domingo, 21 de febrero de 2016

Adiós en azul, John D Macdonald: el final del hard boiled.

Mi referente más fiable para conocer un poco mejor a los clásicos de la novela negra americana es Javier Coma, con el libro que publicó sobre el género hace muchos años en El viejo topo. Para Coma, a pesar del prestigio literario de sus mejores autores, el noir refleja lo menos presentable de la cultura norteamericana, la parte menos difundida por la propaganda oficial debido a la profunda carga ideológica de esas novelas y por presentar una mirada muy crítica sobre una sociedad que empezaba a dudar de sus fundamentos morales. Partiendo de esta premisa, defiende la importancia de los escritores con mayor conciencia crítica y soslaya o desestima directamente a los más acomodaticios y reaccionarios. A John D. Macdonald, el autor de “Adios en azul”, apenas le dedica unos párrafos por considerarle “ambiguo”, más un hábil autor de best sellers, que se adapta a la involución del establishment y el público tras el macartismo, que un digno heredero de los grandes del realismo crítico. 
El juicio, después de leer esta primera novela de la exitosa serie del detective Travis McGee, me parece bastante injusto. No solo escribe Macdonald con el ritmo y la agilidad de los clásicos, es capaz de crear un personaje protagonista que encontraría un hueco sin dificultades entre los detectives preferidos de cualquier lector. Tampoco es del todo cierto que Macdonald eluda la crítica social, de hecho en la novela que nos ocupa, la única que se ha reeditado hasta ahora, además de presentar una imagen bastante sórdida y pesimista de Florida en los años sesenta, hay un análisis de lo más interesante sobre un tema que parece imposible de erradicar incluso en las sociedades más avanzadas, la violencia de género. No es tanto una denuncia de la violencia machista -es inevitable un cierto contenido políticamente incorrecto en las novelas clásicas del género- como una reflexión nada simple sobre la dependencia y la sumisión.
En lo que no hay discusión es respecto a las habilidades literarias de Macdonald, Sabe dosificar la acción y el ritmo, planteando primero el estudio de los personajes hasta centrarse en el protagonista, no tanto un detective como un “recuperador” de aquello que sus propietarios ya habían dado prácticamente por perdido. Travis Mcgee, como Marlowe o Spade, también se mueve en los bordes de la ley, traspasando sus límites si es necesario para cumplir con su sentido de la justicia. Al fin y al cabo la ley está hecha para los poderosos más que para proteger a los débiles. A Mcgee, eso es evidente, no le gusta la sociedad en la que vive, aparenta ser un cínico individualista, un descreído que desprecia los convencionalismos, pero acaba actuando con una fidelidad y honradez absoluta con quienes considera que merecen su ayuda.
La serie de Travis McGee es seguramente la última de lo que se llamó el hard boiled, la rama más violenta, sórdida y turbia de la novela negra. Allí encontramos a esos individualistas asociales que casi se confunden con los delincuentes a los que persiguen, los personajes más cínicos y ajenos a los agentes del orden, los relatos que con menos prejuicios tratan los tabúes sexuales. Desde luego, McGee no escatima violencia a la hora de resolver sus problemas, como tampoco se desestima un componente sexual que a la altura de los años sesenta seguramente resultaba menos escandaloso. Sin embargo, al menos en esta primera novela, estamos ante un héroe más frágil psicológicamente que otros duros del género, de reacciones casi quijotescas, como un caballero andante en medio de la mezquindad de una sociedad viciada. 
En su última página, tras el vertiginoso final que recuerda un poco el brutal desenlace de la película Cayo Largo, Macdonald incluye una frase del para mí desconocido George V. Higgins: “La vida es dura, pero todavía lo es más si cometes estupideces”. Tanto el personaje femenino, Lois Atkinson, como el propio McGee decidieron complicarse la vida en un determinado momento, la mujer acabó siendo la víctima de un tipo sin escrúpulos que la manejó a su antojo. Y el protagonista, por querer hacer un favor a una amiga, estuvo a punto de dejar el pellejo al evitar que ese mismo individuo destrozara a otra muchacha. Digamos que es una recomendación para no buscar más problemas de los que ya te encuentras habitualmente, en todo caso el impulso que te lleva a arriesgar una seguridad ficticia le permite a Macdonald construir una novela admirable que abre con brillantez un exitoso ciclo.

domingo, 14 de febrero de 2016

Un héroe de nuestro tiempo, Mihail Lermontov: El spleen ruso.

¡Contemplo nuestra generación con amargura!
Lúgubre y vacío aparece su futuro, 
Bajo el peso del conocimiento y de la duda,
Triste envejecerá, inactiva y muda.

Lermontov, “Meditación” (1838)
No hay corriente cultural que se acomode mejor al sentimentalismo de los rusos que el movimiento romántico. En realidad esta influencia europea, que era evidente desde el siglo XVIII, no resultaba nada ajena a un proceso de recuperación cultural que buscaba configurar una sólida conciencia nacional en un imperio tan heterogéneo. El romanticismo es la evolución natural de la anterior valoración sentimental del folklore, solo que ahora el elemento cultural se combina con la llegada de ideas liberales que arraigan con fuerza en los mejores artistas rusos, hasta colocarlos en una situación peligrosa frente a la autocracia zarista. Pushkin es, sin duda, quien representa a la perfección este espíritu romántico, un poco marginal, individualista y dispuesto a batirse con poderosos enemigos en defensa de su honor. Y precisamente el honor, o lo que llamaríamos el círculo vicioso del honor, está en el origen de un tipo particular de antihéroe que nacería con “Eugenio Oneguin”, un personaje que aspira a una libertad tan abstracta e ilimitada que parece separarle sin remedio del resto del mundo.
Lermontov es el legítimo heredero de Pushkin, una posición ganada no solo con su talento literario sino también con el famoso poema fúnebre a la memoria del maestro en el que cargaba, con la misma temeridad, contra la aristocracia cortesana y el despotismo imperial. Fue un auténtico escándalo y causó indignación, lo que le valdría uno de los varios exilios por los que hubo de pasar en tierras del Caúcaso y la consideración de adalid de la libertad, e incluso de la revolución. Por supuesto murió en un duelo, en un episodio que parece sacado de su propia novela: Realizó algunos comentarios poco agradables sobre un petimetre francés aprendiz de Byron, fue retado y decidió disparar al aire mientras su ofendido contrincante apuntaba con cuidado al pecho del escritor para segar su vida sin contemplaciones. El antihéroe de Pushkin iba a resultar decisivo en la vida y la obra de Lermontov.
Recientemente adquirí una estupenda edición que incluye su antología poética y la novela por la que sigue siendo recordado, “Un héroe de nuestro tiempo”. Aunque estemos remontándonos a los precedentes de la gran novelística rusa, no es el mero interés erudito lo que me atrae de Lermontov, aún aceptando lo que decía Nabokov en uno de esos juicios como crítico literario en los que no tenía ningún problema en ser iconoclasta. Para Nabokov, “Un héroe de nuestro tiempo” es una novela técnicamente deplorable, pero el efecto que nos produce en conjunto es tan fascinante, de tan extraordinario vigor narrativo, que todas las partes que la componen quedan admirablemente sincronizadas.  Sin entrar en cuestiones de estilo o en comparaciones con gigantes literarios como Tolstoi, creo que la novela de Lermontov, que no deja de ser la primera gran obra de un escritor muy joven, sigue teniendo un enorme poder de seducción. Se trata de un conjunto de relatos cuyo orden cronológico se ha roto y que pretende que nos aproximemos de modo indirecto al personaje de Pechorin, el protagonista que ejemplifica una visión desencantada de lo heroico. El héroe solo lo es en sentido irónico porque, según advierte el autor, representa los defectos de toda una generación que se sintió derrotada y sin esperanza tras el fracaso de la revolución liberal de los decembristas
Tal vez esa estructura cronológica tan peculiar y avanzada no fue sino el resultado de las necesidades de publicación, ahora bien, lejos de parecernos una acumulación de relatos artificiosa crece en complejidad a cada lectura. Sin embargo, el principal atractivo de la novela es Pechorin, un individuo hastiado, indiferente, que no cree en nada y que nada espera, la gran creación de Lermontov, el arquetipo de lo que podríamos llamar el “spleen” ruso. Volví a leer la obra con el mismo placer que muchos años atrás, puede que sea irregular en los diferentes episodios de la vida del “héroe”, pero me sigue pareciendo que Lermontov supo ver y transmitir con lucidez una sensación de desasosiego, el aburrimiento de una generación desdichada y sin futuro que echó a perder la voluntad de cambio. 
Una de las películas que más han contribuido a la gloria del gran Alberto Sordi se titula, precisamente, “Un héroe de nuestro tiempo”. En principio nada tiene que ver con la obra de Lermontov, está rodada en 1955, más de cien años después de publicada la novela. Es una comedia de Monicelli bastante amarga que representa una época en la que el miedo está muy presente, en la que nadie habla abiertamente y en la que la policía acecha cualquier disidencia, a pesar de que el fascismo ya ha sido derrotado. También aquí surge un héroe irónico, aunque está muy lejos del altivo personaje romántico cuyo principal vicio era el hastío. Si desprecia a sus semejantes no es por el anhelo de una libertad absoluta sino porque es un ruin y un cobarde, un desclasado que evita cualquier contacto social si no es para aprovecharse de quienes son aún más débiles. Creo que nosotros tenemos algo de esos dos personajes que representan sociedades muy diferentes, somos también víctimas de tiempos poco propicios para la honestidad, por eso en el fondo no vemos a Pechorin tan abyecto y acabamos compadeciendo al miserable funcionario que representa Sordi. En todo caso, la obra de Lermontov habla de un joven cínico, egoísta y de vuelta de todo, sin perspectivas ni capacidad para luchar por mejorar las cosas ¿Les suena? No parece que hayan pasado tantos años.



sábado, 26 de diciembre de 2015

"El Reino", Emmanuel Carrère. Creencia y desfascinación.

¿Qué es el Reino para Carrère? Aunque se trata de la pregunta fundamental hay una motivación previa de la que el lector es consciente desde que se enfrasca en los primeros párrafos del libro: Carrère intenta justificarse. Sin duda, sí, se justifica por haberse entregado a una fábula ridícula en un tiempo de desesperación. Y para ello escribe una introducción genial en la que a modo de introspección muestra su extrañeza ante el creyente cristiano que fue y en el que ya no se reconoce. Leo esas primeras páginas, más de cien antes de entrar en su investigación sobre los orígenes del cristianismo, con la misma sensación de perplejidad que el propio Carrère muestra por su anterior delirio religioso. No lo concibe, pero tiene la honestidad de no buscar las razones en alguien ajeno, recurre a su cuaderno, al cuaderno casi olvidado que redactó durante tres años comentando a San Juan. Ahí es donde encontrará y cotejará los pensamientos de una mentalidad religiosa. La diferencia de sus confesiones con las de Rousseau o San Agustín, que serían referentes válidos, es que lo hace con humor, sutil pero presente siempre, como si quisiera atenuar la pasada seriedad del crédulo.
A partir de aquí, con ese estilo tan peculiar de Carrère en el que mezcla la autobiografía, el ensayo y la invención novelada, se introduce en los orígenes del cristianismo para encontrar en Pablo y en Lucas dos modos diferentes de vivir la fe. La investigación, plena de digresiones, de referencias a su propia vida, de anécdotas interesantes aunque de relevancia discutible, está narrada con enorme talento. Lucas se nos revela como un creador genial, menos reconocido que otros evangelistas precisamente porque es equilibrado, objetivo y con un punto escéptico. Carrère se identifica con Lucas de igual modo que se contrapone a Pablo, personaje sectario y sin matices que se debió parecer mucho al fanático represor que describe Cioran: “Nunca le reprocharemos bastante haber hecho del cristianismo una religión poco elegante, haber introducido en él las tradiciones más detestables del Antiguo Testamento: la intolerancia, la brutalidad, el provincianismo”.
Hablando de Pablo y sus relaciones con el primitivo núcleo cristiano dirigido por Santiago, el supuesto hermano de Jesús. Carrère compara las relaciones entre ese núcleo judaico y el disidente con las disputas entre comunistas. Y utiliza un lugar común entre la burguesía ilustrada y liberal que ve en en el “Partido” a un grupo de extremistas descerebrados. Permítanme un pequeño ajuste de cuentas con el capricho liberal del autor, que seguramente tendrá miles de razones para despreciar a los comunistas. Me acuerdo ahora de Mersault, el protagonista de “El extranjero” de Camus, que ejemplifica una actitud que me gustaría traer aquí. Frente a la muerte y el final absoluto que supone, Mersault no transige, se niega a aceptar la idea de Dios y muere ejecutado como un héroe absurdo pero manteniendo su dignidad intacta. Carrère, pese a su ironía y su agnosticismo, pese al humor con el que cuenta su periodo de conversión, se dejó vencer por la desesperación y aceptó la solución de la creencia como asidero de su debilidad. Tal vez esa debilidad es la que le reconcome.
A la altura del siglo XXI es inevitable la sensación de molestia ante los disparates de una religión insostenible con su mitología de la resurrección. Ni siquiera, nos sugiere Carrère, tiene sentido la mentalidad religiosa que ofrece falsas ilusiones con las que cubrir una lucidez, tal vez triste, pero mucho más honesta. Esto no significa que el cristianismo tenga que ser identificado con ideas reaccionarias o conservadoras, al contrario, es “una de las cosas más rebeldes y revolucionarias que haya inventado el hombre”. Es decir, nada justifica la presunta incompatibilidad del hombre libre con la doctrina cristiana o, como decía Bernanos, “es una locura que, con el programa que contiene el evangelio, el cristianismo se haya terminado convirtiendo en la bestia negra de los hombres libres”.
Llegamos así a la conclusión hacia la que hemos sido hábilmente dirigidos a través de la figura de Lucas. Hay que liberar al cristianismo de toda su ganga dogmática y acudir a las fuentes que consultó Lucas, allí donde las palabras de Jesús nos estaban mostrando el Reino, que no es otra cosa sino los valores universales de solidaridad, amor al prójimo y convivencia pacífica. La doctrina cristiana sería entonces perfectamente válida como modo de vida y aquel vergonzoso asidero de un hombre débil resulta ser, finalmente, la ética más elevada y la culminación natural del saber filosófico. 
Al juicio del esforzado lector, que ha llegado al final de la obra seducido por el inteligente proyecto del autor, queda el determinar si ha sido o no convincente. 

jueves, 24 de diciembre de 2015

Almas muertas, de Nikolai Gogol: Realismo y artificio.

"¡Qué triste es nuestra amada Rusia!". Pushkin

Gogol no fue capaz de acabar la segunda parte de “Almas muertas”, se lo propuso casi espantado por la desoladora imagen que estaba dando de su país. Pero solo se sentía cómodo en la crítica despiadada y, si cayó en el arrepentimiento piadoso de la segunda parte, fue por la necesidad de encontrar un camino de salvación para aquellos a los que había mostrado en toda su cruda y lamentable realidad. Es una peculiar contradicción que me recuerda un poco el planteamiento de Pascal en sus “Pensamientos”. También muestra la absoluta indigencia del ser humano, aunque de la conciencia de nuestra miseria esencial surge en Pascal la búsqueda de Dios y el acercamiento al sentido de la existencia.
Tal vez la comparación sea un poco forzada. Me remito a Tolstoi, que debió ver cierta relación puesto que afirmaba haber llegado a entender a Pascal gracias a Gogol. Tolstoi, de todas formas, va por otro camino que se acerca más a un intenso sentimiento religioso. Por mi parte, creo que en ambos escritores acaba teniendo mucha más fuerza la labor de demolición que ese intento final por frenar la corrupción y rehabilitar a aquellos que han sido reducidos a la penuria existencial. Ni la famosa apuesta de Pascal resuelve nuestra desolación ni el pietismo y arrepentimiento de Gogol le sirvió para regenerar una sociedad poblada de almas muertas. 
La lectura más evidente es la que incide en el contenido social de la novela y hace de Gogol uno de los principales representantes del realismo ruso. El argumento, con toques picarescos y estructurado en torno a episodios que nos van presentando diferentes tipos sociales, sirve a la perfección a este propósito crítico: Chichikov, una especie de medrador profesional, llega a una provincia perdida del imperio con la pretensión de negociar con los notables del lugar. Su intención no es comprar terrenos sino siervos fallecidos después del último empadronamiento -almas muertas- que siguen inscritos en el registro. La razón de esta sorprendente transacción es estafar al Estado, la idea es conseguir las tierras ofrecidas gratis a quien demostrara tener siervos para trabajarlas. La propuesta de Chichikov es tan rentable que nadie rehúsa, hasta que una anciana desconfiada le pone tantos problemas que se verá obligado a huir.  Pero en el transcurso, y con cada visita a un propietario, el autor ha puesto en escena individuos a cual más miserable y ruin. Son hombres sin dignidad, sin moral, elementos pasivos de una sociedad dañada.
Gogol describe un país en el que se ha impuesto el vicio y la corrupción, que solo parece admitir comportamientos canallescos. El resultado es tan subversivo que al morir el autor se impidió la publicación de sus obras completas, de tal modo peligroso se había convertido para la autocracia un escritor que en vida nunca cuestionó el orden zarista. Sus intenciones quedaban muy lejos de cualquier solución revolucionaria y no solo por su natural conservadurismo, Gogol es un pesimista que ante la imposibilidad de perfeccionar una sociedad podrida considera que “hay que mostrar toda la profundidad de su verdadera abominación”. No es esta la interpretación de Kropotkin, uno de los principales teóricos del anarquismo que también escribió un interesante tratado sobre la literatura rusa. Para el gran defensor del Apoyo Mutuo, la obra de Gogol tiene evidentes intenciones reformistas: “Almas muertas” sería una formidable acta de acusación contra la servidumbre mediante la descripción realista del ignominioso trato al que eran sometidos los siervos. Representando con fidelidad una situación injusta, el autor mostraba a los escritores que le siguieron que el realismo podía ser puesto al servicio del cambio social.
Con “El capote” y “Almas muertas” Gogol se situaba en el inicio del realismo crítico, pero esta interpretación que ha sido tradicional entre los analistas rusos no acaba de ser del todo convincente. El humor satírico que impregna las dos obras no salva a nadie y no parece una defensa de los desfavorecidos o un intento por concienciar sobre la posibilidad de una mejora social. Esto abre la tesis del artificio literario sin intenciones reformistas tal y como defiende Nabokov en su “Curso de literatura rusa”. No habría intenciones moralizantes, “Almas muertas” sería una fantasía infernal que reivindica la obra de arte como creación radicalmente autónoma. La obra de Gogol, dice Nabokov, es un puro ejercicio literario, pura ficción.
Seguramente las dos interpretaciones están justificadas por la misma personalidad contradictoria de Gogol, que se sentía inclinado a dar una visión idealista y elevada de la gran patria rusa pero, al ponerse a escribir, solo le salía un mundo poblado de mezquinos, aprovechados y arribistas. Y, la verdad, por mucho que molestara a bienpensantes y censores, Gogol fue honesto cuando perfilaba una sociedad enferma en la que se había impuesto la alienación y la docilidad. Por cierto, curiosamente son las mismas características de la época que nos ha tocado vivir, aunque no vengan provocadas por una autocracia sino por la triunfante uniformización de un mundo globalizado. 


sábado, 14 de noviembre de 2015

La tertulia se aproxima a "El Reino".

….sin llegar a entrar, porque El Reino de Dios no quiere a individuos poco recomendables que prefieren, como Maquiavelo, la animada discusión sobre los misterios de la existencia al canto suplicante de los devotos.

Pero sí, aquí estamos, no nos habíamos ido, sigue existiendo un núcleo duro que mantiene la disciplina mensual en torno a nuestro particular reino de la cerveza. Y a pesar de deserciones sonadas esperamos cumplir en breve nuestra primera década de existencia, para cuya celebración aspiramos a una reunión en una abadía cervecera, en el café Gijón o en una terraza berlinesa o de Praga si la administración hace caso al eminente filósofo y podemos aumentar nuestra soldada denunciando a malos compañeros.

La última reunión no fue, sin embargo, en la cervecería setabense que nos sirve de sede sino en la casa del fundador de la tertulia -otras fuentes hablan de fundador apócrifo que robó la gloria al verdadero artífice-, donde fuimos obsequiados con el arroz al horno que pueden contemplar si bajan un poco la vista hacia el final del comentario. La comida sirvió de excusa -o al contrario- para hablar del último libro de Carrere, hubo controversia y división de opiniones, se habló de San Pablo y de ética cristiana. No hubo acuerdo, como era de esperar, porque afortunadamente a cada uno de nosotros nos interesan cosas diferentes y solo coincidimos en que queremos escuchar lo que opinan los demás. A la próxima volvemos a la ciencia ficción, Javier Bataller tendrá que volver a recordarnos que no es un género de puro entretenimiento ni el resultado de las elucubraciones de escritores próximos al delirio, mientras que Juan Fe arrojará sombras sobre el interés de las crónicas marcianas. Al final siempre nos divertimos más cuando entramos en combate que cuando reverenciamos la grandeza de los clásicos.

viernes, 6 de noviembre de 2015

Mía es la venganza, Torberg.

Dice la Biblia en Romanos 12:19:

 “… nunca os venguéis vosotros mismos, sino dad lugar a la ira de Dios, porque escrito está: mía es la venganza, Yo pagaré”


San Pablo recuerda a sus prosélitos la frase del colérico e implacable Dios de los judíos recogida en el Deuteronomio. El de Tarso ya estaba trabajándose la lealtad de la ciudadanía cristiana a las autoridades civiles, bien sabía el converso que era conveniente dejar para el juicio divino los agravios que pudieran suscitar rebeldías terrenas peligrosas para el orden establecido. La frase es relevante para ponerse a bien con las autoridades imperiales, pero son los judíos quienes captan su auténtico sentido: Dios asegura al pueblo elegido que sus enemigos no quedarán sin castigo, lo que en cierto modo condena a los fieles cumplidores de la ley a una peligrosa pasividad ante el ataque de sus enemigos. Este inquietante precepto sirve a Torberg, magnífico escritor checo de lengua alemana, para reflexionar en “Mía es la venganza” sobre las causas de la lamentable inacción de las víctimas ante la violencia nazi y sobre el complejo de culpa, algo consustancial a cualquier escritor de origen judío.

De todas formas no se preocupen, no estamos ante el típico relato de horrores nazis al uso, es un texto breve, con un extraño componente kafkiano que recuerda y mucho el ambiente que se respira en “La colonia penitenciaria”. Hay un punto entre onírico y simbólico en el dilema que propone el comandante nazi a sus prisioneros. El sadismo del juego nos remite a imágenes que ya forman parte de la galería de horrores del siglo XX, pero también evoca la lógica irreal que nos lleva a Kafka.
Se trata del testimonio de un hombre que acaba de escapar de un campo de concentración, es algo así como una confesión ante un desconocido que se interesa por las terribles circunstancias que ha vivido el narrador. Está esperando la llegada de unos amigos que nunca se presentarán, judíos que habían sido recluidos en el campo de concentración de Heidenburg y de los que solo parece haber sobrevivido ese hombre extraño que vaga por el embarcadero. Conoceremos la historia de ochenta judíos hacinados en un barracón que tuvieron la osadía de pedir más espacio al comandante del campo. Ante la sorpresa de todos y la inquietud del lector, les promete que tendrán lo que piden. El comandante ha ideado un sistema para ir exterminando a quienes se han atrevido a protestar, suponemos que trata de demostrar la cobardía y la incapacidad de los judíos para tomar una decisión. La cuestión es simple, un dilema que ha de resolver la víctima, o morir ejecutando al verdugo o resignarse dejando a Dios la venganza.
A Torberg le interesaba una cuestión que ha obsesionado a los más combativos del Estado de Israel durante mucho tiempo ¿Por qué no fueron capaces apenas de resistirse los judíos que eran llevados como animales al matadero, a qué se debió esa pasividad humillante que deja en manos de Dios la venganza de sus padecimientos? El breve relato de Torberg, uno de los primeros que reflexiona sobre las víctimas de los Lager, se configura como una metáfora sobre el destino del pueblo judío y de las persecuciones sufridas a lo largo de su historia. Es justo plantearse si abandonar la responsabilidad de la lucha cumple con el mandato divino o contribuyó a la desgracia de los judíos. Quizá la sumisión solo fue en realidad miedo y cobardía, la causa por la que Dios abandonó a su pueblo sin ejercer ya su venganza.
Si ustedes conocen, aunque sea de manera aproximada, lo que ha venido ocurriendo en Oriente Medio desde la segunda mitad del siglo XX, habrán comprobado que el Estado de Israel aprendió bastante de esta supuesta pasividad y ya hace tiempo decidieron que las víctimas, mejor que sean otros. Digamos que el nuevo Estado judío, dadas las circunstancias, consideró que debía liberar a Yahvé de parte de sus obligaciones y que, si antes no pudieron defenderse, no les volverán a pillar por sorpresa porque serán ellos los que golpeen primero. El judío doliente que va al matadero en el campo de concentración ha sido sustituido por otro, militarizado, fuerte, despiadado con sus enemigos. 
Ignoro si Torberg, que fue uno de los eminentes escritores judíos que pudo escapar de la persecución nazi, hubiera hecho honor a su fama de independiente e inconformista criticando los actuales desmanes del gobierno israelí contra los palestinos. Tengo mis dudas, me quedo con lo que dice el extranjero que vaga por el puerto de Nueva Jersey interpretando de una manera menos ominosa el precepto divino. No pienso en las justificaciones de la razón de Estado israelí, hay algo más universal y provechoso. Como el doliente personaje que asumió su responsabilidad, creo que mientras cada uno de nosotros esperemos librarnos de un destino fatal pensando que le tocará a otro, estamos condenados a la sumisión eterna. Es necesario recordar lo que fue aquel tiempo de inmundicia, pero no solo para evitar que se repita la barbarie, también porque más allá del debate entre justicia divina y humana, se dilucida para nosotros una decisión fundamental en tiempos difíciles: O la sumisión o la rebeldía.

viernes, 9 de octubre de 2015

El paraíso perdido: Simpatía por el diablo.

Admito la posibilidad de que Defoe escribiera su “Historia del diablo” para quedarse con el personal, la ironía de la que suele hacer gala justificaría esta tesis. Pero también es posible que creyera que el diablo está muy presente entre nosotros y que, incluso, dirige el mundo desde las salas Vaticanas. Con el diablo hay que andarse con ojo y, como cantaba irónicamente Mick Jagger, conviene evitar que nos desconcierte la “naturaleza de su juego”. Por eso Defoe detestaba “El paraíso perdido”, o mejor, reconocía la altura literaria del poema pero pensaba que los errores en los que incurre Milton son tantos que puso en ridículo la religión y anulado, de hecho, la veracidad de los textos sagrados.
A Milton le escandalizaría la acusación de Defoe y, de haber estado vivo, hubiera iniciado un provechoso debate sobre el diablo del que todos nos habríamos beneficiado para prevenir futuros males. Tal vez la idea de Milton, al menos la idea consciente, era mostrar que el pecado se plasma en la desobediencia de los preceptos divinos, lo que implica un justo castigo. Lo cierto es que esta intencionalidad nos acaba pareciendo muy poco sincera ante la inquietante simpatía que despierta la trágica figura del Maligno; su asalto a los cielos, que puede suscitar horror entre mentalidades sumisas y poco dadas a la rebelión contra el poder omnímodo de dioses, reyes o tribunos, es en el fondo la rebeldía de un hombre que quiere ser libre. Así debió entenderlo el poeta Percy Bysshe Shelley, que veía el diablo de Milton como un ser moral muy superior a Dios. O el gran poeta y pintor William Blake, cuyo espíritu jacobino compartía la idea de rebelión contra el Dios tiránico del Antiguo Testamento; Blake pintó una serie de ilustraciones extraordinarias para “El paraíso perdido”, en ellas Satán es un admirable espíritu rebelde que guía a los hombres a derribar los templos y a desdeñar los terrores impuestos por la religión establecida. Aunque no lo supiera, dice Blake, Milton estaba de parte del diablo.
Que el diablo pueda ser interpretado de una manera tan subversiva es un aliciente para afrontar el poema de Milton aunque, hay que reconocerlo, suena como a antigualla poco soportable. Es verdad, la primera lectura asusta, te encuentras con una obra farragosa, de lenguaje rebuscado y de la que supones que solo captarás la elegancia de sus versos en la versión inglesa. Por eso he de agradecer al espléndido trabajo de ilustración y sintesis realizado por Pablo Auladell que me indujera a leer a Milton superando los primeros prejuicios. Auladell traduce en imágenes el particular universo del poema, sin apenas texto pero cuidando cada imagen para que proporcione la mayor información posible. El infierno es tenebroso, un caos amenazador alejado de las terribles descripciones dantescas. El cielo sugiere una fría proporción y armonía, con ángeles guerreros que se encargan de imponer la tiránica voluntad divina frente a los rebeldes. El efecto es tan poderoso que resulta inevitable que queramos la victoria de aquellos que prefieren ser libres en el infierno antes que serviles en el cielo. Tras las sugerencias de Auladell no quedaba sino leer a Milton y, para ser sincero, al final resulta que no es el tocho insoportable que ninguneaba T.S. Elliot, es un poema sorprendente, una aventura épica sobre el origen del mal que nos presenta a Satán como un personaje complejo y profundo, mucho más próximo que el Dios distante y cruel que ejerce como creador para luego castigar con pobres excusas.
“El paraíso perdido”, ambiguo y contradictorio a veces, plantea un proyecto muy ambicioso que rivaliza con los mismos libros sagrados. En el prólogo declara el autor que se propone justificar los caminos del señor ante los hombres, se trataría pues de explicar el origen del mal en el mundo. Pronto comprobamos que ese objetivo teológico fracasa, de manera buscada, o no, subyace el compromiso político de Milton y no puede evitar que Dios le recuerde la despótica monarquía absoluta que ayudó a derribar. El diablo sería una especie de trasunto de Cromwell, el héroe de las libertades frente a la tiranía que, en el fondo, era tan contradictorio como el propio Milton. 
Hay un peligro evidente en hacer protagonista al diablo y tratar de explicar sus razones, acabas simpatizando, aunque sea un poco, con él. En todo caso creo que no es solo un error de cálculo, hay un programa político que emerge a cada momento de entre las rendijas de la misión teológica y que ni siquiera pierde fuerza con el ridículo destino que  se reserva a Satán. No se trata de la salvación en Jesucristo y un fin bienaventurado en el más allá, es el sueño de redención de amplias capas de la población inglesa que tuvo su punto álgido durante el gobierno de Cromwell, es el proyecto de regeneración nacional que asume Milton y que plasma en una obra que combina el plano religioso, político y literario.
El diablo de Milton emprende la acción más terrible y execrable que nosotros, siervos de Dios, podamos imaginar: intenta un golpe de Estado celestial que anule el poder divino sobre el resto de criaturas. Y la rebelión la hace en nombre de la libertad y la igualdad, exponiendo, para nuestra sorpresa e inquietud, que nadie debe vivir de rodillas ante Dios. En realidad, Milton está anunciando el mito faústico y la esencia del hombre occidental, es el afán de conocimiento y la ambición sin límites para alcanzar las fronteras de la condición humana. Cuando Fausto se aventura por paisajes desconocidos e intenta transformar su condición está negándose a aceptar la prohibición sagrada de no ser como dioses. Es la misma exigencia de Satán en “El paraíso perdido” ¿Por qué doblegarse ante poderes superiores si nada hay más infame que el ejército de esclavos que sirve al Creador?