miércoles, 20 de julio de 2016

“Pensées": La apuesta de Pascal.

Me pregunto si es cierta la presunta desconfianza en la razón que manifiesta Pascal. Habla de las razones del corazón, pero también defiende que la auténtica grandeza del hombre es su no renuncia a la búsqueda razonada de la verdad, aún sabiendo que ahí reside también nuestra miseria, en que nunca lograremos alcanzarla. Claro que Pascal no quiso dar el último paso, el definitivo y el que muestra el auténtico temple del hombre que ha sido capaz de mirar dentro de sí y reconocer su miseria: La verdad no existe, como no existe Dios ni nadie que nos pueda dar consuelo. Quién es capaz de asumir esto podrá seguir viviendo con una sonrisa irónica en el rostro. Pero a Pascal no le gustaba la conclusión a la que le llevaba irrevocablemente su pensamiento y se dio cuenta de que la única solución para alcanzar a Dios era renunciar a uno mismo. Tal vez fue su tragedia personal.
Lo que más me admira de Pascal es su extraordinaria lucidez al analizar la existencia humana. En realidad busca generar humildad en el reconocimiento de nuestra propia miseria y probablemente quiere prepararnos para el definitivo acercamiento a Dios. Sin embargo ha provocado vértigo, ha mostrado el abismo y nos ha abierto a la duda. Nuestra existencia es trágica y habitamos un mundo sin sentido o al que no se lo hemos encontrado, es lo mismo. Buscamos, pero todo lo que podemos encontrar son más indicios de nuestra propia condición absurda que nos aboca a una dicotomía insalvable: La desesperación o Dios.
El argumento de la apuesta es uno de los aspectos más controvertidos del pensamiento de Pascal. Establecida la indemostrabilidad de Dios por medio de la razón solo nos queda apostar, aún asumiendo que Pascal probablemente considerara la apuesta un argumento de refuerzo para aquellos que ya estaban prácticamente convencidos. Y sin embargo, ¿Por qué no pensar que todo es un juego? ¿Por qué Dios no podría ser ese personaje caprichoso que, hablando con el diablo como dos camaradas, apuesta alegremente sobre la bondad de una criatura como Job, ignorante de las múltiples desgracias que se le vienen encima? No creo que el Dios de la Biblia se enfade por ese ejercicio de cinismo que es la apuesta, es una muestra de habilidad descubrir que en el fondo nada tenemos que perder. Ya vivimos en el infierno.
La dicotomía entre el corazón y el cerebro parece aquella vieja disputa entre románticos e ilustrados. Como yo sigo pensando que el proyecto de la razón ilustrada está por completar seguiré aquello que dijo Bayle, la razón más que un instrumento de construcción es un instrumento de destrucción. Y me temo que para el progreso del conocimiento todavía hace falta desvelar muchas de las falsedades que la tradición, fundamentalmente la religiosa, estableció como ciertas. Decía Freud en “El porvenir de una ilusión” que en los inicios de la humanidad, para protegernos del peligro al que estamos expuestos a causa de la naturaleza, la “humanizamos”, intentamos darle las características de un hombre violento contra el que puede protegerse y al que puede convencer halagándole. Es un pensamiento que pertenece a nuestra edad infantil, el niño que teme al padre pero también se da cuenta que es este quien le protege ¿No ha llegado ya el momento de proclamar “el final de la ilusión”?
Pascal cree que la forma de hallar a Dios, de encontrar un posible fundamento de verdad, es con el corazón, el único capaz de descubrir razones a las que no puede alcanzar nuestra razón. Los intentos de la escolástica, las irrefutables pruebas razonadas de Santo Tomás demostrando la existencia de Dios, son absolutamente inútiles. Nuestra lógica es incapaz de acceder a lo incomprensible porque creer en Dios no es pensar a Dios sino sentirlo. A mi esto, la verdad, me sirve de poco, me quedo con el Pascal trágico, el Pascal que descubre la experiencia radical de su finitud, de sus límites, de la muerte. Lucien Goldman, en un libro fundamental, “El hombre y lo absoluto”, sitúa a Pascal en la emergencia de la concepción moderna de lo trágico, la experiencia de un principio fundador que nunca se va a manifestar pero que hemos de seguir. Hay un rechazo del mundo como tal pero en ningún caso niega la posibilidad de mejorarlo, de comprometernos en el trabajo de realización ética de la verdad a imagen de lo que debería ser. Ese compromiso es el que descubrirán los existencialistas, salir de la propia conciencia para dirigirse hacia el mundo. Y transformarlo.



sábado, 16 de julio de 2016

El debate sobre Don Quijote y el problema de España.

Accedí muy tarde a la obra cervantina. Por supuesto tuve la intención, incluso la obligación, de leer El Quijote mucho antes, pero siempre encontré excusa para no hacerlo en el temor a su descomunal tamaño. No solo se trataba de mi natural prevención ante  libros tan voluminosos, el hecho de ser una de esas obras indiscutibles, una cumbre de la literatura universal, obliga necesariamente a que te guste. Y a mí, la verdad, me inquietaba un posible aburrimiento. Por eso me alegro de haber llegado tarde, con algo más de madurez, preparación y gusto un poco más afinado, para poder apreciar una de las lecturas más extraordinarias de mi vida, hasta el punto que recuerdo aquel verano en el que afronté las aventuras del ingenioso hidalgo como una época feliz. 
Esto no significa que fuera capaz de descubrir siquiera una mínima parte de los infinitos recovecos de la obra o sus múltiples implicaciones, pero me sirvió para entender por qué la figura de Don Quijote interesaba tanto a nuestros literatos y ensayistas, obsesionados por encontrar las claves de la conciencia nacional. Dejando aparte el delicioso juego literario de Torrente Ballester, que plantea que Don Quijote no está loco sino que inventa una farsa para burlarse del mundo, fueron los grandes nombres del Regeneracionismo quienes elevaron al caballero de la triste figura a la categoría de mito nacionalizador. La necesidad de recuperar un país sumido en la conciencia del “Desastre” colonial llevó a intelectuales como Ganivet, Ortega o Unamuno a recuperar los valores fundamentales del nacionalismo católico de 1492, identificando a Don Quijote con la esencia de lo español. Olvidando la reflexión histórica sobre la decadencia hispana que recorre la obra de Cervantes, un escritor de la talla de Unamuno veía en Don Quijote la fuente del ánimo heroico, el deseo caballeresco de renombre y la aspiración cristiana a la inmortalidad. Algo así como un trasunto de Cristo, un nuevo redentor capaz de recuperar nuestra anterior grandeza.
Planteando una crítica radical a esta línea interpretativa, que no cuestionaba los valores generados a partir de la expansión imperial hispánica, uno de los más lúcidos de nuestros intelectuales contemporáneos, Eduardo Subirats, establecía una relación genealógica entre los autores judeoconversos y erasmistas con otros posteriores como Blanco White, Américo Castro o Goytisolo. Estos autores representarían la España heterodoxa que encaja con el país mestizo y reivindicable que a mí entender refleja El Quijote. Hace mucho tiempo, cuando leía a ciertos autores marxistas que trataban de explicar la historia de España olvidando esencialismos, comprobé cómo quedaba desestimada la vieja polémica sobre "lo español" que mantenían Sánchez Albornoz y Américo Castro. Básicamente, las dos posturas que defendían tan ilustres profesores eran la del mito casticista e imperial - aunque Sánchez Albornoz fuera un liberal republicano- y la del país que nace por la confluencia de culturas diferentes, abierto e integrador. Aceptando que la historia no son “esencias inmutables” sino que es cambio y dialéctica, creo que en la interpretación de Castro se pueden encontrar elementos muy válidos de reflexión. 

Afortunadamente no somos el héroe ascético que imaginó Unamuno, ni siquiera nos representan todos los tópicos que han caracterizado a la “España eterna”, hay muchas Españas, muchas referencias que remiten a culturas diferentes, a esa heterodoxia que odiaban los grandes profetas del casticismo como Menéndez Pelayo. Y entonces ¿Quién es Don Quijote? Pues en mi opinión representa a la otra España, la que es ajena al mito imperial construido a partir de la casta militar castellana que se apodera de la Península en el siglo XV y somete a su yugo a las diferentes culturas que convivían de manera más o menos problemática. Representa la España heterodoxa, abierta y cuestionante. Cuando Cervantes se plantea como excusa para uno de sus relatos ejemplares la crítica a las novelas de caballerías es por su conciencia de un país decadente, porque ha llegado el momento de mostrar que ese imperio que solo benefició a unos cuantos poderosos se está pudriendo hasta la raíz: “¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza y que diera un doblón por describilla!”. Cervantes habla de un fracaso pero no está reivindicando glorias pasadas, que eso a él le parece tan ridículo como los aristócratas que se ríen de los delirios del caballero. La extraordinaria humanidad de Cervantes está del lado de la gente que muere de hambre mientras los Tercios defienden las glorias imperiales frente a los turcos o en los campos de batalla europeos. 
Pues sí, cada uno interpreta lo que considera más provechoso
 de un libro que es de todos. Yo reivindico esta crítica de la España que no me es propia, la mía es la del Lazarillo, la de los erasmistas, la de los ilustrados que combatían las tinieblas del catolicismo rancio, la de los revolucionarios de Cádiz, la de los defensores de Madrid, la de quienes lucharon contra una dictadura que duró cuarenta años y de la que tan complicado resulta desprenderse. Supongo que es cuestión de identidad, a lo mejor, como hacía el caballero, solamente estoy inventando un mundo a la medida de mis sueños, tan irreal como el mito nacional-católico que defiende esa España detestable. Entonces conviene recuperar a Sancho, a quien el caballero andante pide apoyo moral en el momento en el que su determinación de transformar el mundo empieza a resultarle dudosa. Cuando en el momento final Sancho intenta reivindicar con entusiasmo la vida quijotesca es, sin duda, porque ha aprendido a estimar al patético aunque dignísimo caballero, pero también porque, en el fondo, pensando que solo existe una triste realidad inmutable no vamos a ninguna parte.

sábado, 28 de mayo de 2016

Vida de Galileo, de Bertolt Brecht: La ética del científico.

Resulta que el Papa Ratzinger, antes de ser llamado a tan alto destino, era el titular de la cátedra cardenalicia creada en honor de Roberto Belarmino, el inquisidor cuya mayor hazaña fue quemar a Giordano Bruno, además de defender a sangre y fuego al Pontificado contra los herejes luteranos. Pues bien, el tal Belarmino fue canonizado en 1930 y la Iglesia lo considera uno de sus grandes doctores, aunque esto no impidió que el Papa Wojtyla pidiera perdón, en un acto supremo de hipocresía, por los errores cometidos contra científicos como Galileo o Bruno. El caso de Bruno es demasiado turbio y los panegiristas de la Iglesia prefieren darle carpetazo, pero es curiosa la generosidad con la que es tratada la persecución que tuvo que soportar Galileo. Según estos manipuladores a Galileo nadie le prohibió nada, lo único que hizo Belarmino fue instarle amablemente desde su posición de poder a que no diera por verificadas lo que solo eran hipótesis. Si consultamos fuentes menos tendenciosas, vemos que lo que en realidad pasó es que fue obligado a no defender públicamente las teorías heliocéntricas que ya iban por ahí circulando desde Copérnico entre los cosmólogos. Galileo, que no era idiota y sabía como las gastaban estos tipos, optó por guardar silencio sobre el tema y dedicarse a demostrar teoremas geométricos, aunque luego volvió, el muy hereje, y le faltó un pelo para probar la medicina que aplicaron a Bruno, el cual tenía más tendencia a la tozudez y al "a mí no me acojonáis, hijos de puta". 

La integridad de Bruno cuestiona la actitud de Galileo, aunque podemos entender e incluso compartir sus razones ¿Por qué debía dejarse asesinar por esos miserables ignorantes que se atrevían a demoler sus métodos, siendo unos perfectos incompetentes en materia científica? Era más práctico agachar la cabeza, seguir investigando y esperar tiempos mejores en los que el dogma religioso dejara de someter a la razón. Cuando Bertolt Brecht escribe la primera versión de su “Vida de Galileo Galilei” también mostrará comprensión ante la triste retractación del científico, hace suyas las palabras del joven discípulo que cree sinceramente en la necesidad de que el maestro, pese a la humillación, pueda seguir trabajando para demostrar la verdad. En la versión definitiva Galileo es un hombre derrotado que ya no pone excusas a su traición, no es que haya renunciado, es que ha traicionado al pueblo. Su derrota es la de la propia humanidad, al arrepentirse públicamente de sus ideas impidió el avance de la libertad de investigación y, en definitiva, la emancipación del pueblo frente a los poderosos.

La dolorosa reflexión final no procede de un hombre cuyo compromiso social haya sido insobornable hasta ese momento. El Galileo de Brecht es un científico ávido de conocimientos, pero también es un hombre que gusta de los placeres de la vida y que sabe perfectamente las derivaciones técnicas de sus descubrimientos. Es consciente de que sus inventos no están al servicio de todo el pueblo, sino de una minoría beneficiaria de un sistema injusto que en ningún momento parece importarle, más allá de su propia satisfacción personal por los secretos del universo que va descubriendo. En este sentido es obvia la crítica de Brecht a esa especie de “torre de marfil” en la que parecían recluidos los científicos de posguerra, sobre todo a partir de la reflexión realizada en torno a los participantes del proyecto “Manhattan”. Hay en la actuación de los Oppenheimer, Bohr o Fermi una contradicción, intuyeron que la energía nuclear iba ser monopolizada por los militares, que reducirían la libertad de investigación a aquello que les fuera útil. Pero solo vagamente, a pesar de ciertas propuestas de control ético del desarrollo científico, se dieron cuenta de lo que estaba ocurriendo en el exterior de los laboratorios, de las implicaciones sociales de su trabajo.

El Galileo de Brecht tiene una indudable relación con las circunstancias de la época y con el compromiso político del autor, pero también alcanza una dimensión simbólica sobre el conflicto entre libertad científica y autoritarismo. No se trata de una crítica contra la Iglesia católica en particular, es más bien la crítica al principio de autoridad que se ejerce como instrumento para someter al pueblo. Frente a la imposición del dogma, la labor revolucionaria de la ciencia va dejando sin fundamentos ideológicos a quienes detentan el control social. De ahí el peligro que supone el acto vergonzoso de la retractación, al abandonar la ciencia a los poderosos su función queda totalmente dislocada para ponerse al servicio de la violencia y la exclusión. Lejos de “ser un alivio para la dureza de la existencia humana”, la ciencia que deslumbra con los descubrimientos más notables, pero que no nos hace crecer como seres humanos, está favoreciendo un orden opresivo. 

En ese difícil equilibrio entre la eficacia del mensaje político y la obra artística de calidad, tan discutible en muchas realizaciones del realismo socialista, estriba una de las grandes virtudes del teatro de Brecht. Y ello a pesar de que, de manera consciente, Brecht sacrifica en cierto modo su trascendencia, no le importa parecer un poeta menos elevado, más simple en inteligencia o en sensibilidad moral, con una renuncia voluntaria a la complejidad en favor de un mensaje directo. Su tiempo era el de la lucha política y su obra no podía ser cómoda ni complaciente; como expresaría en aquel famoso poema, eran “malos tiempos para la lírica”. Había que plantear situaciones manteniendo una relación con el espectador que estaba muy alejada del proceso de identificación propio del teatro clásico, no se trata de emocionar o purificar pasiones, se trata de mantener la cabeza fría -es el famoso “distanciamiento”- para que los que asistimos a esa representación de figuras simbólicas y ambientes esquemáticos lleguemos a un análisis crítico de los problemas del mundo. Creo que Brecht consigue su propósito, pero la enorme fuerza de su teatro y la dimensión épica de figuras como Galileo o Madre coraje van mucho más allá del adoctrinamiento marxista y adquieren un valor ético individual que sitúa esos dramas en la cumbre de la literatura del siglo XX.


domingo, 10 de abril de 2016

Viaje al fin de la noche: Del inconveniente de haber nacido.

A pesar de la inevitable sospecha de que tras “Viaje al fin de la noche” se oculta un mensaje que rechazo sin paliativos, creo que es una novela portentosa que merecería un comentario destacando su maestría sin necesidad de recurrir al caso Celine. Pero sería mentirme a mí mismo, no solo porque es un escritor que arrastra la polémica cada vez que se habla de él, sino porque volví a su obra con la intención de machacarlo sin piedad a poco que descubriera los síntomas de un impresentable racista. No hace mucho revivió  el debate en Francia con ocasión de un posible homenaje que reconociera a Celine como un referente literario de primer orden. No pudo ser y una vez más fue rechazado porque es imposible olvidar escritos y actuaciones que, no hay por qué negarlo, son indecentes. Sin embargo, todo depende del sentido que queramos darle a la obra artística y, si el objetivo del arte es la belleza, Celine tiene argumentos de sobra para ser considerado un maestro. Sería cuestión de entender, como decía Bernard Henry Levi, “la oscura y monstruosa relación entre el genio y la infamia”.
No es una tarea simple, la vida de Celine está llena de contradicciones que provocan la sensación de que su figura es difusa y compleja. Sus incendiarios panfletos antisemitas solo podían ser escritos por un cerril o por un paranoico, el servilismo con los nazis durante la ocupación no puede explicarse de otra forma que mediante la íntima convicción o por una insuperable cobardía y, esto es bien sabido, nunca se arrepintió de sus ideas más repugnantes ni de aquellos escritos racistas. Es cierto, también lo es que dedicó una gran parte de su vida a trabajar como médico para los más desfavorecidos, que en realidad no colaboró con el gobierno de Vichy y que, si analizamos obras como el “Viaje…o “De un castillo a otro”, Celine no parece en absoluto un hombre de partido sino un profundo escéptico.
“Viaje al fin de la noche” es una novela que suscita el entusiasmo en muchos incondicionales. Y debo decir que lo entiendo, la degradación absoluta y la visión nihilista de la existencia, prácticamente sin concesiones, causa en el lector un insoportable agobio o la plena certeza de que nadie ha comprendido tan lúcidamente la existencia como Celine. Su vida en nada desmiente una extrema desfascinación -aunque hay quien asegura que una gran parte de su biografía es impostada- e incluso la polémica que su figura suscita en Francia ayuda también a encumbrarlo como enfant terrible mucho menos artificial que otros. En mi caso no he podido evitar la aparente contradicción entre la conciencia de degradación y la entrega a la extrema vulgaridad regeneradora del nazismo. Hay algo que no funciona, algo que ya detectó Trotsky en una de las primeras críticas al deslumbrante debut literario de Celine. Trotsky fue especialmente certero al analizar la obra y considera que tiene su origen en el hastío de la vida, nunca en la rebelión. No hay tregua para el clero, para el Ejército, para los políticos, sin embargo no podemos decir que exista una denuncia de las condiciones sociales en Francia, a Celine cualquier estructura social le parece deleznable. Su profunda desesperación es resignada porque, si bien la crítica a lo real es descarnada, está rechazando también el cambio por considerarlo inútil. En realidad, lo que hay en Celine es un abismal desprecio elitista por sus semejantes, una sublimación del narcisismo, del egoísmo más extremo que te hace primero anarquista para acabar convertido en un nazi. Aunque escriba sobre la miseria de los hombres, no esconde su desprecio por ellos.
Todo esto no quita para que, como decía, la crítica social resulte devastadora. La parte inicial, que probablemente es una de las más estremecedoras descripciones de la Primera Guerra Mundial, nos sitúa en una mentalidad que se generaliza en Europa tras una guerra tan destructiva y terrible. El conflicto impulsó una gran crisis del sistema de valores vigente hasta entonces en la civilización occidental. La muerte, la destrucción y el horror marcaron a una generación de combatientes, mientras se hacía cada vez más evidente quiénes habían utilizado la guerra en beneficio de sus intereses. La irracionalidad surge de un profundo pesimismo sobre la posibilidad de perfectibilidad humana y de los desmanes producidos por el progreso. En Celine se plasma en una consideración totalmente negativa sobre nuestra condición, solo ve malvados y mediocres fracasados, de ahí la feroz sátira contra la civilización occidental que adquiere una dimensión todavía más efectiva por el lenguaje utilizado en la novela, algo nunca visto antes y que cuadra a la perfección con el contenido. El lenguaje callejero y directo, como una provocación constante a los buenos sentimientos, muestra un permanente estado de crispación que le permite decir lo que nadie se atreve, aquello que incomoda, provoca y motiva al lector.
Después de la suprema degradación de la guerra llegamos a la explotación sin límites que relata en Africa, el mundo es absurdo, carece de sentido y solo le queda el recurso a la ironía de la que tampoco se libra el episodio en los EEUU. Allí nos presenta una sociedad deshumanizada en la que el mecanicismo lo invade todo, en la que apenas hay signos de solidaridad. Por eso el protagonista huye de todas partes, en todas partes encuentra el vacío más absoluto, con la salvedad de la prostituta Molly, tal vez el único personaje con el que demuestra algo de ternura. La huída es un intento por escapar de lo irremediable, por constatar que el cambio de lugar no resuelve la quiebra existencial, es una huída hacia la noche identificada con la existencia, que no es luminosa sino oscura y miserable. Reconozcamos que Bardamu, tan despreciable por muchos conceptos, no es de los que pacta cada día con la existencia para evitar cuestionarse nada, sabe que todo es mentira, que la existencia es un absurdo que exige docilidad y sumisión. Es en este aspecto donde mi condena a Celine deja de ser sumaria, en la incapacidad de reconciliación con la vida reconozco la lucidez del escepticismo radical de Cioran, tan próximo a Celine como a la sospecha que a cada momento nos asalta cuando abandonamos la necesaria dosis de optimismo con la que afrontar cada día.
Explica Cioran que las grandes carnicerías de la historia son perpetradas por los fanáticos, los lúcidos son perseguidos por aquellos que se empeñan en demostrar que son infalibles. Celine odiaba toda adscripción ideológica porque se recluyó en una especie de dandismo intelectual, cualquier argumento que otorgue sentido a la existencia es despreciable porque tiende a la igualación y eso es insoportable para aquel que mira por encima la vulgaridad de la masa engañada. Sin embargo, en una pirueta sorprendente, resulta que el escéptico, el que no cree en nada ni se compromete con los problemas y necesidades de la sociedad, el que rechaza toda doctrina de salvación, puede ser solidario con sus semejantes. Y es por eso, porque no cree en nada y nada hay que imponer, por lo que está libre de cualquier dogma. Bien ¿Y entonces por qué apoyó al nazismo? Podemos pensar que no simpatizara con los principios de exaltación de la raza, con los elementos patrióticos o la brutalidad represiva. Hay que recurrir de nuevo a Cioran, tal vez buscaba “la paz del yugo”, un refugio que le ofreciera seguridad ante el cansancio que le provocaba la incomprensión general. No lo sé, creo que es una disculpa un poco forzada, Celine siempre negó haber perjudicado a nadie pero los violentos panfletos antisemitas y el apoyo a una ideología criminal y militarista dicen lo contrario. Nos queda además la constatación horrorizada, que no evita en ningún momento, de que nunca cambiaremos nada de nuestra vida, la desgracia será definitiva, los pobres seguirán siendo pobres y cualquier intento de cambio no es sino simple palabrería de resentidos y futuros opresores ¿A qué intereses servía Celine?

viernes, 25 de marzo de 2016

"Crónicas marcianas": Martian way of life.

Si ustedes tienen la curiosidad de escribir en internet la expresión “Crónicas marcianas” puede que se lleven una pequeña sorpresa. En los resultados no aparecerá en primer lugar el original de Bradbury, ni siquiera la serie que se inspiró en aquella novela con Rock Hudson como protagonista. No, lo primero que aparece en su buscador es un programa nocturno que mantuvo una cadena privada durante varios años y que tiene el dudoso mérito de haber inaugurado en nuestro país el fenómeno de la telebasura. Nada que ver con Bradbury, por supuesto, el presentador optaba por una estética en el vestuario que recordaba más a Star trek y, en cuanto a lo marciano, era más bien por lo delirante del show y por el desfile de frikis que llenaban el plató. En todo caso, es significativo que para la mayoría de los españoles las “Crónicas…” sean antes un late show odioso que los poéticos relatos de Bradbury.
Me atrevo a señalar -es solo la opinión de un profundo desconocedor del género- que la vertiente menos respetable de la ciencia ficción es la llamada “space opera”, aventuras espaciales con personajes arquetípicos y aparatosos escenarios futuristas. A Bradbury le encantaba este subgénero muy popular que tiene en los cómics de “Flash Gordon” casi un ejemplo fundacional. Las historietas creadas por Alex Raymond trasladan las obsesiones y tópicos del modo de vida americano al planeta Mongo, disimulando con el entorno fantástico y el impacto visual un mensaje bastante reaccionario y vulgar. Bradbury asimiló con tanta inteligencia los cánones establecidos en esta fantaciencia, y otros clichés de autores clásicos como Verne o Wells, que fue capaz de transgredirlos  y convertir la ciencia ficción en algo totalmente diferente. Como “Flash Gordon”, la obra de Bradbury también representa el espíritu de una época, pero no por elaborar un producto de evasión que defendía la estabilidad social, sino por mostrar en su literatura la angustia de una sociedad que sentía la amenaza atómica y que tenía serios problemas de conciencia.
“Crónicas marcianas” es, en parte, el resultado de esa sensación amenazante que se configura tras la Segunda Guerra Mundial, creo que ese es el impulso profundo de la obra. También es producto de la innegable fascinación que siempre ha despertado el planeta rojo; nos obsesiona la posibilidad de que existan otras formas de vida fuera de la Tierra y desde hace mucho tememos que los marcianos nos visiten con intenciones seguramente inquietantes. La más conocida de las especulaciones literarias sobre el tema es “La guerra de los mundos”, que plantea la aterradora posibilidad de la conquista marciana de la Tierra gracias a su arrolladora superioridad técnica. Bradbury tiene presente la obra de Wells y la homenajea de manera evidente al repetir la forma en la que los marcianos quedan exterminados, ese virus humano que resulta devastador para sus defensas. Sin embargo, el planteamiento es totalmente diferente, en las “Crónicas” son los terrícolas quienes están al borde de la destrucción y se ven obligados a colonizar otros mundos convertidos en réplicas de nuestro planeta. No es la única diferencia, hay en la novela de Bradbury un tono fúnebre, elegiaco, que se aleja del realismo casi documental del relato de Wells. Es lo que siempre se repite, hablar de la poesía de “Crónicas marcianas” es ya un lugar común.
No sabría muy bien cómo explicar el contenido poético en una novela de ciencia ficción. Y el caso es que Bradbury, por lo que he leído, fue también poeta en su juventud. Tal vez intentó hacer poesía con el tema que más le interesaba, lo cierto es que la obra está recorrida por un misterioso ambiente crepuscular, sin apenas descripciones científicas que presenten un futuro lleno de novedades técnicas. Casi nada sabemos de las circunstancias del viaje, o de las características de las aeronaves, incluso Marte es -antes de la llegada de los terrícolas- un planeta habitado por seres peculiares pero no muy alejados de nosotros, con pequeñas ciudades que parecen sacadas del medio oeste americano y casitas de campo en las que viven parejas con la misma soledad y tedio que podríamos encontrar en un cuadro de Hopper. Si la poesía es convertir en imágenes o en palabras el misterio de la existencia, Bradbury transforma en metáforas las incertidumbres de su tiempo. 
El pesimismo que refleja la novela será poético pero no por ello es menos desalentador respecto al destino que le espera a la humanidad. Hay en Bradbury una desconfianza amarga en el progreso que le lleva en varias de sus obras a plantear futuros distópicos, la tiranía que en nombre del hedonismo y la ignorancia ha creado un mundo sin libros o el torpe orgullo materialista de una sociedad que repite sus defectos y vicios en un nuevo planeta. En realidad, un moralista o un escritor más de ciencia ficción no habría sido tan trascendente, por supuesto que hay una lectura social que está muy pegada a su tiempo y que, en apariencia, podría sugerir que está pasada de moda. Pero, aparte de que la crítica al consumismo, las referencias a la Caza de brujas o al temor por la carrera armamentística no me parecen en modo alguno despreciables como asuntos del pasado, Bradbury tiene un verdadero conocimiento del alma humana y propone la pregunta existencial definitiva: Qué hacemos aquí y cómo nos las vamos a seguir arreglando para mantenernos unos años más sin destruirnos entre nosotros o acabar con el planeta. Esa es la clave de su vigencia.

domingo, 21 de febrero de 2016

Adiós en azul, John D Macdonald: el final del hard boiled.

Mi referente más fiable para conocer un poco mejor a los clásicos de la novela negra americana es Javier Coma, con el libro que publicó sobre el género hace muchos años en El viejo topo. Para Coma, a pesar del prestigio literario de sus mejores autores, el noir refleja lo menos presentable de la cultura norteamericana, la parte menos difundida por la propaganda oficial debido a la profunda carga ideológica de esas novelas y por presentar una mirada muy crítica sobre una sociedad que empezaba a dudar de sus fundamentos morales. Partiendo de esta premisa, defiende la importancia de los escritores con mayor conciencia crítica y soslaya o desestima directamente a los más acomodaticios y reaccionarios. A John D. Macdonald, el autor de “Adios en azul”, apenas le dedica unos párrafos por considerarle “ambiguo”, más un hábil autor de best sellers, que se adapta a la involución del establishment y el público tras el macartismo, que un digno heredero de los grandes del realismo crítico. 
El juicio, después de leer esta primera novela de la exitosa serie del detective Travis McGee, me parece bastante injusto. No solo escribe Macdonald con el ritmo y la agilidad de los clásicos, es capaz de crear un personaje protagonista que encontraría un hueco sin dificultades entre los detectives preferidos de cualquier lector. Tampoco es del todo cierto que Macdonald eluda la crítica social, de hecho en la novela que nos ocupa, la única que se ha reeditado hasta ahora, además de presentar una imagen bastante sórdida y pesimista de Florida en los años sesenta, hay un análisis de lo más interesante sobre un tema que parece imposible de erradicar incluso en las sociedades más avanzadas, la violencia de género. No es tanto una denuncia de la violencia machista -es inevitable un cierto contenido políticamente incorrecto en las novelas clásicas del género- como una reflexión nada simple sobre la dependencia y la sumisión.
En lo que no hay discusión es respecto a las habilidades literarias de Macdonald, Sabe dosificar la acción y el ritmo, planteando primero el estudio de los personajes hasta centrarse en el protagonista, no tanto un detective como un “recuperador” de aquello que sus propietarios ya habían dado prácticamente por perdido. Travis Mcgee, como Marlowe o Spade, también se mueve en los bordes de la ley, traspasando sus límites si es necesario para cumplir con su sentido de la justicia. Al fin y al cabo la ley está hecha para los poderosos más que para proteger a los débiles. A Mcgee, eso es evidente, no le gusta la sociedad en la que vive, aparenta ser un cínico individualista, un descreído que desprecia los convencionalismos, pero acaba actuando con una fidelidad y honradez absoluta con quienes considera que merecen su ayuda.
La serie de Travis McGee es seguramente la última de lo que se llamó el hard boiled, la rama más violenta, sórdida y turbia de la novela negra. Allí encontramos a esos individualistas asociales que casi se confunden con los delincuentes a los que persiguen, los personajes más cínicos y ajenos a los agentes del orden, los relatos que con menos prejuicios tratan los tabúes sexuales. Desde luego, McGee no escatima violencia a la hora de resolver sus problemas, como tampoco se desestima un componente sexual que a la altura de los años sesenta seguramente resultaba menos escandaloso. Sin embargo, al menos en esta primera novela, estamos ante un héroe más frágil psicológicamente que otros duros del género, de reacciones casi quijotescas, como un caballero andante en medio de la mezquindad de una sociedad viciada. 
En su última página, tras el vertiginoso final que recuerda un poco el brutal desenlace de la película Cayo Largo, Macdonald incluye una frase del para mí desconocido George V. Higgins: “La vida es dura, pero todavía lo es más si cometes estupideces”. Tanto el personaje femenino, Lois Atkinson, como el propio McGee decidieron complicarse la vida en un determinado momento, la mujer acabó siendo la víctima de un tipo sin escrúpulos que la manejó a su antojo. Y el protagonista, por querer hacer un favor a una amiga, estuvo a punto de dejar el pellejo al evitar que ese mismo individuo destrozara a otra muchacha. Digamos que es una recomendación para no buscar más problemas de los que ya te encuentras habitualmente, en todo caso el impulso que te lleva a arriesgar una seguridad ficticia le permite a Macdonald construir una novela admirable que abre con brillantez un exitoso ciclo.

domingo, 14 de febrero de 2016

Un héroe de nuestro tiempo, Mihail Lermontov: El spleen ruso.

¡Contemplo nuestra generación con amargura!
Lúgubre y vacío aparece su futuro, 
Bajo el peso del conocimiento y de la duda,
Triste envejecerá, inactiva y muda.

Lermontov, “Meditación” (1838)
No hay corriente cultural que se acomode mejor al sentimentalismo de los rusos que el movimiento romántico. En realidad esta influencia europea, que era evidente desde el siglo XVIII, no resultaba nada ajena a un proceso de recuperación cultural que buscaba configurar una sólida conciencia nacional en un imperio tan heterogéneo. El romanticismo es la evolución natural de la anterior valoración sentimental del folklore, solo que ahora el elemento cultural se combina con la llegada de ideas liberales que arraigan con fuerza en los mejores artistas rusos, hasta colocarlos en una situación peligrosa frente a la autocracia zarista. Pushkin es, sin duda, quien representa a la perfección este espíritu romántico, un poco marginal, individualista y dispuesto a batirse con poderosos enemigos en defensa de su honor. Y precisamente el honor, o lo que llamaríamos el círculo vicioso del honor, está en el origen de un tipo particular de antihéroe que nacería con “Eugenio Oneguin”, un personaje que aspira a una libertad tan abstracta e ilimitada que parece separarle sin remedio del resto del mundo.
Lermontov es el legítimo heredero de Pushkin, una posición ganada no solo con su talento literario sino también con el famoso poema fúnebre a la memoria del maestro en el que cargaba, con la misma temeridad, contra la aristocracia cortesana y el despotismo imperial. Fue un auténtico escándalo y causó indignación, lo que le valdría uno de los varios exilios por los que hubo de pasar en tierras del Caúcaso y la consideración de adalid de la libertad, e incluso de la revolución. Por supuesto murió en un duelo, en un episodio que parece sacado de su propia novela: Realizó algunos comentarios poco agradables sobre un petimetre francés aprendiz de Byron, fue retado y decidió disparar al aire mientras su ofendido contrincante apuntaba con cuidado al pecho del escritor para segar su vida sin contemplaciones. El antihéroe de Pushkin iba a resultar decisivo en la vida y la obra de Lermontov.
Recientemente adquirí una estupenda edición que incluye su antología poética y la novela por la que sigue siendo recordado, “Un héroe de nuestro tiempo”. Aunque estemos remontándonos a los precedentes de la gran novelística rusa, no es el mero interés erudito lo que me atrae de Lermontov, aún aceptando lo que decía Nabokov en uno de esos juicios como crítico literario en los que no tenía ningún problema en ser iconoclasta. Para Nabokov, “Un héroe de nuestro tiempo” es una novela técnicamente deplorable, pero el efecto que nos produce en conjunto es tan fascinante, de tan extraordinario vigor narrativo, que todas las partes que la componen quedan admirablemente sincronizadas.  Sin entrar en cuestiones de estilo o en comparaciones con gigantes literarios como Tolstoi, creo que la novela de Lermontov, que no deja de ser la primera gran obra de un escritor muy joven, sigue teniendo un enorme poder de seducción. Se trata de un conjunto de relatos cuyo orden cronológico se ha roto y que pretende que nos aproximemos de modo indirecto al personaje de Pechorin, el protagonista que ejemplifica una visión desencantada de lo heroico. El héroe solo lo es en sentido irónico porque, según advierte el autor, representa los defectos de toda una generación que se sintió derrotada y sin esperanza tras el fracaso de la revolución liberal de los decembristas
Tal vez esa estructura cronológica tan peculiar y avanzada no fue sino el resultado de las necesidades de publicación, ahora bien, lejos de parecernos una acumulación de relatos artificiosa crece en complejidad a cada lectura. Sin embargo, el principal atractivo de la novela es Pechorin, un individuo hastiado, indiferente, que no cree en nada y que nada espera, la gran creación de Lermontov, el arquetipo de lo que podríamos llamar el “spleen” ruso. Volví a leer la obra con el mismo placer que muchos años atrás, puede que sea irregular en los diferentes episodios de la vida del “héroe”, pero me sigue pareciendo que Lermontov supo ver y transmitir con lucidez una sensación de desasosiego, el aburrimiento de una generación desdichada y sin futuro que echó a perder la voluntad de cambio. 
Una de las películas que más han contribuido a la gloria del gran Alberto Sordi se titula, precisamente, “Un héroe de nuestro tiempo”. En principio nada tiene que ver con la obra de Lermontov, está rodada en 1955, más de cien años después de publicada la novela. Es una comedia de Monicelli bastante amarga que representa una época en la que el miedo está muy presente, en la que nadie habla abiertamente y en la que la policía acecha cualquier disidencia, a pesar de que el fascismo ya ha sido derrotado. También aquí surge un héroe irónico, aunque está muy lejos del altivo personaje romántico cuyo principal vicio era el hastío. Si desprecia a sus semejantes no es por el anhelo de una libertad absoluta sino porque es un ruin y un cobarde, un desclasado que evita cualquier contacto social si no es para aprovecharse de quienes son aún más débiles. Creo que nosotros tenemos algo de esos dos personajes que representan sociedades muy diferentes, somos también víctimas de tiempos poco propicios para la honestidad, por eso en el fondo no vemos a Pechorin tan abyecto y acabamos compadeciendo al miserable funcionario que representa Sordi. En todo caso, la obra de Lermontov habla de un joven cínico, egoísta y de vuelta de todo, sin perspectivas ni capacidad para luchar por mejorar las cosas ¿Les suena? No parece que hayan pasado tantos años.