miércoles, 27 de enero de 2010

Philip Roth cumple las expectativas de la tertulia




El animado debate ocasionado por Elegía superó incluso las mejores previsiones del que aquí escribe. Los seis participantes hablaron durante más de una hora sobre los temas y subtemas incluidos en la obra de Roth. Todos estuvieron de acuerdo en la maestría del escritor y en la presencia de alguna escena realmente memorable. Sin embargo también se calificó a la obra de deslabazada y desdibujada. En fin, que las opiniones fueron diversas. La nota media que obtuvo Elegía fue de 6'25.
El otro hecho importante que se produjo ayer durante la celebración de la reunión fue la vuelta de Ximo a las tertulias, ausente desde aquella dedicada a Philip K. Dick.
Las propuestas para la siguiente tertulia estvieron prácticamente copadas por obras de ciencia ficción. También repite Auster, propuesto por tercera vez, y se incluyó una novela negra perteneciente a la serie del conocido detective Philip Marlowe.
De momento la votación está reñidísima entre Fundación, de Isaac Asimov, y El palacio de la Luna, de Paul Auster.

miércoles, 6 de enero de 2010

Si esto es un hombre


Después de hablar de Sciascia se imponía comentar al otro gran referente moral de la Italia contemporánea, Primo Levi, viejo compañero del siciliano en algunas batallas mediáticas contra revisionistas y negacionistas de diferente pelaje.

Cuando leí “Si esto es un hombre” me pareció el testimonio más estremecedor que podía escribirse sobre el llamado universo concentracionario. Levi hizo exactamente aquello que demandaba Adorno a los filósofos, “conocer y recordar permanentemente el mal que ya es pasado para no reencontrarlo en el futuro”. Este es el objetivo de la trilogía de Levi, una auténtica requisitoria contra el olvido y a favor de la memoria de las víctimas del Holocausto, con el fin de recuperar los recuerdos que la brutalidad de los campos de concentración había pretendido destruir. Levi explica la única distinción que contaba en el Lager, la de los salvados y los hundidos, los sobrevivientes y los muertos que se pierden en el olvido. Pero aún queda una última categoría, los llamados “musulmanes”, los que sondearon los límites del horror sin poder dar cuenta de él. Nadie más que ellos podría haber narrado la auténtica dimensión de lo ocurrido en los campos, pero fueron deshumanizados de tal forma que nunca pudieron volver de ese punto de no retorno.

“Si esto es un hombre” está lejos del relato sentimentaloide y lloriqueante de un Spielberg, lo que aquí nos encontramos es la descripción descarnada de la lucha por la vida en un campo de exterminio, la progresiva pérdida de dignidad que los presos asumen con el único fin de alargar un poco más su vida. Para esquivar la brutalidad de los verdugos era inevitable atentar contra los propios compañeros cautivos y Levi lo cuenta de manera implacable: asistimos a lo más bajo que cada uno hizo, las miserias cometidas para sobrevivir día a día y lo que es peor, lo que nosotros mismos seríamos capaces de hacer por resistir un poco más.

Dijo Jean Amery, el otro gran narrador de Auschwitz, que un intelectual comprometido solo podía ser de izquierdas. Sin duda Levi lo fue, pero sin perder esa lucidez escéptica que le diferenciaba de otros prisioneros del Lager. Cuando recuerda a aquellos compañeros de infortunio que poseían una fuerza espiritual superior, gracias a la fe religiosa o política, lo hace con respeto, con el respeto de aquel que por no adscribirse a ninguna creencia quedaba en la total indigencia material y espiritual ante la violencia desatada. Tal vez por eso percibió mejor que los demás la verdad de Auschwitz, el terrible proceso de deshumanización al que eran sometidos los excluidos de la comunidad racial elegida.

Sin embargo Levi acaba asumiendo la imposibilidad de comprender el misterio de Auschwitz, aún sabiendo que su testimonio es una exigencia ética ante la sociedad. La memoria de la ofensa es la condición esencial para restablecer la justicia: contra el olvido que engulle el pasado sin cuestionarlo, la memoria tiene una función redentora. Reconoce que los que verdaderamente comprendieron, los que sondearon el fondo, fueron exterminados. Aquellos que sobrevivieron, como él mismo, solo pudieron acceder a un fragmento de la realidad insuficiente para explicar la verdad de lo ocurrido.

Podemos plantearnos, como pensaba Amery, que Levi era demasiado condescendiente respecto a la culpabilidad de Alemania. Ciertamente no pensaba que todos los alemanes fueran cómplices y luchó siempre contra el resentimiento del que Amery jamás pudo desprenderse. Los alemanes no eran criminales en masa, aunque hubo una culpa colectiva por no rebelarse ante la realidad bien conocida del genocidio. A pesar de eso nunca estuvo cómodo con ese planteamiento y siempre destacaba a la minoría que luchó contra el nazismo. Esta convicción y la necesidad propia de un ilustrado de seguir luchando por una sociedad mejor le permitió depurar el resentimiento, pudo filtrar su angustia, pero no se libró totalmente de ella. Su sorprendente suicidio parece indicarnos que no pudo superar ese inefable sentimiento de culpa, la culpa de haber sobrevivido. Creo que fue Enzo Traverso quien más acertadamente definió el sentido de la obra de Levi: “el mundo necesita ser contaminado por la angustia para no resignarse al horror”.


sábado, 26 de diciembre de 2009

Sciascia, el pesimismo rebelde




Viene siendo habitual que los participantes de la tertulia muestren su desacuerdo con el trato que se otorga a las obras que, digámoslo así, patrocinan: Javi considera que se tiene en poco la literatura fantástica y de ciencia ficción, según Manuel no fuimos capaces de entender a Mishima y Juanfe se esforzó por demostrar, ante el escepticismo de algunos, que en la obra de Sijie hay bastante más que la virtuosa adaptación de un cuento de hadas. Después de la tertulia dedicada a Sciascia debo sumarme a este grupo de agraviados, no me pareció que se valorara al escritor italiano como merece.

Es posible que me deje llevar por la admiración que profeso hacia un personaje que se metió en todos aquellos asuntos de la vida pública en los que estaba en juego la dignidad y la justicia. Sciascia fue algo así como el referente moral de los italianos y su compromiso político, inequívocamente de izquierdas pero de radical independencia, plasmó una rebeldía incansable contra el poder y sus máscaras. Su lucha fue contra el fascismo, un fascismo que adquirió formas nuevas, como en "El gatopardo", pero perpetuado en las estructuras de un país que nunca acaba de sacudírselo: "Reconozco el fascismo en cualquier sitio. El fascismo no ha muerto...siento un gran deseo de combatir, de comprometerme cada vez más, de ser siempre decidido e intransigente, de mantener una actitud polémica con respecto a cualquier poder".

Por si fuera poco soy un aficionado a la novela policiaca, a los grandes clásicos del género negro, los Hammett, Chandler, Thompson o Goodis, cuyas obras parecen adquirir un nuevo valor después de que el prestigio de Sciascia permitiera reconsiderar esta literatura. No hacía falta, pero es cierto que este género siempre fue poco apreciado, a lo mejor por aquello que dijo Borges: “le faltaba la suficiente dosis de aburrimiento como para gustar a los críticos”.

La novela negra no está protagonizada por valerosos justicieros, no hay héroes sino profesionales más bien cínicos y en los límites de la legalidad que dan cuenta de la degradación y el fracaso de una sociedad. Los protagonistas de Sciascia, tal vez menos relevantes que los antihéroes de Hammet o Chandler, son también escépticos, la cualidad más importante que un racionalista ilustrado como Sciascia puede esgrimir contra el fanatismo.

“El caballero y la muerte”, escrita en el último periodo de su vida, está protagonizada por uno de esos personajes que no se resignan a la tranquilidad del desconocimiento, que no renuncian a descubrir la verdad. El Vice, como el propio Sciascia, se encuentra a las puertas de la muerte, ya ha perdido toda esperanza, lo único que le queda es la salvación por el conocimiento, mirar a la muerte con el mismo orgullo que muestra el caballero del grabado. La rebeldía es la misma que cuando pensaba que “el mundo podía cambiar de base” pero ahora ya no hay razones para la esperanza; el caballero mide sus fuerzas contra poderosos enemigos en lucha desigual y sabe que será derrotado. Nada va a cambiar, el Caballero avanza solo, con coraje incomprensible para los que tiemblan, avanza, según el hermoso texto de Jean Cau, hacia la nada: “Estoy más pesimista que nunca, o tan pesimista como siempre, porque no queda razón alguna para el optimismo”.

Otro gran escritor italiano, Alberto Moravia, no acababa de creerse ese postrero pesimismo de Sciascia: el que sigue escribiendo está dando muestras de ser un incorregible optimista, es alguien que piensa que las cosas todavía pueden cambiar. Un pesimista hubiera renunciado a la escritura, hubiera dejado que la mentira siguiera prosperando, nos habría evitado ese molesto centinela que denunciaba el fascismo que dirige nuestras vidas.

Puedo entender alguna de las críticas que se hicieron durante la tertulia, básicamente que el valor literario de la obra está claramente por debajo del contenido político o de la crítica social. Es evidente que Sciascia no es Balzac o Proust, pero no veo por qué el laconismo o la economía de medios, propios de la mejor novela negra, deban estar reñidos con la calidad literaria. Además, a Sciascia hay que leerlo con cuidado, madurando cada una de sus frases, de sus reflexiones sobre el poder, el dolor y la muerte. Nada hay tan peligroso como bajar la guardia, demasiado a menudo acabamos aceptando los hechos como inevitables: leer a Sciascia nos recuerda que la libertad no se regala, se conquista día a día.


sábado, 19 de diciembre de 2009

Zerópolis, la ciudad virtual







Solo en alguna ocasión, y con no demasiado entusiasmo, hemos planteado la posibilidad de abandonar por un momento las obras de ficción y comentar un ensayo que pudiera resultar sugerente. Tal vez nos hemos dejado arrastrar por la aridez, en comparación con la novela, que se le supone a este género y, dadas nuestras circunstancias, tendemos a huir de propuestas literarias demasiado didácticas. Craso error. La profundidad del análisis y el rigor en el proceso de reflexión en un ensayo pueden ir acompañados de un extraordinario goce estético o de una intensidad expresiva a la altura de la mejor novela. Dos italianos me vienen a la cabeza como ejemplos de lo que acabo de decir: Leopardi y sus “Zibaldone dei pensiero” no desmerecen en elevación estética a sus “Cantos” y pocas novelas sobre el Holocausto han alcanzado la intensidad demoledora de “Si esto es un hombre”, el conocido ensayo de Primo Levi sobre su experiencia en Auschwitz.

Si recuerdo ahora esta carencia en nuestras tertulias es porque me han recomendado con insistencia el segundo ensayo publicado por Anagrama del filósofo francés Bruce Begout. El argumento con el que he sido convencido es definitivo: “Lugar común. El motel americano” es incluso mejor que “Zerópolis”, el deslumbrante ensayo sobre Las Vegas que dio a conocer a Begout en España. Sobre “Zerópolis” pues me gustaría hablarles.

Francia se ha considerado la vanguardia del pensamiento europeo pero, al mismo tiempo, los franceses siempre han sentido particular curiosidad por todo lo que se cuece al otro lado del Atlántico. Desde Tocqueville, casi diría desde La Fayette, la cultura americana ha sido objeto de curiosidad y análisis por parte de nuestros vecinos. Bruce Begout es uno de esos intelectuales, el más reciente, que armado en la escuela fenomenológica de Husserl e influido por Baudrillard, Eco o Benjamín, ha intentado con “Zerópolis” un acercamiento crítico a los hábitos y las costumbres norteamericanas.

¿De qué trata “Zerópolis”? Pues de Las Vegas, la ciudad del exceso, del barroquismo estrafalario, una gigantesca máquina tragaperras en medio del desierto. Es un libro apasionante y profundo aunque hable de lo banal, porque la banalidad de Las Vegas es el horizonte que parece esperar a las ciudades del futuro. Begout muestra en Zerópolis un paisaje de brillante envoltorio, de continuo y casi agobiante divertimento (lo “fun”) que rechaza todo aquello que no sea meramente epidérmico, que elimina el raciocinio y cualquier posibilidad de reflexionar sobre lo absurdo de todo el entramado. Hay un análisis del sueño americano particularmente agudo realizado a partir de datos en apariencia nimios, de lo concreto o lo pequeño, de lo que parece irrelevante pero que va constituyendo una imagen tremenda de la cultura americana más vulgar. Y lo terrible es que Begout dice que “vamos” hacia Las Vegas, es más, que sin saberlo ya estamos en Las Vegas; en cierto modo, nuestras ciudades (no hace falta irse muy lejos) se han convertido ya en un circo. Uno no puede dejar de pensar, después de leer un libro sobre algo tan aparentemente ajeno como es la ciudad del juego desenfrenado, que la democracia en Occidente se está convirtiendo en algo de baja calidad, una especie de libertad de bajo costo al socaire de la globalización y la lógica del consumo.

Hay quién no es tan pesimista como yo y considera que Begout no pretende hacer de esta ciudad, este artificio descomunal y superficial, una metáfora de lo que nos espera. Las Vegas sería solo un parque temático que nos permite evadirnos, que nos protege de una realidad desagradable por medio de una ficción infantilizada que no nos deja pensar en nuestra propia miseria. Robert Venturi dice que la incoherencia y el exceso estético de este espejismo en el desierto son un logro de la posmodernidad; bien, es posible, pero a mi los monstruos generados por la posmodernidad me empiezan a parecer tan peligrosos como los que generó la razón.

Juan

martes, 8 de diciembre de 2009

Variedad de propuestas para la primera tertulia de 2010




La tertulia sobre El caballero y la muerte de Leonardo Sciascia tuvo lugar el pasado martes 1 de diciembre en el lugar de costumbre. Cinco miembros veteranos dieron la bienvenida a un nuevo contertuliano, Javier, profesor de filosofía en el I.E.S. Les Foies de Benigànim. El sentir general fue de que Siciascia era un buen escritor pero no todos alabaron la obra en cuestión. Tres sietes, tres seises y un cinco (éste otorgado por Rafa a posteriori pues no pudo asistir a la tertulia) fueron las puntuaciones, suponiendo una nota media de 6,3.
Para la siguiente tertulia se propusieron un amplio abanico de obras cubriendo varios siglos y un par de continentes. Desde clásicos de la literatura en castellano, como La Celestina, a clásicos de la literatura inglesa, como pueda ser El amante de Lady Chatterley, pasando también por autores de rabiosa actualidad como el Premio Príncipe de Asturias 2006 Paul Auster o el escritor estadounidense de origen judío Philip Roth. La diversidad de géneros está representada por la obra de ciencia ficción El hombre bicentenario, de Isaac Asimov.
¿Jugamos al quién es quién con las fotos de la cabecera? No creo que sea necesario. De arriba abajo: Asimov, Auster y Roth. ¿A que no era difícil?

lunes, 30 de noviembre de 2009

Todo debe cambiar....Escepticismo siciliano





En uno de los comentarios que hice en este nuestro blog, hablando de posibles escritores que podríamos considerar en la tertulia, nombraba casi oponiéndolos a Sciascia y Celine. En realidad se trataba de ilustrar mi proposición con un escritor italiano y otro francés, pero no caí en la cuenta de que, al menos en apariencia, son profundamente antagónicos y que acertaba al situarlos como representantes de dos actitudes ante la vida totalmente disímiles. Sciascia se negaba en rotundo, al menos eso decía él, a leer al colaboracionista Celine por razones políticas y morales. Debemos perdonárselo, el italiano llegó a creer, allá por sus tiempos de comunista activo, que el mundo podía cambiar incluso a mejor.

Sin embargo hay algo que une a los dos extraordinarios escritores, ambos se sentían seducidos por esa obra a veces maltratada que es “El gatopardo”, de Tomaso di Lampedusa. Desde posiciones diferentes, claro; Sciascia consideraba que Lampedusa pretendía desactivar cualquier esperanza de cambio, provocaba inacción y conformismo. Con el paso del tiempo, el viejo y enfermo escritor siciliano acabó contagiado de ese pesimismo vital que caracteriza a los de su tierra y nos damos cuenta, sin demasiada sorpresa, que el escepticismo de Celine no quedaba tan alejado del último Sciascia.

El culpable de tan triste y lúcida estirpe es el Príncipe de Salina, uno de mis personajes favoritos, incomparable en la impresionante presencia de Burt Lancaster. Salina es el mejor ejemplo del antihéroe, su concepción trágica del mundo no supone una respuesta heroica, no es una respuesta con la determinación del que defiende los valores de la sociedad en que vive. Pero esto no significa que sea una personalidad decadente, es verdad que es hijo de una tradición en trance de desaparecer, sin embargo no moverá un dedo por defenderla porque posee la cualidad de la lucidez. El estoicismo del mundo clásico tiene en Salina al último de sus representantes, el último porque se ha quedado solo, entre sus congéneres esa gloriosa tradición ya no existe y Salina se irrita con ellos por la cortedad de miras que muestran. Acaba convirtiéndose en un outsider al que repugna el presente, añora su pasado e intuye el porvenir. Su actitud nace del orgullo ante su superioridad y de la ironía del que no se cree el mundo en el que vive.

Me admira particularmente la posición distanciada ante lo que está ocurriendo. Dice Carlo Ginzburg que el extrañamiento, la distancia, es el único medio de superar las apariencias o de alcanzar una comprensión más profunda de la realidad. Salina ha comprendido que todo debe cambiar para que nada cambie, pero ni respeta ni comparte la voluntad de poder de los nuevos administradores, como su sobrino Tancredo y, desde luego, desprecia a esa nueva burguesía representada por Calógero basada en la especulación rural.

La escena del baile, maravillosamente escenificada en la película de Visconti, es una de las más hermosas e íntimamente emocionantes que he visto. El príncipe ha aprendido de los acontecimientos reforzando su talante escéptico y estoico, afianzando su sensación de desplazamiento. Es el distanciamiento lo que le proporciona serenidad y la lucidez de comprender que es un personaje del pasado, alguien que ya no encaja en el presente asumiendo su fin con enorme dignidad.

Esa misma dignidad la tienen los protagonistas de las novelas de Sciascia, aquello que tanto agradaba a Vázquez Montalbán: tal vez no haya demasiadas posibilidades de cambiar el mundo pero el mundo no va a librarse de que denunciemos el asco que nos produce.

martes, 24 de noviembre de 2009

La máquina del tiempo 100 años después




Se ha rumoreado la posibilidad de que una de las propuestas para la primera tertulia de 2010 sea La máquina del tiempo, de Herbert George Wells, publicada por primera vez en 1895. Cien años después se le propuso al escritor, también británico, Stephen Baxter escribir una continuación. Baxter aceptó el reto y escribió Las naves del tiempo.
El punto de arranque de esta novela se sitúa en el intento del Viajero de regresar al futuro y salvar a Weena de la muerte en el bosque en llamas. Su asombro es mayúsculo cuando llega a un lugar totalmente cambiado con respecto a sus recuerdos. La oscuridad es total, el Sol no sale nunca, y sólo viven morlocks en ese mundo. Prontamente el Viajero descubre que el hecho de que el relato de sus viajes fuese publicado en su época original ha modificado la realidad y cambiado el futuro. La Tierra se ha convertido en un mundo guardería para los niños morlocks. El resto se ha trasladado a la esfera que ocupando la órbita de Venus envuelve el Sol. Los morlocks han creado allí una sociedad utópica y tolerante donde no han olvidado adaptar lugares específicos para las distintas variantes que los milenios han creado en la humanidad.
Esta idea de una esfera de Dyson no es nueva dentro de la ciencia ficción. Esta construcción más qu faraónica supone de una vez por todas acabar con el problema del espacio. Se trata de construir una esfera alrededor del Sol y ocupar toda la superficie interior. Pero como a los morlocks no les va la luz solar ocupan la estructura interior y la superficie que da al vacío sideral.
Nuestro Viajero consigue engañar a uno de los morlocks para que lo devuelva a la superficie de la Tierra y recuperar allí su vieja máquina del tiempo. En todo caso, el morlock llamado Nebogipfel se le une en la aventura como polizón de la máquina.
El Viajero cree que al cambiar el futuro ha provocado la muerte de toda la gente que habría podido ser si él no se hubiese puesto a jugar con el tiempo. Así, con ese cargo de conciencia decide visitarse así mismo en el pasado y convencer a su yo más joven para que no construya la máquina. Pero las cosas no son tan fáciles como él se esperaba. El Londres al que regresa no es él mismo que él conocía. La guerra contra los alemanes se prolonga año tras año y las máquinas del tiempo son utilizadas por los dos bandos como arma en la guerra, pretendiendo cambiar el pasado siempre que la suerte de la guerra no les corresponde.
Las aventuras no acaban ahí, pues el Viajero y el morlock Nebogipfel todavía tienen que correr mil peripecias conociendo al matemático Kurt Gödel, viajando al Pleistoceno, cambiando totalmente la historia del planeta y viajando a un futuro tan lejano en el que el Universo vuelve a contraerse y un nuevo big bang les espera.
Las naves del tiempo no es una mala novela, pero es larga, cosa que implica una sucesión de altibajos en la trama y en la acción. Su longitud y su poca disponibilidad son en cambio los argumentos que me impiden proponerla. Por si acaso alguien tiene curiosidad y la encuentra...todavía me he guardado muchas sorpresas por desvelar.


Javi