición.