miércoles, 26 de marzo de 2014

Beowulf y la estirpe de Caín.





Bajo los efectos de algún proceso febril, me dediqué no hace mucho a leer todo aquello que encontraba sobre un viejo poema épico anglosajón, Beowulf. Mi compulsión llegó al visionado de varias versiones cinematográficas que arrojan resultados bastante dispares, desde lo más infecto a la última e interesante recreación de Robert Zemeckis. Incluso me arriesgué a comprobar lo que podía dar de sí la obra en el mundo del cómic, concretamente la ambiciosa propuesta de Santiago García y David Rubin. Las ilustraciones de Rubin, espléndidas, muestran lo que imaginé cuando leí el poema: un mundo violento, bárbaro, con fuerzas siniestras y héroes dispuestos a morir o a permanecer eternamente en la memoria de sus semejantes.





Puede estar poco justificado el interés por un texto que el mismo Borges, que tenía debilidad por la literatura medieval germánica, consideraba bastante simple e inferior a otros grandes poemas épicos. El hilo argumental, la historia de un héroe que debe liberar a los daneses y luego a su propio pueblo de horribles monstruos, parecerá simple, pero hay una tensión muy atrayente entre los diferentes elementos que integran el poema: la base histórica -real y comprobable-, el elemento heroico-mítico y el componente cristiano, resultado del trabajo de un compilador, tal vez un clérigo, que intenta imponerse y domesticar el sentido originario que se resiste a ser acallado. Todo ello dota al poema de una hondura y complejidad, de una cantidad de sugerencias, que justifican las múltiples recreaciones posmodernas y los intentos por humanizar a personajes mucho más oscuros de lo que parecen.



Es el conflicto entre la esencia pagana y bárbara del poema y su plasmación por escrito, con la evidente intención de reforzar el cristianismo de unas comunidades todavía reacias, el primer argumento que justificó mi afición por Beowulf. La insistencia en la caracterización anticristiana de Grendel, monstruo semihumano “ajeno a toda justicia”, apenas disimula el origen que debió motivar el núcleo más primitivo del relato, el difícil tránsito entre naturaleza y civilización. Pero el hábil poeta cristiano advierte las enormes posibilidades que ofrece el salvajismo pagano de Grendel y lo convierte en la representación del mal, un miembro de la estirpe de Caín que solo puede ser derrotado por el enviado de Dios. De este modo, el combate contra nuestros propios demonios, contra los impulsos más oscuros y negativos de la naturaleza humana, es transformado en una condena del paganismo que será derrotado por un héroe sin tacha.

map of Beowulf's Europe



Los héroes que venera el paganismo germánico son muy diferentes a los mártires que admirará el cristianismo. La última mano que fijó el poema de Beowulf como texto cristiano, sabía que el héroe que derrotara al monstruo satánico no podía ser un mártir lloriqueante, había de ser un guerrero excepcional, un trasunto de Cristo enviado por Dios para liberar a los germanos de la idolatría. La propuesta recuerda a lo que muchos siglos después plantearía Carlyle, el concepto de la historia como el resultado de individuos excepcionales, héroes que surgieron en el momento preciso para resolver las situaciones más complicadas. Beowulf es un heroe de Carlyle, el libertador que surge representando la verdad y la justicia cuando todo parecía venirse abajo. El guerrero cuya lucha constante permitirá mantener la independencia de los gautas, hasta que su muerte abra un nuevo periodo de caos y descomposición.

En este sentido, y aunque el héroe nunca será derrotado, hay un tono pesimista que se va acentuando conforme avanza el relato; tras las victorias sobre Grendel y su horrible madre, la lucha con el dragón, siendo Beowulf casi un anciano, demuestra lo que se nos había anunciado al principio: el coraje y la lealtad de sus guerreros han desaparecido, su pueblo está condenado a la ruina. La ruina inevitable es el destino de todos, acabamos reencontrándolo en una batalla final cuyo resultado es siempre la derrota, de ahí la conciencia de Beowulf sobre un mundo hostil y efímero en el que el único esfuerzo justificado es el que otorga honor y gloria eterna. Conquistar la inmortalidad y servir de ejemplo en la conciencia de los hombres, que transmitirán las grandes hazañas del héroe de generación en generación. Beowulf, sin que pueda evitarlo el poeta, acaba recordándonos más a Aquiles que a Cristo: “Para todos nosotros un día se acaba la vida en la tierra, mas antes debemos cubrirnos de gloria; no hay cosa mejor para un noble guerrero después de su muerte”.


Desde los tiempos de los Evangelios, el cristianismo ha intentado limar las garras de la subversión y difuminar los aspectos más turbios de nuestras motivaciones. Todo acaba simplificado hasta acomodarse a la interpretación que de este primer poema germánico dio Tolkien, veía en Beowulf la misma lucha maniquea entre el bien y el mal que se repite en sus historias sobre hobbits y orcos. Sin embargo, cuando leemos las hazañas de este libertador germánico, hay elementos que no acaban de encajar en la figura del héroe iluminado. Beowulf es demasiado humano, demasiado orgulloso, está muy en los márgenes de la Comunidad como para ser un personaje irreprochable. Ha restablecido el orden porque está por encima del resto y porque, como el monstruo, hay algo de liminal en su fiereza. Por eso, nos recuerda el poeta, los tiempos de las grandes hazañas desaparecieron para siempre, hombres como Beowulf ya no convienen a una comunidad sumisa al poder de Dios.


domingo, 26 de enero de 2014

Kobo Abe: La mujer de la arena.

Les aseguro que no me interesa demasiado contemplar cómo crece la hierba, ni siento un gran entusiasmo ante la escena de unos señores inmóviles y con máscaras raras que hablan enfadados, pero me gusta mucho el cine japonés. Bueno, siendo objetivos esto no deja de ser una simpleza; podría decir también que tengo debilidad por el cine americano, por el francés, o por el italiano, porque estaría hablando de grandes películas y no de la cantidad de subproductos que han llegado a nuestras pantallas. La cinematografía japonesa es lo suficientemente ignota como para relacionarla únicamente con los grandes clásicos o con obras de prestigio actuales, como las animaciones de Miyazaki o los sorprendentes dramas policíacos de Takeshi Kitano. Pero el interés actual deriva del descubrimiento en los años cincuenta, a partir de algunos éxitos en festivales de prestigio, de un cine sorprendente, complejo y lleno de matices estilísticos, que expresaba el tenso conflicto entre el peso de la tradición propia y la apertura hacia corrientes de influencia occidental.
Mis directores preferidos son los que siempre se han considerado como más opuestos: Kurosawa, autor de impresionantes historias de samurais con resonancias shakespearianas. Y Ozu, con sus poéticas narraciones de un Japón que asimila con dificultad el tránsito hacia una sociedad cada vez más occidentalizada. Sin embargo, la película que me causó una mayor impresión no era de Kurosawa ni de Ozu sino de un director mucho menos conocido, Hiroshi Teshigahara, que firmó una extraña y fascinante historia llamada “La mujer de la arena”. Era imposible no quedar atrapado por las imágenes surrealistas de un sueño agobiante en el que dos personajes luchan contra la arena, terrible amenaza que exige titánicos esfuerzos para sobrevivir.
Teshigahara crea una obra maestra del cine japonés, cierto, pero aparte del talento indudable del director, el extraordinario guión del que se sirve procede de uno de los escritores más deslumbrantes en lengua japonesa, Kobo Abe. A medio camino entre la realidad y la fantasía onírica, Abe escribe novelas y relatos cortos que acusan la influencia de la cultura occidental que se impone tras la Guerra, asimilando corrientes como el surrealismo o el existencialismo y abriendo el paso hacia la renovación de la literatura en su país. Se puede decir que Abe es el escritor japonés más cercano al mundo kafkiano, un Kafka poético, pasado por la interpretación existencialista de Camus y con algo de filosofía zen, por aquello de la renuncia como forma de conocimiento.
El argumento tiene la misma lógica alucinada de las novelas kafkianas: un profesor de escuela aficionado a la entomología se dirige hacia una aldea de la costa para encontrar nuevos tipos de insectos. Cuando llega al pueblo, lugar extrañamente amenazado por la arena, los lugareños le ofrecen alojarse en la casa de una mujer situada en el fondo de un hoyo. La arena parece impregnarlo todo, pudrirlo todo, condicionarlo todo.... Al poco, el hombre se da cuenta de que ha sido secuestrado: la mujer perdió a su marido, engullido por una tormenta, y los vecinos le han buscado un nuevo compañero que le ayude a acarrear la arena, trabajo imprescindible para evitar la desaparición de toda la comunidad. El urbanita no se resigna a su destino, que se le asemeja atroz, y lucha una y otra vez por escapar en un esfuerzo inútil que finaliza cuando consigue encontrarse a sí mismo en una experiencia que le justifica.
Es inevitable buscar interpretaciones alegóricas en una historia cuyos elementos sugieren continuamente ideas sobre la condición humana. La ideología marxista, presente en la formación del autor y que le llevó a la militancia política, nos permitiría afirmar que en la resistencia insolidaria del protagonista hay una evidente lección social: el bien colectivo no admite el egoísmo disidente. O incluso podemos detectar un reflejo de la sociedad japonesa, que no acepta fácilmente las expresiones de individualidad y acaba arrinconándolas en muros de aislamiento. Sin embargo, estoy convencido de que la transformación social no es posible sin un proceso individual que empieza, como dirían los existencialistas, por la conciencia del absurdo. Me refiero al absurdo de la falta de esperanza en un mundo que carece de sentido, o mejor dicho, de trascendencia. Pensar otra cosa es tanto como aceptar la aniquilación del ser humano; es imprescindible saberse libre para continuar luchando contra una realidad que siempre es insatisfactoria. “Hay que imaginarse a Sísifo dichoso”, decía Camus, y esto es lo que acaba descubriendo el protagonista de la novela: la eterna tarea de acarrear arena, que la mujer realiza sin más sentido que la obligación de sobrevivir, tiene una posible redención. Le ha permitido el despojamiento, el abandono de todo lo que es inútil y que traía de su vida en la ciudad, la conciencia de que el reconocimiento externo no es una justificación necesaria. Será en su cautiverio donde encuentre la verdadera libertad, en un pozo dentro del pozo. Es entonces cuando consigue la independencia gracias a su descubrimiento del agua, que no es sino la certeza de que está preparado para enfrentarse al mundo.
La mujer es una resistente que ha asumido que su vida es una lucha constante y solidaria con su comunidad, el hombre quiere comprender sus razones porque todavía no ha accedido a la verdadera lucidez. Cuando lo consiga, tras un periodo de introspección, ya no querrá huir porque ha accedido a la más importante de las conquistas: la capacidad de elegir. Y el lector asiste a este proceso interior mientras, casi literalmente, siente en cada página el sabor de la arena, el peligro inminente de las dunas o el agobio de un sol abrasador.
 



domingo, 29 de diciembre de 2013

El arte de volar, de Altarriba y Kim.

Hace algún tiempo tuve ocasión de asistir a una conferencia sobre el maquis a la que acudieron dos viejos luchadores antifranquistas, ancianos que habían participado en la guerra civil, que sufrieron el exilio y que lucharon toda su vida por un país más justo y habitable. Lo que contaron estas personas, sin ningún tipo de complacencia pero con toda sinceridad, no me sorprendió: nada es peor que el sufrimiento de cuarenta años de dictadura; la lucha es necesaria contra gobiernos como el actual, empeñado en diseñar un futuro bastante negro, pero ni siquiera esto es comparable con la barbarie franquista.
 
No sabéis de lo que venimos”..... La España que conocieron nuestros abuelos era un país lamentable, demasiado cercano al feudalismo sangrante de “Los santos inocentes”, sometido a la ignorancia y la represión, a la miseria y al miedo. Por supuesto que estamos mejor, ya no hay que soportar un régimen nauseabundo de meapilas que educaba a cristazos, pero la conciencia de que vivimos en un mundo menos inhóspito no es suficiente para olvidar a muchos otros que también lucharon contra el fascismo y que no quisieron o no supieron conformarse. Son aquellos que acabaron planteándose si tanta lucha y tanto sufrimiento valió la pena, si no “sabe a poco” esta democracia demediada que tenemos.
Una de estas víctimas silenciadas del franquismo fue el padre de Antonio Altarriba, el guionista de uno de los más hermosos comics publicados en España, “El arte de volar”, auténtica obra maestra que dignifica -si tal cosa hiciera falta- el llamado noveno arte. Como acto final de rebeldía, la única forma que le quedaba para mostrar su inconformidad con una sociedad que le condenó a la derrota y al olvido, el padre de Altarriba decidió arrojarse al vacío desde la habitación de una residencia de ancianos. Las causas por las que tomó esta decisión constituyen el objeto de una dolorosa búsqueda por parte de su hijo, hasta llegar a entender que el suicidio fue el resultado de una larga serie de frustraciones y desilusiones. La historia que nos cuenta, asumiendo el punto de vista del padre, es la historia reciente de este país, sobre todo de quienes combatieron por un mundo mejor y acabaron olvidados, asimilados como una pieza más de un sistema al que se habían enfrentado.
 
Para contar esta historia, Altarriba elige el cómic, un cómic adulto, de escritura precisa y dibujos -magnífica labor de Kim- que refuerzan y enriquecen la narración del escritor. “El arte de volar” no es el recuerdo nostálgico de un perdedor, tampoco diría que es un homenaje a quienes lucharon por la libertad en un país condenado a una dictadura terrible, es el relato verídico y fascinante de un anarquista que pasó por el siglo implicado en todo tipo de batallas y acabó suicidándose. Así empieza el relato, con un hombre que decide volar saltando desde una ventana..... En busca de la libertad, como hizo toda su vida. “El arte de volar” reivindica la historia de los perdedores y yo diría que lo hace con apasionamiento y, a veces, recorrida por la rabia, porque son historias como ésta las que siguen levantando ronchas entre el fascismo vergonzante que persiste en muchos aspectos de la España actual.

La figura de su padre permite a Altarriba recorrer un pasado en el que apenas ha existido la esperanza de una verdadera transformación social. Tal esperanza estuvo cerca de plasmarse durante la II República, identificada con la democracia y relacionada con el poder del pueblo. La República, con todos sus defectos y limitaciones, estuvo guiada por la voluntad de resistencia y cambio, por eso nunca gustó a las clases altas, a la Iglesia ni a los militares, y por eso todo verdadero demócrata, como el protagonista de nuestro relato, encontró su lugar entre los que lucharon contra el fascismo. La derrota del pueblo en armas supuso el final de las esperanzas de cambio y condenó a la mayoría al silencio y la sumisión.


Cuarenta años de paz, mezcla de pobreza y humillación, del “a mandar señorito, que para eso estamos”, la consigna que recorrió este páramo en el que se convirtió España y del que fueron eliminados los disidentes a través del asesinato institucionalizado y mediante el exilio interior o exterior. Una gran parte de la generación que creyó en la utopía hubo de enfrentarse dramáticamente a una realidad que rompió todas las esperanzas: “Mi padre -recuerda Altarriba- intentó volar toda su vida.... pero la resistencia de la realidad fue insalvable”. El franquismo no dio ninguna oportunidad, únicamente la posibilidad de aguantar la injusticia e ir sobreviviendo en espera de tiempos mejores. El protagonista de “El arte de volar” luchó toda su vida, acabó adaptándose, sobrevivió y creyó llegado el tiempo de la liberación, pero cuando la dura realidad volvió a imponerse decidió que solo le quedaba un último acto de libertad. Y es entonces cuando el lector siente una profunda tristeza y rabia, por no ser capaces de seguir creyendo en la utopía mientras nos dejamos arrebatar, sin haber movido un dedo, por el conformismo y el tedio.
 





 

 


 
 

jueves, 19 de diciembre de 2013

Un hombre honorable. Sobre “Julio César”, de William Shakespeare.


¿Quién hay aquí tan abyecto que quiera ser esclavo?
¡Si hay alguno, que hable, pues a él he ofendido!”

 Nunca pensé que Bruto fuera un hombre honorable. César es un personaje demasiado grande como para tener en buen concepto al tipo que le traicionó por oscuras razones, entre las que se mezclan el resentimiento y la defensa de valores republicanos que apenas disimulaban la protección de derechos oligárquicos. Ya sea como estratega y conquistador que extendió el poder de Roma, o como hombre de Estado capaz de retar al Senado e imponer su ley, César encarna la figura más relevante y conocida de la historia de Roma.
Shakespeare arriesgó eligiendo a César para una visión poco complaciente con el personaje en la más vigorosa de sus tragedias de temática romana. La obra es arriesgada por deliberadamente ambigua, nadie sale bien librado, y la duda sobre los verdaderos motivos de la conspiración y el asesinato del dictador ha sido sembrada magistralmente por el poeta. Nadie se salva, nadie tiene argumentos convincentes….. excepto Bruto.
 

El Julio César que nos presenta Shakespeare es un hombre en decadencia que se ha dejado ganar por la vanidad, aunque conserve rasgos de su antigua lucidez para diagnosticar las debilidades de sus enemigos; Casio es un resentido, un acomplejado que odia la grandeza al compararla con su pequeñez; en Marco Antonio encontramos al demagogo sin escrúpulos que tal vez admira y estima a César, pero estará dispuesto a aprovechar la ocasión que se le presenta en su propio beneficio. Sin embargo, Bruto es realmente un hombre honorable, un demócrata para el que la libertad del pueblo es un bien mayor que la devoción por su padre adoptivo. Roma se encaminaba hacia la tiranía, la prueba es que arribistas como Marco Antonio podían manipular a su gusto los sentimientos del populacho, presentado como un conjunto estúpido y fácilmente manejable. Verdad es que el monólogo encomendado a Marco Antonio es una auténtica obra maestra de la oratoria, con una capacidad de seducción casi arrolladora que no deja dudas sobre la segura derrota que sufrirá la honestidad política de Bruto.
Aunque la obra lleva como título el nombre de César, y su figura –que desaparece físicamente mediado el tercer acto- sigue estando presente como una sombra que condiciona el resto de personajes, el auténtico protagonista es Bruto. Shakespeare recurre a Plutarco para diseñar al personaje, el héroe de la libertad republicana, de una sinceridad y altura moral que lo convierten en paradigma de la lucha contra la tiranía. Desde el inicio del capítulo que Plutarco le dedica en Vidas paralelas, queda claro que se trata del más honesto de los conspiradores: “Lo que hubo de generoso y noble en la conspiración lo atribuían a Bruto, y lo que hubo de atroz y repugnante lo echaban sobre Casio”. La cuestión es si tales ideas están justificadas, si la conspiración realmente buscaba eliminar a un usurpador despótico. Porque la hipótesis que se abre camino, cuando analizamos la situación sin la ganga propagandística, es bastante diferente: la aristocracia senatorial vio en César a un líder popular que seguía la estela de los Graco o de Catilina, una nueva amenaza contra el sistema de dominación consagrado por la constitución romana.
Cuando en el imponente tercer acto de la tragedia observamos a la plebe convertida en gentuza sedienta de sangre, sin capacidad ni criterio, estamos asistiendo a un tópico que se ha repetido entre la historiografía al servicio de las élites económicas. La masa es peligrosa, cualquier cambio propuesto por un líder popular es una invitación al caos y a la destrucción del orden social que asegura el dominio de los privilegiados. El pecado de César no fue subvertir la constitución romana sino aflojar el control total que la oligarquía senatorial ejercía sobre ella. Los oligarcas habían ido deshaciéndose de cada uno de los líderes populares que pusieron en cuestión su poder. Y César fue el siguiente, el más decidido y capaz por su propósito de imponer cambios que beneficiaran a los pequeños granjeros y al proletariado urbano a costa de la minoría rica.
Como valiente, lo honro; pero por ambicioso, lo maté”.
El discurso de Bruto pretende justificar el magnicidio, puesto que la ambición de César significaba el final de la libertad de los romanos; así nos lo transmite Plutarco y así lo dramatiza Shakespeare. En principio, ser ambicioso no supone ser un desalmado sin escrúpulos dispuesto a todo para calmar una egolatría sin límites; la realidad es que el poder de César alarmó a sus enemigos políticos porque fue utilizado contra la aristocracia senatorial y sus adláteres. Aquello que detestaban en César no era su ambición, sino la pulsión igualitaria a favor de los intereses populares, por muy escasamente revolucionaria o subversiva que fuera. La concentración de poder tenía en última instancia un objetivo reformista, probablemente para aumentar su base social, pero era preciso romper con la hegemonía de los privilegiados para llevar a cabo la reforma constitucional. La historia, como es bien sabido, no la escriben los derrotados ni los menesterosos, la escriben individuos próximos al Poder que distorsionarán la perspectiva: quienes atentan contra el orden social son aventureros ávidos de poder que merecerán un final violento a manos de los baluartes de la libertad republicana. Es una costumbre que no se ha perdido con el tiempo, las apelaciones a la libertad suelen ser alegatos en defensa de prerrogativas de clase y los que luchan contra la injusticia son liberticidas que ponen en peligro el bien común.


lunes, 16 de septiembre de 2013

Chejov: entre la comprensión y la denuncia.

Si durante la dictadura franquista un ciudadano se tomaba un respiro, entre gloriosas hazañas futbolísticas o raciales corridas de toros, y pretendía leer un libro que valiera un poco la pena, es muy probable que tuviera que recurrir a la editorial Austral. Con las limitaciones propias de los tiempos que corrían, esta filial argentina de Espasa-Calpe inició una estupenda colección de libros de bolsillo que proporcionó a los españoles de entonces obras de variado contenido, siempre que no plantearan demasiadas dificultades a la censura del Régimen. La colección tenía infinidad de títulos y se alargó hasta que Alianza Editorial, publicando obras sin restricciones y mejor traducidas, acabó dejándola un poco anticuada. Debo reconocer que sentía una especial debilidad por los libros de Austral, cuyo índice repasaba a menudo para encontrar nuevas rarezas que solo a un tipo con intereses algo desbaratados podían llamar la atención. Allí empecé a leer el teatro de Shakespeare en las discutibles traducciones de Astrana Marín, o los delirios de Schulten sobre Tartessos, y una maravillosa crónica de las hazañas -y crueldades- de los almogávares en tierras de Bizancio. La peculiaridad de esos libros era su sobrecubierta de diferentes colores, según se tratara de novela, teatro, poesía, historia, ciencia....Los azules eran los libros de cuentos o relatos breves, mis preferidos, porque uno era joven y si había que afrontar un clásico mejor que no te diera tiempo a aburrirte.

 


La colección Austral sirvió para que descubriera a Chejov en uno de esos volúmenes azules, con una pequeña selección de relatos humorísticos encabezados por la deliciosa obra que le daba título, "Historia de una anguila". Nadie reivindicaría estas brevísimas historias, levemente agridulces, como lo mejor de la producción chejoviana; quedan lejos de sus obras de madurez, pero yo las recuerdo como uno de esos momentos en los que te olvidas de todo y solo existe la gozosa lectura de hechos y costumbres que te parecen muy cercanas, aunque sean de la vieja Rusia. Desde ese momento siento una cada vez mayor afinidad por su obra y una creciente simpatía por el personaje, cosa que no es imprescindible -hay maravillosos escritores cuyas actitudes me resultan repugnantes- pero siempre ayuda descubrir un poco de coherencia entre el autor y su obra. No es que fuera el modelo de virtud que crearon sus biógrafos soviéticos, era simplemente un hombre preocupado por las miserias materiales y espirituales de sus semejantes, que trató de poner remedio en lo que pudo como médico y como literato. Chejov fue un crítico severo con la realidad rusa, hecha de miseria e incultura para los desfavorecidos, los campesinos y trabajadores rusos expoliados por una aristocracia envilecida y corrupta. Su obra, aparentes relatos banales de costumbres, posee una melancolía que te va envolviendo hasta descubrir, con delicadeza, las fragilidades del alma humana y las miserias de una sociedad injusta.

 
Nunca se abandona totalmente a Chejov; te alejas varias veces pero regresas siempre, porque hay obras y autores que son como un refugio y sabes que te van a producir de nuevo la impresión que recuerdas como una experiencia extraordinaria. Una experiencia que será tanto más intensa porque no procede de grandes personajes o de historias poderosas; es la profundidad sacada de lo que aparenta intrascendente y vulgar, la poesía de lo cotidiano.
 
Alejado del romanticismo exaltado de Pushkin o Turgueniev, menos misterioso que Gogol, cuesta equiparar tambien a Chejov con las dos figuras más poderosas de la literatura rusa. Tolstoy y Dostoievsky son verdaderos titanes que casi están por encima de su obra, ese tipo de personalidades que los americanos titulan con bastante acierto como "bigger than life". Chejov es otra cosa, un humanista que intenta comprender en lo posible la maltrecha sociedad rusa, sin desprecios ni actitudes altivas. No describe un mundo despiadado e irremediablemente condenado a la ruina, ama demasiado a sus semejantes como para abandonar toda esperanza de regeneración. Conoce la injusticia social, más irrespirable todavía por la corrupción moral que conlleva un régimen autocrático, pero se niega a aislarse de la podredumbre para no ser infectado. Está criticando un mundo que es el suyo y por el que siente un profundo cariño, por eso trata de implicar a sus lectores poniéndoles frente al problema y esperando, de algún modo, que sientan la necesidad de cambiar las cosas. La moralina es un recurso de los malos escritores, Chejov nos presenta la realidad tal y como es para que el lector reconozca, en las miserias y frustraciones de los personajes, un espejo incómodo.
 
La sutil aproximación a los problemas sociales de su tiempo, requiere un tipo de narrativa que deje veladas las evidencias y sugiera más que demuestre. Dijo Hemingway que un buen cuento es como un iceberg, con cuatro quintas partes sumergidas, y tal que así son los relatos de Chejov: historias que hay que desentrañar entre líneas, detalles que permiten al lector elaborar una gran parte de la historia, ambientes que nos llevan de manera tenue hacia lo esencial. Nunca vamos a obtener todas las respuestas porque es imposible abarcar la complejidad del alma humana, "solo los imbéciles y los charlatanes creen comprenderlo todo."

En alguna ocasión he escuchado que los rusos y los españoles tienen ciertas peculiaridades comunes en el carácter, idea que resulta sorprendente si atendemos a los tópicos turísticos del tipo español alegre, abierto y optimista. La realidad es que la personalidad de este país lleva mucho tiempo forjándose a base de derrotas; el fatalismo y la desidia que refleja la gran literatura rusa no me parecen demasiado ajenos y el resultado, una sociedad degradada por la corrupción y el conformismo, nos es tristemente familiar. Esto es lo que nos muestra Chejov, una sociedad incapaz de reaccionar que sufre una pasividad trágica, aunque para la denuncia utilice la ironía y un delicado sentido del humor en el que hay poco espacio para el odio. Como en la Rusia de Chejov, los españoles han aprendido a convivir con la injusticia, a asumir la situación existente con resignación y sin apenas voluntad de cambio, o capacidad para plantar cara al abuso y la mentira. Chejov no culpaba a sus protagonistas, víctimas de la injusticia de una sociedad lamentable en la que era fácil que las pequeñas y grandes miserias salieran a la luz; optó por mostrar esas miserias para que acabaran sirviendo de revulsivo. Estoy convencido de que su obra ayudó a socavar los cimientos de la autocracia zarista, porque la conciencia de la injusticia acumulada acaba siendo irresistible. La pasividad golpeada genera una presión difícil de contener, hasta culminar en el estallido incontrolable que borra toda la vieja sociedad. Más o menos esto es lo que ocurrió en 1917, será interesante comprobar la presión que son capaces de soportar en otros lugares.

 
 

 
 

 
 

miércoles, 7 de agosto de 2013

Viajes en el tiempo para nuestra próxima tertulia.

H. G. Wells ha sido un autor que ha rondado varias veces nuestra tertulia, sin que hasta ahora nos hayamos decidido a afrontar una de sus obras. "La máquina del tiempo" fue una de las propuestas más persistentes; creo que su particular versión de la lucha de clases y de las horribles consecuencias del darwinismo social podían dar mucho juego para reflexionar sobre la capacidad visionaria de Wells.

No hemos optado por Wells para nuestra próxima tertulia, pero nos hemos quedado con el tema mediante cuatro -bueno, cinco- relatos que tratan sobre las diferentes opciones que se presentan a un viajero en el tiempo: viajes en los que se cambia el pasado para condicionar el futuro, universos paralelos, un pequeño insecto que determina el futuro político de un país; tenemos relatos que van desde el efecto mariposa en el Mesozoico a los bucles temporales, desde los dudosos orígenes del cristianismo a la obsesión asesina de un marido engañado ...., una diversidad de asuntos para reflexionar sobre si es posible esta vieja aspiración de la humanidad, y no solo por medio de la fantasía, que para eso tenemos científicos en nuestra tertulia que nos ilustrarán ampliamente. Confío en que tal posibilidad sea cierta, bien para huír hacia tiempos futuros que, sin duda, serán mejores -optimista que es uno-, o para comprobar si pisando una gaviota del pasado nos evitábamos ciertas molestas circunstancias del presente.
 

sábado, 27 de julio de 2013

El vino y la luna. "Rubaiyat", de Omar Khayyam.


Es propio de nuestra condición construir ilusiones para hacer soportable la existencia en un mundo absurdo; incluso si uno tiene la desgracia de haber interiorizado más de la cuenta los fundamentos de una mentalidad religiosa, es preciso levantar defensas frente a la sensación de que somos culpables desde nuestra caída en el tiempo. Siguiendo a Ciorán, se diría que la existencia se ha puesto amablemente al servicio de nuestra tristeza. Quienes se acostumbran al fracaso puede que se se acerquen más a la verdad, pero la conciencia de la nada, que proporciona un cierto orgullo irónico, no deja de ser otro recurso para no caer en el abismo.

 
A pesar de todo prefiero este desesperanzado orgullo al estúpido convencimiento de que la vida tiene sentido, porque no hay acceso a la lucidez si no asumes que el sabio está hecho de dudas, contradicciones y muy pocas certezas.
 


"Puesto que ignoras lo que te reserva el mañana, esfuérzate por ser feliz hoy. Coge un cántaro de vino, siéntate a la luz de la luna y bebe pensando en que mañana quizá la luna te busque en vano".


Estos versos son parte de las Rubaiyyat de Omar Khayyam, el más grande de los poetas persas, también el más contradictorio y lúcido. Reconozco que la poesía de Kayyam me conmueve profundamente, a pesar de que nunca he sido demasiado sensible al lenguaje poético, y es que veo en este personaje una desesperanza que se me antoja es la de todos los hombres, la que nos revela nuestras contradicciones e impulsos más íntimos.

 
Rubaiyat es una recopilación de pequeños poemas en forma de cuartetas que, probablemente, ni siquiera estaban destinados a hacerse públicos. Hablan del instante presente, de la belleza, del vino.... de una forma tan exquisita como solo puede hacerlo quien es capaz de trocar en poesía la desesperación y la angustia, aunque no está exenta de cuestionamiento y requisitoria contra todo lo establecido, de burla contra la intolerancia. No hay verdades establecidas y nada podemos afirmar, solo nuestra independencia irreductible frente a Dios y frente a las leyes que han hecho los poderosos.
 

Khayyam hubo de vivir tiempos difíciles, en medio de la lucha entre dos personajes de destino glorioso que acabaron enfrentados. Persia, en proceso de asimilación por el Islam, estaba dividida entre la revolución social propugnada por el llamado “Viejo de la Montaña”, jefe de la secta de los “asesinos”, y la defensa del orden representada por Nezam al Molk, gran visir del sultán selyukida. Aunque bajo la protección del visir, Khayyam era amigo de ambos y desarrollaba su labor como matemático con total independencia, libre de reglas impuestas y ajeno al fanatismo que le rodeaba. En esta situación de relativa seguridad puedes despreocuparte de tu integridad física, cosa que no deja de ser importante en sociedades conflictivas como la persa, para reflexionar en profundidad sobre los asuntos esenciales que acucian al ser humano. Ni el mundo objetivo de las matemáticas, donde alcanzó cotas de sabiduría extraordinaria, ni el incierto y doloroso mundo material le proporcionaron las respuestas que precisaba. Asumió la imposibilidad de descubrir nada que no fuera lo absurdo de la existencia, un resultado desolador que Khayyam convierte en altivo escepticismo en una de sus más inolvidables rubaiyat:


El mundo inmenso: un grano de polvo en el espacio. Toda la ciencia de los hombres: palabras. Los pueblos, las bestias y las flores de los siete climas: sombras. El fruto de tu constante meditación: la nada.”
 

La admiración por Khayyam no procede únicamente de su extraordinaria lucidez sobre la condición humana, es su radical independencia, la resistencia a ser sometido por los guardianes de la fe o monopolizado por los sufís -que pretendían hacerlo uno de los suyos- Al fanatismo de los religiosos contestaba con la burla, incluso pidiendo cuentas a Dios por haber sido el Supremo hacedor de un mundo tan lamentable. De los sufís le separaba el gusto por el hedonismo, una vez asumida la imposibilidad agobiante de encontrar más verdad que la agradable frescura de un jardín o la consoladora sonrisa de una danzarina.
 
 
 

Rubaiyyat es de esos libros que recupero con frecuencia, cuando tengo la sensación de que las cosas son demasiado dramáticas y conviene buscar la tranquilidad necesaria para reconciliarse con la existencia. En Khayyam encuentro la sinceridad del desengañado que sabe transformar el dolor en indiferencia comprensiva, la mirada escéptica de quien se niega a ser avasallado por poderes espirituales que se le escapan y que no le proporcionan la felicidad de una copa de vino a la luz de la luna.
 
Decídete a no contemplar más el cielo. Cuida que te rodeen gráciles doncellas y acarícialas. ¿Tienes dudas? ¿Conservas todavía la tentación de suplicar a Dios? Antes de ti, otros seres le elevaron fervientes oraciones. Todos partieron ya y no se sabe si Dios les escuchó”.