miércoles, 26 de agosto de 2015

Iliada: La cólera de Aquiles

Canta, oh diosa, la cólera de Aquiles, hijo de Peleo…..


Y el relato de la cólera de Aquiles será una apología del belicismo, el canto de las hazañas de unos héroes despiadados que fueron a Troya en busca de oro, esclavas, honor y venganza. Pero  sobre todo, en busca de la gloria y la permanencia en la memoria de los hombres. La ética de la Iliada consagra la decisión de Aquiles, el rechazo de una larga existencia insignificante a cambio de permanecer en Troya y conseguir la gloria eterna al precio de la propia vida. Incluso Héctor, tal vez el héroe más cercano a nosotros, si bien lamenta los horrores de la guerra niega para su hijo una vida pacífica. Sabe que no es posible hacerse un hombre sin la guerra, terrible y necesaria a un tiempo para alcanzar la felicidad. 
Dice Simone Weill que la Iliada es la única auténtica epopeya que posee Occidente, la Odisea no deja de ser una imitación irónica que rompe con la moral aristocrática de la época heroica: en la Odisea se nos habla de supervivencia con un personaje tan sinuoso como Ulises y un Aquiles que parece arrepentido de su gloria. En la Iliada están apuntados esos aspectos que distorsionan la ética aristocrática pero, sin duda, su sentido último es la muerte honrosa en el campo de batalla.
Puede que les ocurriera algo parecido. En la primera aproximación a las obras homéricas albergaba el temor de que la cultura oral en la que se gestaron pudiera resultarme demasiado lejana, con poco que decir a un lector llegado de los tebeos y con apenas un par de libros de cierto calado digeridos. El temor desaparece rápidamente si empiezas con la Odisea, desde el momento en el que Ulises cuenta sus maravillosas aventuras sabes que estás ante uno de los personajes más reconocibles y próximos de la historia de la literatura. La Iliada resulta más indigesta para estómagos delicados, veinticuatro cantos llenos de atrocidades, un auténtico reguero de sangre. Y sin embargo es también apasionante, tal vez sea la atracción que sigue ejerciendo la guerra o la fascinación por la épica heroica ¿Pero qué mensaje nos deja hoy la historia de unos personajes en guerra por defender su honor y lograr la gloria destripando enemigos?
Si Grecia está en el origen de la civilización occidental es evidente que la Iliada ha de contener elementos que siguen alimentando nuestra cultura. Según Nietzsche es precisamente en el periodo de la excelencia aristocrática, representada por los héroes, donde se encuentra la esencia de lo griego, el momento en el que se desarrolla aquello que es inherente al ser humano: la voluntad de poder. El filósofo alemán niega que el centro de gravedad de lo griego sea la época de Pericles, el fulgor del periodo clásico que ha sido idealizado y distorsionado por un mundo occidental que perdió sus auténticos referentes; es en la época arcaica donde encontramos a los verdaderos griegos, donde la cultura todavía no ha sido debilitada, ahí está el origen creador de nuestra civilización.
Nietzsche incide también en una idea que en absoluto nos es ajena, la tarea del individuo excepcional, el héroe virtuoso que determina el curso de la historia. Podemos pensar que si  la sociedad arcaica no se hubiese constituido a partir de la noción de lucha en la que un héroe se impone a otro, tal vez no se hubiesen logrado más adelante las grandes manifestaciones culturales del siglo V ateniense, aunque a Nietzsche le parezcan despreciables por la influencia socrática. El hecho es que la Iliada no es solo la descripción ininterrumpida de las hazañas bélicas de unos guerreros portentosos; cuando se interrumpe la batalla, en esos momentos en los que se inician deliberaciones y litigios resueltos con la palabra, el ardor guerrero cede y se intuye un cierto temor a reanudar el combate. Hay algo que nos habla, más allá de las hazañas, de una civilización que convertiría “los espíritus de la muerte” en un bellísimo poema épico y las querellas entre los héroes en instituciones deliberativas que consagraban la libertad. 
Durante todo el desarrollo del poema es indiscutible para el narrador que los troyanos son inferiores en virtudes a los aqueos, sin embargo se trata de un enemigo del que nunca se oculta su excelencia. Homero, o quien fuera que compilara la tradición oral de las hazañas micénicas, supo entender que la grandeza de la victoria depende del valor y la resistencia del oponente. No solo esto, la Iliada se fija en la humanidad de los héroes y es en la descripción de Héctor, la gran figura rival de Aquiles, donde encontramos al personaje más humano e incluso al que hoy reivindicaríamos. Héctor es el tipo de héroe que podríamos aspirar a ser, desde el principio se ha puesto al servicio de su pueblo para resolver el terrible error de Paris que condenará a Troya. Su sabiduría y valor no bastarán cuando se enfrente a Aquiles, sabe en el fondo que será derrotado y por ello resulta aún más admirable su entrega. Si Aquiles es un héroe incapaz de ilusionarse y en permanente enfrentamiento con el mundo, Héctor es el héroe de las ilusiones, el hombre que afirma todo lo que el aqueo niega y del que su muerte, trágica e inevitable, acaba pareciéndonos inmerecida.
En todo caso, Aquiles no es solo una máquina de matar ni el estúpido que a veces se ha contrapuesto al inteligente Ulises. Muestra una notable lucidez a pesar de su cólera y es capaz de desenmascarar el comportamiento artero y caprichoso de Agamenón. Eligió un destino glorioso que nunca parece convencerle del todo y, lejos de la seguridad del iluminado, llegará en la Odisea al arrepentimiento y a desear una vida de esclavo con tal de estar entre los vivos. Es este aspecto siempre presente en Aquiles, la conciencia lúcida sobre la condición humana, lo que otorga una singular grandeza al encuentro con Príamo, cuando se apiada del padre. Mientras los héroes sufren y mueren, los dioses viven una existencia feliz y despreocupada, de esto es consciente Aquiles y de ahí la compasión por el dolor de Príamo en uno de los fragmentos más íntimamente emocionantes de todo el relato. En el interés de Homero por lo humano y lo ético encontramos el precedente de aquello que caracterizará a la cultura griega y que nos llegará como su principal legado, el afán por encontrar una explicación racional a los enigmas de la naturaleza y de los hombres.

viernes, 17 de julio de 2015

Alí bumayé: "El combate", de Norman Mailer.


Si no se deciden a afrontar esta obra de Mailer por considerar que se trata, únicamente, de la crónica deportiva del famoso combate entre Muhammad Alí y George Foreman, les digo ya desde ahora que están en un considerable error. Hay, esto es cierto, varios capítulos brillantísimos en los que Mailer pone al servicio del relato su apasionado interés por el noble arte y describe, asalto por asalto, una pelea histórica. Pero esto es solo una dimensión del complejo fresco que elabora, el combate Alí-Foreman fue mucho más que la disputa de un título mundial entre dos deportistas portentosos, fue el enfrentamiento, o así se quiso ver, entre dos formas de ver la vida, la del compromiso con los derechos raciales, la de la lucha constante contra el sistema -con todas sus luces y sombras- frente al sometimiento y la integración. 
Mailer, seguramente el mejor periodista -desde luego el más polémico- de los Estados Unidos, supo ver todo el complejo entramado de intereses que allí se ventilaban y construye un relato abigarrado, intenso y apasionante. El escenario del acontecimiento fue el Zaire, en el corazón de las tinieblas de la famosa novela de Conrad, un país que había pasado de la brutal dominación europea a padecer el dogal del neocolonialismo, mientras empezaba a experimentar un sentimiento, instrumentalizado por el poder, de reivindicación de la negritud. En ese marco, Mailer describe con precisión a todos los protagonistas, desde el dictador africano Mobutu al peculiarísimo y luego archiconocido promotor Don King, o todo el ambiente de tensión y miedo que rodeaba al equipo de Alí, convencidos sin duda que de ese combate solo podría salir su pupilo con los pies por delante.
El boxeo no tiene buena prensa, hay una historia demasiado larga detrás de manejos mafiosos, tugurios sórdidos en los que se amañan combates, púgiles sonados y espectadores ávidos de ver cómo dos hombres intentan arrancarse la cabeza a puñetazos. Después de la esperada y decepcionante pelea entre Floyd Maywheather y Manny Pacquiao decía el más famoso peleador de los últimos tiempos, Mike Tyson, que el problema de estos dos es que no salieron pensando que tenían que asesinar a su rival. No parecen las declaraciones de alguien que se haya dedicado a un deporte civilizado, más bien las de un gladiador del circo romano consciente de que ha de matar o morir. Y sin embargo, el boxeo se practica desde los albores de la humanidad y en la cuna de nuestra civilización era parte del desarrollo personal, un elemento cultural cotidiano y de prestigio. Para los griegos no era la violencia desatada sino un arte, mucho más relacionado con la estética, la inteligencia y el culto al cuerpo que alberga una mente sana. Tal vez hoy lo que más morbo despierta es el K.O., el golpe definitivo que desmadeja a uno de los contendientes, la culminación del combate, pero hay mucho más: la esgrima, la economía de medios, la táctica, el estudio del contrario, el dramatismo de la lucha desnuda, la mítica que ha hecho de este deporte el más cinematográfico y, seguramente, el más literario.
Todo lo que confluía en aquel 1974 en el mastodóntico estadio de Kinshasa evidenciaba que allí algo grande iba a ocurrir. Foreman parecía un invencible destructor que pondría final a la carrera del más grande, de un Muhammad Alí ya en el ocaso. Para acentuar el dramatismo, Foreman, joven e invicto, acababa de destrozar literalmente a Frazer y a Norton, que muy poco antes habían conseguido derrotar al otrora llamado Cassius Clay. Ciertamente era la última oportunidad del campeón que fue desposeído por no querer luchar en Vietnam (“A mí nadie del vietcong me ha llamado negro”), el ídolo que superó los prejuicios de una sociedad racista para imponer su talento en un mundo dominado por los blancos. Un gran pintor afroamericano, Basquiat, representó en su cuadro “Boxeador sin nombre” la poderosa figura de un púgil de dimensiones épicas, un luchador desafiante  que se lanza a la conquista del mundo mostrando su orgullo y su inteligencia. 
Ese boxeador no podía ser otro que Muhammad Alí. Sin embargo, en El combate, Alí es un hombre contradictorio, con múltiples aristas, del que sospechamos que sus bravatas y ofensas al contrario son el modo de exorcizar su propio miedo. Pero Alí, como él mismo se encargaba de difundir, era el más grande, lo era porque sabía que un combate no se gana solo en el ring, lo gana el más inteligente, el que es capaz de vencer en la guerra psicológica de la que se hacen eco los medios para dar mayor dimensión si cabe al espectáculo. En “El combate” asistimos a todo este despliegue de lucha psicológica en el que Alí era un maestro. Pero, al mismo tiempo, Mailer transmite la sensación al lector de que la situación en la que estaba Alí era desesperada, que sus posibilidades eran casi inexistentes. De este modo nos prepara para la portentosa descripción de los ocho asaltos para la historia donde el héroe, que parecía acabado, renace en todo su esplendor adquiriendo una altura mítica.

miércoles, 8 de julio de 2015

La fiesta de la insignificancia, Milan Kundera.

Cuando un autor consagrado llega a cierta edad y ha hecho esperar su última obra, se puede permitir el lujo de escribir lo que le venga en gana porque te lo van a publicar igual. No quiero decir con esto que la última novela de Kundera sea una tomadura de pelo, al estilo de farsantes como Cela o desvergonzados vividores como Dalí, creo que “La fiesta de la insignificancia” es una mirada bastante lúcida desde la vejez que desestima la seriedad de las ideologías, justificaciones de la barbarie en razón de un mundo mejor, para intentar reconciliarse con la imperfección de la existencia mediante el humor.
A primera vista podríamos considerar esta fiesta de la insignificancia como una obra menor, no mediocre sino más bien un divertimento ligero, bien escrito, que no cansa en ningún momento, y ello por su misma levedad y por un sentido del humor bastante agudo. Pero es una impresión superficial; la anécdota de Stalin, presente en toda la obra a modo de particular ajuste de cuentas con el totalitarismo, la crítica a la uniformización de la sociedad actual, casi tan peligrosa como una dictadura, y la idea general de que no hay que esperar certezas ni sentidos dota a la novela de un contenido que acaba cuestionando la apariencia ligera de los paseos, las discusiones banales o la fiesta buñuelesca que configura la trama.
El humor, si además está acompañado por la sencillez y la economía de medios, tiene mala prensa cuando se trata de valorar la trascendencia de una obra. Desde que el cristianismo empezó su cruzada contra la risa cayó una condena contra los que ríen porque desprecian el temor de Dios, son los hombres libres que pueden cuestionar todo el entramado social construido en torno al miedo. Cioran, el rey de los escépticos, advertía sobre las religiones y las ideologías, “cruzadas contra el humor”, y el propio Kundera escribía sobre la dictadura, a la que tan habituado estaba, recordándonos que no es propio de estos regímenes tomarse las cosas a chanza ni hacer chascarrillos, no vaya a ser que quede al descubierto la ridícula fragilidad en la que se sustentan.
El totalitarismo es ridículo, haberlo sufrido durante tantos años justifica el ajuste de cuentas que, en Kundera, no adopta el tono siniestro y manipulador de un escritor de méritos mediocres como Solzhenitsyn. El desencanto del que una vez fue rebelde, que llegó a confiar en la liberación de los oprimidos y en patrias del proletariado, lo transformó en un escéptico. Seguramente ya lo era, así que resulta inevitable quedarse con el único medio de liberación que huye de grandilocuencias y que no justifica medios indignos, el humor. El rechazo al antiguo totalitarismo mediante una historia que nos remite al absurdo, sin duda la mejor forma de reflejarlo, no implica la aquiescencia con una sociedad actual que parece ajena al control absoluto de los ciudadanos, tal y como podía ocurrir en las democracias populares. Hoy existe un nuevo totalitarismo que ya no nace de la voluntad implacable del dictador, que ya no necesita de una dictadura para imponerse. En la incapacidad para la diferencia y la uniformización a la que ha llegado Occidente está el nuevo peligro totalitario, tanto más peligroso porque apenas hay conciencia del proceso de despersonalización al que estamos abocados.
Todo es insignificante, parece decir Kundera, nada es demasiado importante, de modo que no nos pongamos serios porque, a la mínima, acabas convencido de que tus ideas son universales y puedes imponerlas al resto de tus congéneres. Como idea está bien, y no creo que Kundera esté demasiado equivocado en el fondo, solo que pocas cosas se construyen a partir de la banalidad y menos sería capaz de defender.



sábado, 2 de mayo de 2015

"Solo en Berlín", de Hans Fallada: la resistencia silenciosa.

A pesar del miedo, la represión y el asesinato, en la Alemania nazi no todos fueron gregarios entusiastas del Régimen. Hubo grupos de resistencia comunistas, católicos y en el mismo ejército, pero también individuos aislados que, en la medida de sus fuerzas y con gravísimo riesgo, decidieron que la única postura digna era la oposición.
Solo en Berlín nos habla de esta resistencia oculta a través de un relato que describe maravillosamente el ambiente insano de una ciudad en guerra, con tonalidades casi de novela negra. Aunque hay toda una galería de personajes que van confluyendo en la trama principal, los protagonistas son un matrimonio de mediana edad que, tras la pérdida de su único hijo en combate, deciden mostrar su disidencia de una manera en apariencia nimia: escribiendo y distribuyendo postales de denuncia contra el Régimen. La Gestapo, a través de un policía que acecha pacientemente a sus presas, irá poco a poco estrechando el cerco contra dos personajes que creen estar protegidos por su propia irrelevancia.
El autor es Hans Fallada (pseudónimo literario de Rudolf Ditzen), escritor casi olvidado que escogió, como los héroes de su novela, la difícil postura del exilio interior. Su vida daría para otra novela, con episodios familiares oscuros, estafas, adicciones, problemas psiquiátricos, concesiones al régimen nazi y unos últimos años en los que decidió instalarse en la RDA, lo que contribuyó a que su obra quedara ignorada en Occidente. El estilo de Fallada está lejos de la narrativa intelectual o psicologista de Mann o Zweig, es mucho más popular, más propio de la literatura de denuncia social que representaba Brecht.
Quedarse en Alemania debió significar para Fallada una crisis de conciencia. Mientras algunos de sus colegas más relevantes tomaban el camino del exilio y la denuncia contra la barbarie nazi, Fallada, que ya había tenido algún conflicto con la policía política, intentaba sobrevivir escribiendo novelas de entretenimiento y procurando evitar la censura de las autoridades. Thomas Mann hizo público su desprecio ante esta decisión que, sin ser la de un colaboracionista, podía interpretarse como la de un hombre débil y cobarde. Seguramente por eso, por su propia debilidad, quiso reflexionar sobre el valor de la resistencia más silenciada y, quizás, irrelevante. “Cada uno según sus fuerzas y disposición, lo importante es oponerse”: esta es la idea, sacada de su propia correspondencia, que se deriva de “Solo en Berlín”, la necesidad de resistirse a la integración y a la degradación moral que el fascismo impone sin alternativas.
Mediados los ochenta se suscitó en Alemania una importante controversia sobre la naturaleza del nazismo que acabó recuperando una cuestión nunca del todo resuelta, la culpabilidad de los alemanes en los crímenes nazis. No parecía de recibo atribuir la exclusiva responsabilidad de lo sucedido a los jerarcas, puesto que decisiones que afectaron de manera tan dramática a amplios grupos de excluidos requerían la complicidad activa y pasiva de buena parte de la sociedad. Si el horror fue posible se debió a la dejación de muchos ciudadanos que renunciaron a su libertad de elegir, lo que ya de por sí es una condena puesto que, como afirmaba Kant, el ser humano lo es porque su voluntad puede dominar una natural tendencia a la corrupción. Las excusas pueden ser poderosas pero negarse a contribuir, en la medida de las posibilidades, a la lucha por el imperio del derecho y la libertad constituye una culpa política y moral de primer orden.
Ante la ignominia solo cabe la resistencia y la lucha, aunque aquello que podamos hacer sea apenas el gesto de escribir unas postales contra Hitler que llegarán a muy pocos y convencerán a menos. Incluso a pesar de que tan pequeño gesto conduzca a la muerte del autor y de quienes le rodean es el único posicionamiento verdaderamente heroico y consecuente ante un régimen que degrada al ser humano y lo reduce a sus instintos más crueles e infamantes. Por eso la pequeña resistencia silenciosa de Otto y Ana Quangel, figuras apenas heroicas, incluso a veces antipáticas, merece ser recordada, aunque quedara sepultada en los achivos de la Gestapo sin más importancia que la de dos inconscientes que se jugaron la vida tontamente.
Me inquieta pensar lo que yo habría sido capaz de hacer ante el imperio del terror, con la vida pendiente de un hilo al menor atisbo de resistencia. Es fácil hablar con la tranquilidad de la distancia y la libertad más o menos asegurada. Fallada vivió está sensación e intentó expresar desde dentro la dinámica de humillación y terror que anula los mecanismos de elección moral. Eso sí, no es precisamente un autor sintético, se toma su tiempo -más de seiscientas páginas- pero les aseguro que es apasionante.

sábado, 28 de marzo de 2015

A vuestros cuerpos dispersos: el mundo del río.

Ante una obra con las especiales características de “A vuestros cuerpos dispersos”, me refiero a su condición de clásico de la ciencia ficción, plantearía tres grandes apartados a considerar. Respecto a la calidad intrínseca de la novela, entendida como obra artística, no creo que alcance grandes cotas: el estilo es descuidado, apenas funcional y carente de ninguna trascendencia. Queda claro que a Farmer le preocupaba esto más bien poco y no parece que tuviera la intención de convertirse en un Marcel Proust. Un escritor de ciencia ficción, a no ser que seas Lem, va a lo que va, le interesa plantear temas que respondan a cuestiones latentes o busca explicar aquello que afecta a nuestra propia condición, incluyendo los grandes problemas existenciales. Farmer entra perfectamente en estos parámetros.
La segunda cuestión afecta a un concepto que es indisociable de la ciencia ficción, el sentido de la maravilla. Por aproximar una definición, sería la capacidad de un escritor para llevarte a mundos maravillosos cuyo misterio no acaba de revelarse del todo y que resultan tan creíbles como sugerentes. Es evidente que hay un componente en el género que tiene mucho de evasión, de eludir la rutinaria realidad y cambiarla por el anhelo de mundos en los que todo es posible. “A vuestros cuerpos dispersos" y la saga del mundo-río logra su propósito a juzgar por el entusiasmo de sus seguidores, pero tengo muy serias dudas de que esa fascinación alcance a quienes somos más reticentes ante las fantasías científicas. Aprecio más la creación de universos personales coherentes y realistas que las fantasías delirantes de las space operas, es una opción personal, solo digo que me resisto al poder evocador y sugerente del mundo-río de Farmer, con esa mezcla de personajes históricos, pueblos diversos resucitados y extraterrestres que se aburren y juegan a ser dioses. La impresión que me provoca es la de ambiciosa propuesta que acaba resultando chocante y superficial, que dispersa el interés y distancia continuamente de una trama central mucho más apasionante si se hubiera decidido por elementos más estilizados y menos abigarrados.
Entonces ¿Cuáles son las virtudes de “A vuestros cuerpos dispersos” para los que no somos grandes aficionados a la ciencia ficción? Pues las hay, aún considerando que los múltiples temas que pretende abarcar Farmer no reciben las respuestas más satisfactorias. De toda la cantidad de propuestas que nos presenta es la visión iconoclasta de la resurrección uno de las más interesantes. El comienzo es delirante, aunque seguramente contenga las mejores páginas del libro: todos los muertos desde el comienzo de la humanidad son resucitados en una especie de paraíso terrenal, pero no es Dios quien ha obrado el prodigio anunciado en las Escrituras, son unos extraterrestres aburridos que pretenden pasar un poco de su vida inmortal experimentando con los humanos. Hay en la propuesta algo de humorístico y de deliberada provocación..... y es que se trata de la muerte, nuestra mayor obsesión, la base de cualquier religión. Pero Farmer se aleja de explicaciones religiosas y recupera la vieja idea de los extraterrestres que sustituyen a la divinidad, racionalizando la resurrección y ofreciendo una respuesta pseudocientífica y desafiante. La novela se convierte así en una distopía en la que los humanos repiten sus peores comportamientos terrenos, dando la razón a aquella teoría tan popular en los años setenta que hablaba del “mono asesino” como origen de nuestro desarrollo cultural.
El otro gran acierto de Farmer es el diseño del personaje protagonista representando en la figura histórica de Richard Burton, el gran explorador de la época victoriana. Burton representa la rebeldía, el espíritu del racionalismo inglés o incluso la encarnación del mito faústico de Occidente: el hombre empeñado en aventurarse hacia lo desconocido que intenta llegar a las fronteras del mundo y de la misma condición humana.
Es en este punto donde encuentro lo más valioso de la obra de Farmer; se puede ser profundamente pesimista sobre la condición humana pero al final acaba surgiendo aquello que nos distingue como especie y nos redime de nuestras miserias: la decisión de no someterse a quienes nos seducen con la seguridad a cambio de renunciar a la libertad de conciencia.


domingo, 15 de febrero de 2015

Kanikosen, de Takiji Kobayashi: Hacia el infierno.


Kanikosen -El pesquero- es una novela brutal, tan brutal como la forma en la que fue asesinado su autor por los perros guardianes del régimen japonés, encaminado hacia la dictadura militar. Kobayashi, escritor comunista, participante activo en revueltas obreras y huelgas campesinas, fue encarcelado y torturado hasta la muerte por su compromiso político y su labor constante de lucha contra la injusticia social, aunque fue la descarnada denuncia del capitalismo que expone “Kanikosen” lo que desencadenó su última detención y el posterior asesinato.

El Japón contemporáneo tiene una historia difícil, de compleja adaptación a los parámetros occidentales frente a la resistencia de una tradición cuestionada desde la Revolución Meiji. Durante los años veinte el sistema parlamentario, con dos partidos a la inglesa, funcionaba con instituciones formalmente democráticas pero bajo la amenaza de un movimiento obrero muy activo y cada vez más poderoso. El régimen liberal nunca acabará de estabilizarse y cuando el poder militar, nunca del todo sometido al poder civil, vaya imponiendo sus criterios de ultranacionalismo imperialista, la represión desencadenada por gobiernos semifascistas laminará las organizaciones de clase. En este contexto de agitación nacionalista y de salvaje represión policial caerá Kobayashi, el más difundido de los escritores proletarios japoneses, recuperado por sucesivas y exitosas reediciones de su novela más conocida.

Kobayashi relata en “El pesquero” las circunstancias y los hechos que llevan a una huelga de trabajadores, con ciertas similitudes con la famosa sublevación del Potenkim, o como ha dicho algún crítico, la versión japonesa de “Las uvas de la ira”. En este caso no se trata de un buque de guerra sino de un simple barco de pesca, uno de los muchos cangrejeros que navegaban por las costas de Khamchatka, supuestamente protegidos por la Armada imperial para impedir ataques de los rusos. Sometidos a una explotación sin límites por el patrón, los marineros acabarán rebelándose impulsados por el ejemplo de sus camaradas soviéticos. No es difícil ver en el patrón, el capitán y los oficiales japoneses a los representantes del capitalismo más despiadado, agentes de la oligarquía japonesa que concentraba cada vez más riqueza a costa del trabajo casi esclavista de la clase obrera.

La descripción de las condiciones de vida en el barco es estremecedora, desde el primer momento sabemos, como afirman dos de los desgraciados que van a ser embarcados, que “vamos hacia el infierno”. Así es, la explotación de marineros y estudiantes reclutados para el trabajo, asemeja los castigos del más profundo de los círculos del infierno. No es la carne que ha de servir de alimento lo que provoca la rebelión proletaria, como en el Potemkin, son los propios trabajadores los que se pudren impregnados del jugo de los cangrejos y devorados por piojos y pulgas. La crudeza de las condiciones inhumanas que soporta la tripulación está narrada por Kobayashi con una agilidad y eficacia que hacen de Kanikosen una obra excepcional, un descubrimiento.

Es la novela de un joven escritor comunista, realizada hace ochenta años y que nos remite a pescadores de cangrejos en el mar de Ojotsk; ciertamente no parece que se den muchos motivos para que se convirtiera en un éxito editorial. Y sin embargo los hay, la situación actual de la clase obrera puede identificarse sin problemas con los marineros de Kanikosen; después de la terrible crisis económica somos todos precarios, es la exigencia para mantener las tasas de crecimiento de un capitalismo cada vez más desregulado. El modelo neoliberal se ha empleado con dedicación al desmantelamiento de la cosa pública -en todos sus sentidos- y es, por tanto, el gran enemigo de cualquiera que pretenda un mundo más justo y respirable. Ante esta situación los grandes perdedores han mostrado hasta ahora una muy escasa capacidad de respuesta, como si la fragmentación social del antiguo proletariado impidiera reconocernos como clase para crear nuevos vínculos de solidaridad. Kanikosen muestra la necesidad de asaltar los cielos tras un proceso de concienciación, aunque la lucha solo sirva para recuperar un poco de lo que nos han robado.


sábado, 31 de enero de 2015

"Violetas de marzo", Phillip Kerr: Spade en Berlín


Sin caer en la exageración, las novelas de Phillip Kerr, la famosa trilogía de Berlín y las demás secuelas protagonizadas por el detective Bernie Gunther, son una fuente de conocimientos nada despreciable sobre la Alemania nazi. Es innegable que el ambiente turbio, con el miedo impregnando toda la sociedad, la corrupción y el delirio racista están reflejados en estos relatos, y ello a pesar de que, al menos las primeras novelas de la serie, me parecen más un homenaje del autor escocés a los clásicos americanos del género. Me sorprende, seguramente tiene que ver con ciertos clichés adquiridos sobre los alemanes, que un detective de esta nacionalidad sea tan cínico y posea un humor tan caústico, mucho más propio de personajes acostumbrados a los barrios bajos de alguna ciudad norteamericana sometida a la ley seca y rodeada de gangsters con apellido italiano. Aquí los gangsters están en el gobierno y lanzan discursos muy apropiados para que Chaplin los ridiculice.... si no fuera porque, poca broma con esto, condujeron a una guerra y al exterminio de millones de personas. En todo caso, Gunther es un hallazgo y merece un puesto importante entre los grandes detectives de la novela negra.


Los diálogos, muy trabajados -tal vez un poco artificiales en su intento de imitar los modelos hammetianos- y la personalidad del detective, un verdadero antiheroe de la estirpe de Sam Spade, son algunos de los puntos fuertes de la novela. No dejo de observar, a pesar de la contextualización tan clara, ciertos elementos que me parecen relevantes en cuestiones de actualidad, incluso de la propia actualidad española. Véanse por ejemplo los comentarios de Gunther sobre la molestia de la memoria histórica, o la referencia a la corrupción generalizada en un régimen dictatorial.

Cierto es que el conjunto funciona, tan cierto como que los materiales utilizados por Kerr proceden, como digo, de las fuentes de la novela negra: desde el dectective socarrón y cínico, sacado de los barrios bajos de Los Angeles, hasta el policía cabrón, la rubia despampanante o el rico degenerado que contrata los servicios del detective para solucionar un sucio asunto. En realidad es una trasposición casi total del universo hammettiano a un escenario algo más insólito. Hay un episodio, en la segunda mitad de la novela, que es muy significativo: Cuando Gunther se entrevista con Goering -magnífica la puesta en escena- resulta que el jerarca nazi es un gran admirador de la novela negra norteamericana. Entonces le pregunta a Gunther -el episodio se repetirá con Heyndrich- si ha leído "Cosecha roja", a lo que Bernie responde que no, que no tiene tiempo de leer esas cosas. Vamos, que Goering identifica al detective privado con Spade, Bernie niega conocer al antihéroe hammettiano y Kerr nos hace un guiño, porque en realidad.... Gunther es Spade.

Hay varias ideas interesantes sobre el régimen nazi, como la posibilidad abierta de colaboración entre las organizaciones mafiosas y el propio régimen. En principio un régimen totalitario elimina cualquier tipo de poder paralelo porque es el propio sistema el que ejerce como organización mafiosa que no admite competencia. Algo de eso también dice Kerr, sin embargo plantea que el anterior entramado gangsteril de la República de Weimar pasa a ser una organización subsidiaria del aparato de poder nazi, transformando tal entramado en supuestas organizaciones afines al partido. Como en el brechtiano Arturo Ui, nazismo y mafia financiera se unen mediante un sistema corrupto para que el gran capital pueda seguir acumulando poder.
 
La parte final de la novela es espléndida, sobre todo el episodio que se desarrolla en el campo de concentración, con elementos que parecen sacados de las descripciones de Primo Levi en Si esto es un hombre. Es en esta parte final de la obra cuando observamos la definitiva evolución del detective cínico y adaptable, que desprecia el nazismo pero que, tal vez, no era del todo consciente del nivel de degradación de la sociedad alemana y de la terrible opresión totalitaria que ejercía el régimen.