miércoles, 8 de julio de 2015

La fiesta de la insignificancia, Milan Kundera.

Cuando un autor consagrado llega a cierta edad y ha hecho esperar su última obra, se puede permitir el lujo de escribir lo que le venga en gana porque te lo van a publicar igual. No quiero decir con esto que la última novela de Kundera sea una tomadura de pelo, al estilo de farsantes como Cela o desvergonzados vividores como Dalí, creo que “La fiesta de la insignificancia” es una mirada bastante lúcida desde la vejez que desestima la seriedad de las ideologías, justificaciones de la barbarie en razón de un mundo mejor, para intentar reconciliarse con la imperfección de la existencia mediante el humor.
A primera vista podríamos considerar esta fiesta de la insignificancia como una obra menor, no mediocre sino más bien un divertimento ligero, bien escrito, que no cansa en ningún momento, y ello por su misma levedad y por un sentido del humor bastante agudo. Pero es una impresión superficial; la anécdota de Stalin, presente en toda la obra a modo de particular ajuste de cuentas con el totalitarismo, la crítica a la uniformización de la sociedad actual, casi tan peligrosa como una dictadura, y la idea general de que no hay que esperar certezas ni sentidos dota a la novela de un contenido que acaba cuestionando la apariencia ligera de los paseos, las discusiones banales o la fiesta buñuelesca que configura la trama.
El humor, si además está acompañado por la sencillez y la economía de medios, tiene mala prensa cuando se trata de valorar la trascendencia de una obra. Desde que el cristianismo empezó su cruzada contra la risa cayó una condena contra los que ríen porque desprecian el temor de Dios, son los hombres libres que pueden cuestionar todo el entramado social construido en torno al miedo. Cioran, el rey de los escépticos, advertía sobre las religiones y las ideologías, “cruzadas contra el humor”, y el propio Kundera escribía sobre la dictadura, a la que tan habituado estaba, recordándonos que no es propio de estos regímenes tomarse las cosas a chanza ni hacer chascarrillos, no vaya a ser que quede al descubierto la ridícula fragilidad en la que se sustentan.
El totalitarismo es ridículo, haberlo sufrido durante tantos años justifica el ajuste de cuentas que, en Kundera, no adopta el tono siniestro y manipulador de un escritor de méritos mediocres como Solzhenitsyn. El desencanto del que una vez fue rebelde, que llegó a confiar en la liberación de los oprimidos y en patrias del proletariado, lo transformó en un escéptico. Seguramente ya lo era, así que resulta inevitable quedarse con el único medio de liberación que huye de grandilocuencias y que no justifica medios indignos, el humor. El rechazo al antiguo totalitarismo mediante una historia que nos remite al absurdo, sin duda la mejor forma de reflejarlo, no implica la aquiescencia con una sociedad actual que parece ajena al control absoluto de los ciudadanos, tal y como podía ocurrir en las democracias populares. Hoy existe un nuevo totalitarismo que ya no nace de la voluntad implacable del dictador, que ya no necesita de una dictadura para imponerse. En la incapacidad para la diferencia y la uniformización a la que ha llegado Occidente está el nuevo peligro totalitario, tanto más peligroso porque apenas hay conciencia del proceso de despersonalización al que estamos abocados.
Todo es insignificante, parece decir Kundera, nada es demasiado importante, de modo que no nos pongamos serios porque, a la mínima, acabas convencido de que tus ideas son universales y puedes imponerlas al resto de tus congéneres. Como idea está bien, y no creo que Kundera esté demasiado equivocado en el fondo, solo que pocas cosas se construyen a partir de la banalidad y menos sería capaz de defender.



sábado, 2 de mayo de 2015

"Solo en Berlín", de Hans Fallada: la resistencia silenciosa.

A pesar del miedo, la represión y el asesinato, en la Alemania nazi no todos fueron gregarios entusiastas del Régimen. Hubo grupos de resistencia comunistas, católicos y en el mismo ejército, pero también individuos aislados que, en la medida de sus fuerzas y con gravísimo riesgo, decidieron que la única postura digna era la oposición.
Solo en Berlín nos habla de esta resistencia oculta a través de un relato que describe maravillosamente el ambiente insano de una ciudad en guerra, con tonalidades casi de novela negra. Aunque hay toda una galería de personajes que van confluyendo en la trama principal, los protagonistas son un matrimonio de mediana edad que, tras la pérdida de su único hijo en combate, deciden mostrar su disidencia de una manera en apariencia nimia: escribiendo y distribuyendo postales de denuncia contra el Régimen. La Gestapo, a través de un policía que acecha pacientemente a sus presas, irá poco a poco estrechando el cerco contra dos personajes que creen estar protegidos por su propia irrelevancia.
El autor es Hans Fallada (pseudónimo literario de Rudolf Ditzen), escritor casi olvidado que escogió, como los héroes de su novela, la difícil postura del exilio interior. Su vida daría para otra novela, con episodios familiares oscuros, estafas, adicciones, problemas psiquiátricos, concesiones al régimen nazi y unos últimos años en los que decidió instalarse en la RDA, lo que contribuyó a que su obra quedara ignorada en Occidente. El estilo de Fallada está lejos de la narrativa intelectual o psicologista de Mann o Zweig, es mucho más popular, más propio de la literatura de denuncia social que representaba Brecht.
Quedarse en Alemania debió significar para Fallada una crisis de conciencia. Mientras algunos de sus colegas más relevantes tomaban el camino del exilio y la denuncia contra la barbarie nazi, Fallada, que ya había tenido algún conflicto con la policía política, intentaba sobrevivir escribiendo novelas de entretenimiento y procurando evitar la censura de las autoridades. Thomas Mann hizo público su desprecio ante esta decisión que, sin ser la de un colaboracionista, podía interpretarse como la de un hombre débil y cobarde. Seguramente por eso, por su propia debilidad, quiso reflexionar sobre el valor de la resistencia más silenciada y, quizás, irrelevante. “Cada uno según sus fuerzas y disposición, lo importante es oponerse”: esta es la idea, sacada de su propia correspondencia, que se deriva de “Solo en Berlín”, la necesidad de resistirse a la integración y a la degradación moral que el fascismo impone sin alternativas.
Mediados los ochenta se suscitó en Alemania una importante controversia sobre la naturaleza del nazismo que acabó recuperando una cuestión nunca del todo resuelta, la culpabilidad de los alemanes en los crímenes nazis. No parecía de recibo atribuir la exclusiva responsabilidad de lo sucedido a los jerarcas, puesto que decisiones que afectaron de manera tan dramática a amplios grupos de excluidos requerían la complicidad activa y pasiva de buena parte de la sociedad. Si el horror fue posible se debió a la dejación de muchos ciudadanos que renunciaron a su libertad de elegir, lo que ya de por sí es una condena puesto que, como afirmaba Kant, el ser humano lo es porque su voluntad puede dominar una natural tendencia a la corrupción. Las excusas pueden ser poderosas pero negarse a contribuir, en la medida de las posibilidades, a la lucha por el imperio del derecho y la libertad constituye una culpa política y moral de primer orden.
Ante la ignominia solo cabe la resistencia y la lucha, aunque aquello que podamos hacer sea apenas el gesto de escribir unas postales contra Hitler que llegarán a muy pocos y convencerán a menos. Incluso a pesar de que tan pequeño gesto conduzca a la muerte del autor y de quienes le rodean es el único posicionamiento verdaderamente heroico y consecuente ante un régimen que degrada al ser humano y lo reduce a sus instintos más crueles e infamantes. Por eso la pequeña resistencia silenciosa de Otto y Ana Quangel, figuras apenas heroicas, incluso a veces antipáticas, merece ser recordada, aunque quedara sepultada en los achivos de la Gestapo sin más importancia que la de dos inconscientes que se jugaron la vida tontamente.
Me inquieta pensar lo que yo habría sido capaz de hacer ante el imperio del terror, con la vida pendiente de un hilo al menor atisbo de resistencia. Es fácil hablar con la tranquilidad de la distancia y la libertad más o menos asegurada. Fallada vivió está sensación e intentó expresar desde dentro la dinámica de humillación y terror que anula los mecanismos de elección moral. Eso sí, no es precisamente un autor sintético, se toma su tiempo -más de seiscientas páginas- pero les aseguro que es apasionante.

sábado, 28 de marzo de 2015

A vuestros cuerpos dispersos: el mundo del río.

Ante una obra con las especiales características de “A vuestros cuerpos dispersos”, me refiero a su condición de clásico de la ciencia ficción, plantearía tres grandes apartados a considerar. Respecto a la calidad intrínseca de la novela, entendida como obra artística, no creo que alcance grandes cotas: el estilo es descuidado, apenas funcional y carente de ninguna trascendencia. Queda claro que a Farmer le preocupaba esto más bien poco y no parece que tuviera la intención de convertirse en un Marcel Proust. Un escritor de ciencia ficción, a no ser que seas Lem, va a lo que va, le interesa plantear temas que respondan a cuestiones latentes o busca explicar aquello que afecta a nuestra propia condición, incluyendo los grandes problemas existenciales. Farmer entra perfectamente en estos parámetros.
La segunda cuestión afecta a un concepto que es indisociable de la ciencia ficción, el sentido de la maravilla. Por aproximar una definición, sería la capacidad de un escritor para llevarte a mundos maravillosos cuyo misterio no acaba de revelarse del todo y que resultan tan creíbles como sugerentes. Es evidente que hay un componente en el género que tiene mucho de evasión, de eludir la rutinaria realidad y cambiarla por el anhelo de mundos en los que todo es posible. “A vuestros cuerpos dispersos" y la saga del mundo-río logra su propósito a juzgar por el entusiasmo de sus seguidores, pero tengo muy serias dudas de que esa fascinación alcance a quienes somos más reticentes ante las fantasías científicas. Aprecio más la creación de universos personales coherentes y realistas que las fantasías delirantes de las space operas, es una opción personal, solo digo que me resisto al poder evocador y sugerente del mundo-río de Farmer, con esa mezcla de personajes históricos, pueblos diversos resucitados y extraterrestres que se aburren y juegan a ser dioses. La impresión que me provoca es la de ambiciosa propuesta que acaba resultando chocante y superficial, que dispersa el interés y distancia continuamente de una trama central mucho más apasionante si se hubiera decidido por elementos más estilizados y menos abigarrados.
Entonces ¿Cuáles son las virtudes de “A vuestros cuerpos dispersos” para los que no somos grandes aficionados a la ciencia ficción? Pues las hay, aún considerando que los múltiples temas que pretende abarcar Farmer no reciben las respuestas más satisfactorias. De toda la cantidad de propuestas que nos presenta es la visión iconoclasta de la resurrección uno de las más interesantes. El comienzo es delirante, aunque seguramente contenga las mejores páginas del libro: todos los muertos desde el comienzo de la humanidad son resucitados en una especie de paraíso terrenal, pero no es Dios quien ha obrado el prodigio anunciado en las Escrituras, son unos extraterrestres aburridos que pretenden pasar un poco de su vida inmortal experimentando con los humanos. Hay en la propuesta algo de humorístico y de deliberada provocación..... y es que se trata de la muerte, nuestra mayor obsesión, la base de cualquier religión. Pero Farmer se aleja de explicaciones religiosas y recupera la vieja idea de los extraterrestres que sustituyen a la divinidad, racionalizando la resurrección y ofreciendo una respuesta pseudocientífica y desafiante. La novela se convierte así en una distopía en la que los humanos repiten sus peores comportamientos terrenos, dando la razón a aquella teoría tan popular en los años setenta que hablaba del “mono asesino” como origen de nuestro desarrollo cultural.
El otro gran acierto de Farmer es el diseño del personaje protagonista representando en la figura histórica de Richard Burton, el gran explorador de la época victoriana. Burton representa la rebeldía, el espíritu del racionalismo inglés o incluso la encarnación del mito faústico de Occidente: el hombre empeñado en aventurarse hacia lo desconocido que intenta llegar a las fronteras del mundo y de la misma condición humana.
Es en este punto donde encuentro lo más valioso de la obra de Farmer; se puede ser profundamente pesimista sobre la condición humana pero al final acaba surgiendo aquello que nos distingue como especie y nos redime de nuestras miserias: la decisión de no someterse a quienes nos seducen con la seguridad a cambio de renunciar a la libertad de conciencia.


domingo, 15 de febrero de 2015

Kanikosen, de Takiji Kobayashi: Hacia el infierno.


Kanikosen -El pesquero- es una novela brutal, tan brutal como la forma en la que fue asesinado su autor por los perros guardianes del régimen japonés, encaminado hacia la dictadura militar. Kobayashi, escritor comunista, participante activo en revueltas obreras y huelgas campesinas, fue encarcelado y torturado hasta la muerte por su compromiso político y su labor constante de lucha contra la injusticia social, aunque fue la descarnada denuncia del capitalismo que expone “Kanikosen” lo que desencadenó su última detención y el posterior asesinato.

El Japón contemporáneo tiene una historia difícil, de compleja adaptación a los parámetros occidentales frente a la resistencia de una tradición cuestionada desde la Revolución Meiji. Durante los años veinte el sistema parlamentario, con dos partidos a la inglesa, funcionaba con instituciones formalmente democráticas pero bajo la amenaza de un movimiento obrero muy activo y cada vez más poderoso. El régimen liberal nunca acabará de estabilizarse y cuando el poder militar, nunca del todo sometido al poder civil, vaya imponiendo sus criterios de ultranacionalismo imperialista, la represión desencadenada por gobiernos semifascistas laminará las organizaciones de clase. En este contexto de agitación nacionalista y de salvaje represión policial caerá Kobayashi, el más difundido de los escritores proletarios japoneses, recuperado por sucesivas y exitosas reediciones de su novela más conocida.

Kobayashi relata en “El pesquero” las circunstancias y los hechos que llevan a una huelga de trabajadores, con ciertas similitudes con la famosa sublevación del Potenkim, o como ha dicho algún crítico, la versión japonesa de “Las uvas de la ira”. En este caso no se trata de un buque de guerra sino de un simple barco de pesca, uno de los muchos cangrejeros que navegaban por las costas de Khamchatka, supuestamente protegidos por la Armada imperial para impedir ataques de los rusos. Sometidos a una explotación sin límites por el patrón, los marineros acabarán rebelándose impulsados por el ejemplo de sus camaradas soviéticos. No es difícil ver en el patrón, el capitán y los oficiales japoneses a los representantes del capitalismo más despiadado, agentes de la oligarquía japonesa que concentraba cada vez más riqueza a costa del trabajo casi esclavista de la clase obrera.

La descripción de las condiciones de vida en el barco es estremecedora, desde el primer momento sabemos, como afirman dos de los desgraciados que van a ser embarcados, que “vamos hacia el infierno”. Así es, la explotación de marineros y estudiantes reclutados para el trabajo, asemeja los castigos del más profundo de los círculos del infierno. No es la carne que ha de servir de alimento lo que provoca la rebelión proletaria, como en el Potemkin, son los propios trabajadores los que se pudren impregnados del jugo de los cangrejos y devorados por piojos y pulgas. La crudeza de las condiciones inhumanas que soporta la tripulación está narrada por Kobayashi con una agilidad y eficacia que hacen de Kanikosen una obra excepcional, un descubrimiento.

Es la novela de un joven escritor comunista, realizada hace ochenta años y que nos remite a pescadores de cangrejos en el mar de Ojotsk; ciertamente no parece que se den muchos motivos para que se convirtiera en un éxito editorial. Y sin embargo los hay, la situación actual de la clase obrera puede identificarse sin problemas con los marineros de Kanikosen; después de la terrible crisis económica somos todos precarios, es la exigencia para mantener las tasas de crecimiento de un capitalismo cada vez más desregulado. El modelo neoliberal se ha empleado con dedicación al desmantelamiento de la cosa pública -en todos sus sentidos- y es, por tanto, el gran enemigo de cualquiera que pretenda un mundo más justo y respirable. Ante esta situación los grandes perdedores han mostrado hasta ahora una muy escasa capacidad de respuesta, como si la fragmentación social del antiguo proletariado impidiera reconocernos como clase para crear nuevos vínculos de solidaridad. Kanikosen muestra la necesidad de asaltar los cielos tras un proceso de concienciación, aunque la lucha solo sirva para recuperar un poco de lo que nos han robado.


sábado, 31 de enero de 2015

"Violetas de marzo", Phillip Kerr: Spade en Berlín


Sin caer en la exageración, las novelas de Phillip Kerr, la famosa trilogía de Berlín y las demás secuelas protagonizadas por el detective Bernie Gunther, son una fuente de conocimientos nada despreciable sobre la Alemania nazi. Es innegable que el ambiente turbio, con el miedo impregnando toda la sociedad, la corrupción y el delirio racista están reflejados en estos relatos, y ello a pesar de que, al menos las primeras novelas de la serie, me parecen más un homenaje del autor escocés a los clásicos americanos del género. Me sorprende, seguramente tiene que ver con ciertos clichés adquiridos sobre los alemanes, que un detective de esta nacionalidad sea tan cínico y posea un humor tan caústico, mucho más propio de personajes acostumbrados a los barrios bajos de alguna ciudad norteamericana sometida a la ley seca y rodeada de gangsters con apellido italiano. Aquí los gangsters están en el gobierno y lanzan discursos muy apropiados para que Chaplin los ridiculice.... si no fuera porque, poca broma con esto, condujeron a una guerra y al exterminio de millones de personas. En todo caso, Gunther es un hallazgo y merece un puesto importante entre los grandes detectives de la novela negra.


Los diálogos, muy trabajados -tal vez un poco artificiales en su intento de imitar los modelos hammetianos- y la personalidad del detective, un verdadero antiheroe de la estirpe de Sam Spade, son algunos de los puntos fuertes de la novela. No dejo de observar, a pesar de la contextualización tan clara, ciertos elementos que me parecen relevantes en cuestiones de actualidad, incluso de la propia actualidad española. Véanse por ejemplo los comentarios de Gunther sobre la molestia de la memoria histórica, o la referencia a la corrupción generalizada en un régimen dictatorial.

Cierto es que el conjunto funciona, tan cierto como que los materiales utilizados por Kerr proceden, como digo, de las fuentes de la novela negra: desde el dectective socarrón y cínico, sacado de los barrios bajos de Los Angeles, hasta el policía cabrón, la rubia despampanante o el rico degenerado que contrata los servicios del detective para solucionar un sucio asunto. En realidad es una trasposición casi total del universo hammettiano a un escenario algo más insólito. Hay un episodio, en la segunda mitad de la novela, que es muy significativo: Cuando Gunther se entrevista con Goering -magnífica la puesta en escena- resulta que el jerarca nazi es un gran admirador de la novela negra norteamericana. Entonces le pregunta a Gunther -el episodio se repetirá con Heyndrich- si ha leído "Cosecha roja", a lo que Bernie responde que no, que no tiene tiempo de leer esas cosas. Vamos, que Goering identifica al detective privado con Spade, Bernie niega conocer al antihéroe hammettiano y Kerr nos hace un guiño, porque en realidad.... Gunther es Spade.

Hay varias ideas interesantes sobre el régimen nazi, como la posibilidad abierta de colaboración entre las organizaciones mafiosas y el propio régimen. En principio un régimen totalitario elimina cualquier tipo de poder paralelo porque es el propio sistema el que ejerce como organización mafiosa que no admite competencia. Algo de eso también dice Kerr, sin embargo plantea que el anterior entramado gangsteril de la República de Weimar pasa a ser una organización subsidiaria del aparato de poder nazi, transformando tal entramado en supuestas organizaciones afines al partido. Como en el brechtiano Arturo Ui, nazismo y mafia financiera se unen mediante un sistema corrupto para que el gran capital pueda seguir acumulando poder.
 
La parte final de la novela es espléndida, sobre todo el episodio que se desarrolla en el campo de concentración, con elementos que parecen sacados de las descripciones de Primo Levi en Si esto es un hombre. Es en esta parte final de la obra cuando observamos la definitiva evolución del detective cínico y adaptable, que desprecia el nazismo pero que, tal vez, no era del todo consciente del nivel de degradación de la sociedad alemana y de la terrible opresión totalitaria que ejercía el régimen.

sábado, 10 de enero de 2015

"Historia de un idiota contada por él mismo", de Félix de Azúa.

Este divertido, a veces terrible, libro de Azúa cuenta la historia de un hombre que dedica su vida a una delirante investigación sobre el contenido de la felicidad. Y las conclusiones están impregnadas de ese pesimismo -que también es un poco postureo- propio de algunos intelectuales de la Transición que desconfiaban de aventuras utópicas y empezaron a entregarse a la serie de derrotas que configuraron el sistema democrático. Cioran, Leopardi, referentes de Azúa, Argullol o Savater -a quien se dedica esta historia de un idiota-, nos enseñan que la desdicha es el destino del hombre libre, al menos de aquellos que pretendan ser honestos y renuncien a engañarse con falsas ilusiones. Confieso que me dejé seducir por este elitismo autosatisfecho, hoy no puedo evitar desconfiar profundamente de tan aniquiladoras disquisiciones.
Dicho esto, yo me lo pasé muy bien leyendo esta insolente parodia, metáfora de la condición de los españoles que aún no hemos salido del asombro que nos produjo la gran farsa de la Transición y sus promesas de libertad. Está magníficamente redactado, abundan las frases brillantes, plenas de cinismo e ironía, y aunque insisto en la sensación de pose marginal de escaso recorrido crítico, creo que la propuesta de Azúa no es del todo desacertada: solo los idiotas alardean de su felicidad, que es en realidad falsa; en un mundo a la deriva solo cabe el lúcido pesimismo.

Merecen algunas pequeñas consideraciones los diferentes episodios de esta curiosa investigación. El inicio sugiere cierta relación con el “Elogio de la locura”, aparenta la descripción irónica de la idiotez contemporánea. Y para confirmar la idea de fábula erasmiana, hay un pequeño homenaje picaresco con el primer bofetón que recibe el protagonista en su más tierna infancia. Como Lazarillo, el idiota toma conciencia respecto a lo que deberá ser su actitud vital a partir de este primer encontronazo con una realidad hostil. De aquí saca una lección provechosa que será su norma de vida, la máscara de felicidad impostada que le asegura la supervivencia. Asumida esta lección podrá salvar la dura prueba del colegio religioso, masacrado -y con razón- por Azúa al considerarlo culpable del asesinato programado de la individualidad: “Una dictadura fascista y católica es la más rastrera y ruin de las dictaduras”.
El primer paso en la búsqueda de la felicidad es el compromiso político, terreno abonado para una crítica descarnada dada la discutible actuación de determinada progresía en esos años. En realidad no estoy muy seguro de que la critica de Azúa, durante el compromiso político de su personaje, sea la falta de conciencia de clase del proletariado; se supone que el protagonista queda desencantado al no encontrar auténtica solidaridad y camaradería entre quienes deberían luchar contra un opresor común. En lugar de eso solo encuentra pragmatismo y un materialismo miserable que traicionará cualquier ideal a las primeras de cambio. En esta desconfianza hacia la clase obrera reconozco una tendencia muy propia de los tiempos de incertidumbre y desolación que siguieron a la frustración postdemocrática. Aclaro la cuestión porque tiene mucho que ver con el grupo de intelectuales que tienen afinidades electivas con Azúa: sin capacidad ni interés para afrontar una situación que reflejaba la continuidad institucional autoritaria y para entrar de lleno en la necesaria crítica social y cultural, mentes tan preclaras como Savater proponían un individualismo inspirado en Cioran, con apariencia anarquizante pero profundamente reaccionario. Y ciertamente también, inútil es recordarlo, la población empezaba a resignarse a su suerte, abandonaba su compromiso ciudadano y se disponía a soluciones individuales. Una vez más, la tradicional despolitización y apatía, lograda por el franquismo a base de represión y miedo, volvía a imponerse.
El sexo y la búsqueda de la felicidad a través del amor supondrá un nuevo fracaso, eso sí, tomado con el humor que recorre toda la obra. El desamor se salda con un episodio que degenera en brutal parodia cuando el idiota recibe la visita de un poeta -evidente sátira de los Novísimos- que le comunica que le ha birlado la novia. La escena adquiere un toque profundamente bufo y ridículo que disfraza la realidad, esto es lo que iba notando conforme avanzaba en la lectura: la realidad, bastante lamentable -como la de casi todos- se disfraza con con un lenguaje irónico, con un disfraz de escepticismo burlesco a modo de necesario apoyo para resistir los continuos embates de la fortuna. O más bien, que la vida no es más que una sucesión de fracasos y decepciones.
 
La Historia de un idiota es considerablemente más corta que su continuación, el “Diario de un hombre humillado”, tal vez por eso es más contundente y precisa, incluso más divertida. Aunque bajo la apariencia irónica y la burla continuada está la triste realidad del protagonista, como muchos de sus contemporáneos, acuciado por la soledad y la incomunicación.
 
 
 


jueves, 1 de enero de 2015

"Las crónicas del Sochantre", de Alvaro Cunqueiro.

Entre los nombres perdidos de la literatura española me dí en tropezar, por pura casualidad, con el de Alvaro Cunqueiro. Poco conocimiento tenía yo de este escritor, al que en una primera aproximación imaginaba como una especie de Wenceslao Fernández Florez, con querencia por los mitos ancestrales de los gallegos y narrador de historias en las que esperaba encontrar a la Santa Compaña y a personajes similares al entrañable bandido Fendetestas.


El caso es que debí haber sospechado de un galleguista conservador devenido en falangista. Y no porque la ideología obligue a desestimar de inmediato a un escritor -ahí está el caso de Celine- sino porque esa resistencia a dejarse impregnar por la realidad social de su época estaba más lejos de la “resistencia silenciosa” de la que habla Javier Gracia que de la literatura fascista que analiza Puértolas. El poder de sugestión que tiene una crítica generosa hizo que cayera en la tentación de escoger estas “Crónicas del Sochantre”, seguramente atraído por la promesa de un lenguaje refinado, el talento narrativo y la capacidad evocadora de una historia con intuiciones del realismo mágico.
A las veinte páginas ya estuve tentado de abandonar la lectura, el lenguaje utilizado -que unos admiran de manera incondicional y otros detestan también sin condiciones- me pareció no ya refinado sino decididamente viejo, fuera de tiempo, tan culto como irritante. Tampoco fui capaz de encontrar ese sentido del humor tan gallego, que existir, existe, pero será que mi visión mediterránea de la existencia es poco sensible a tales sutilezas. La novela consiste en una serie de historias contadas por difuntos, ajusticiados que han secuestrado a un sochantre para que amenice el entierro de uno de ellos con su bombardino -no sabía que era un sochantre, pero parece que se dedica a eso, a la música de Iglesia-. En la introducción, la picaresca y el aburrimiento se confunden más a menudo que lo sobrenatural y lo terrenal, aunque sospecho que era esto último lo que pretendía el autor. Y, a mi modesto entender, las primeras historias están narradas de una manera, digamos, discutible, o es que ya empezaba a cerrarme en banda.
 
Es verdad que para leer a determinados autores hay que dejar la razón en suspenso, entregarse sin prejuicios al mundo tan personal que te propone la obra. Porque si mantenemos la razón alerta es bastante probable que la evocación mítica se transforme en pesadez, la invención en artefacto sin sentido y la melancolía en aburrimiento.
 
Tampoco quiero ser tan drástico con don Alvaro. Al final casi te dejas seducir por su mundo único y mágico, con una Bretaña que parece Galicia, a pesar de los ecos de la Revolución y su guillotina. Las historias se van poblando de infinidad de personajes que requieren hasta un glosario -de útil consulta para no perderse-, son tipos curiosos que medio disculpan el fárrago en el que queda convertido el relato. No me ha llegado a interesar la escritura de Cunqueiro, pero no niego ni originalidad a una narración que sabe fundir la realidad con elementos fantásticos -antes del éxito del realismo mágico latinoamericano-, ni la habilidad para asimilar la herencia de una fecunda tradición de nuestra literatura, por mucho que la circunstancias demandaran otro tipo de compromiso.