domingo, 28 de abril de 2013

Una cuestión de honor. "El duelo", de Joseph Conrad.


Con cada obra de Conrad que cae en mis manos me convenzo más del lamentable error en el que he vivido durante mucho tiempo. Desde pequeño se acostumbra uno a ver relacionados los nombres de Conrad o de Stevenson con la literatura juvenil y, casi sin darte cuenta, acabas pensando que son autores menores, dignos para iniciarse en la lectura pero que se dejan de lado cuando pedimos algo más que emocionantes aventuras marinas.
Un error, ya les digo. De momento es muy probable que si llegas demasiado pronto a alguna obra de Conrad -les hablo por experiencia- te sientas perdido en el alucinante viaje hacia el horror que es "El corazón de las tinieblas". O te acabes impacientando, a pesar de su brevedad, con la calma que atraviesa toda "La línea de sombra". Pero al llegar a un cierto grado de madurez te das cuenta de que no estás simplemente ante un maestro de la aventura sino ante un artista de elaborado y cuidado lenguaje -propio de quien decide expresarse en una lengua que no es la suya- al que le preocupan la psicología de sus personajes, las motivaciones, los hechos siempre contradictorios que conforman la existencia humana. En su magnífico prólogo a "El negro del Narciso" -una joya literaria en sí mismo y toda una declaración de intenciones- Conrad apela al objetivo más noble de una obra de arte: la búsqueda de la esencia, de lo que es perdurable, descubrir la verdad y exponerla a la luz. Por haber alcanzado estos objetivos de la manera más sencilla tengo devoción por "El duelo", porque carece de artificio y porque con una admirable economía de medios dibuja una obra arrebatadora, un relato puro que nos conduce a las zonas más oscuras del alma, allí donde encontramos las motivaciones -no siempre dignas- de nuestros actos.

“El duelo” (o “Los duelistas”) es la historia de una lucha que no parece tener final, disputada en diferentes momentos y lugares porque los dos soldados del Ejército napoleónico enfrentados escapan una y otra vez a la muerte. Conforme avanza el relato nos vamos dando cuenta, como D'Hubert, uno de los duelistas, que la inquina que siente el otro contrincante, Feraud, va más allá de la difusa ofensa que dio origen al primer duelo. Feraud está poseído por una obsesión que en apariencia se origina en el honor mancillado, aunque la realidad es más compleja, un conflicto en el que se mezcla la locura y el odio de clase. Con poco esfuerzo, y conociendo el escaso gusto que tenía Conrad por la violencia revolucionaria, podemos identificar la obsesión de Feraud -en "Los duelistas", la espléndida película de Ridley Scott se remarca esta idea en su escena final- con las ansias de dominio de Napoleón que llevaron a Francia al desastre.


No niego la asimilación napoleónica, incluso -a pesar de las ideas de Conrad- creo que hay cierta fascinación por el bonapartismo que puede rastrearse también en la posición mucho más escéptica de D'Hubert. Sin embargo no es la cuestión política -muy leve- lo que me cautiva del relato, sino un hecho que podemos situar en nuestros temores más íntimos: la fatal irrupción de lo inesperado. Ni la agudeza ni el valor de D'Hubert son capaces de oponerse a un encadenado de acontecimientos que le desbordan y se aferran a él para siempre. Es lo que Maquiavelo llamaba “la fortuna”, a la que el príncipe más virtuoso está sometido y que es capaz de alterar cruelmente un destino que se antojaba esplendoroso. Y todo por un “asunto de honor”, el que Feraud entiende que ha sido robado por D'Hubert, al ir a arrestarlo, y el que impide al propio D'Hubert eludir la fatalidad en la que se ve envuelto.

 
El destino reservado a D'Hubert pone en juego los estrechos límites que hay entre la integridad y la cobardía, de ahí que nos situemos inmediatamente en la perspectiva de un personaje que ve perturbada su estabilidad ante lo inesperado y tiene que actuar en consecuencia, salvando su dignidad y su honor. Pero Conrad introduce un elemento que dota al relato de un evidente contenido irónico, más allá de la simple crítica antibonapartista: el enfrentamiento entre los dos húsares, que adquiere caracteres legendarios a ojos de sus compañeros de armas, surge de un motivo que es cada vez más difuso y absurdo.

En la guerra no existe la lógica o la razón, a menudo se origina por un asunto que, al final, nadie sabe muy bien cuál es pero acaba atrapando a los contendientes en una red infernal de la que resulta imposible escapar. Ante esto hay quien asume el combate permanente como su estilo de vida y es incapaz de concebir otro modo de justificar su existencia; en “El duelo” encontramos un ejemplo de este tipo de personas, es la obcecación y violencia de Feraud opuesta a la sensatez, el equilibrio y la moderación de D'Hubert. A pesar de que acabamos comprobando que ambos personajes son casi complementarios y que cada uno de ellos dota de sentido al otro, podemos identificarlos como arquetipos de dos posiciones ante la vida radicalmente diferentes. Por un lado los que tienen como objetivo imponerse a los demás mediante la violencia, por otro los que piensan que la paz y la convivencia son posibles, aunque para ello haya que ganárselas haciendo frente a los fanáticos de turno.

Seguramente esta asimilación no corresponde con los personajes creados por Conrad pero, no sé, a lo mejor la vida no es más que una disputa entre los D'Hubert y los Feraud. Vivimos en una democracia secuestrada en la que el debate de ideas no tiene cabida; como Napoleón, tras su 18 de Brumario, las instituciones nacidas para asegurar la democracia han acabado convirtiéndose en una farsa, mientras los debates en los que nadie se escucha ni quiere entender escenifican un simulacro en el que lo único que cuenta es machacar al otro. Estamos rodeados de individuos que solo admiten el combate para aplastar al enemigo y apaciguar su rabia, incapaces de convencer a la ciudadanía sin coacciones ni mentiras. Pero hay una diferencia importante entre los Feraud de hoy y el personaje de Conrad: a aquellos les falta valentía para llevar sus convicciones hasta el final y son muy capaces de recurrir a métodos que al mismo Feraud le causarían repugnancia. En estos tiempos el honor ni siquiera sirve de excusa.

domingo, 31 de marzo de 2013

Jakob von Gunten: Ser un cero a la izquierda.


Para alguien que se dedica a la educación, o para cualquiera que no mire hacia otro lado ante los problemas de la enseñanza en su país, el comienzo de “Jakob Von Gunten” suscita de inmediato el interés por aquello que pretende contarnos Walser sobre el tema. El tono que marca ese inicio parece claro, nos espera una dura reflexión acerca de la socialización del individuo, sobre el papel de una escuela castradora que deforma ciudadanos sumisos e irrelevantes.



 
En mi opinión, esta idea no queda desmentida por el texto, ocurre que Walser tiene su propia forma de ver las cosas. Estamos ante un creador literario de primer orden que ha decidido escamotearnos el conflicto narrativo; cualquier intento de someter el relato a esquemas que nos resulten conocidos se salda con el más completo fracaso y el texto se acaba escapando entre los dedos, sin posibilidad de encontrar una crítica trabada o la propuesta coherente que diera sentido a la obra. Walser nos deja en suspensión, un poco perdidos entre la galería de caracteres descritos con precisión y elegancia extraordinaria, hasta que acabamos entendiendo que el relato no es en modo alguno unívoco, pero tampoco la prosa desarticulada que aparenta.


.
 

Escribió Nietzsche, al que algunos indocumentados siguen considerando el padre espiritual del nazismo, que “los educadores del hombre quieren a todo individuo siervo, poniéndole siempre ante la vista el menor número de posibilidades”. En la escuela Benjamenta, la institución que constituye el particular universo de Jakob, se aprende a ser un siervo, a someterse. Es fácil establecer paralelismos y fijarnos en el modo en el que suelen desempeñarse/nos los ciudadanos de las actualísimas democracias liberales. La inquietante docilidad de la población parece el resultado de una terrible distopía en la que un nuevo fascismo ha hecho casi innecesarios los aparatos de represión física, no hacen falta porque cada uno ha interiorizado la obediencia al poder. No es una ficción, es la realidad, y en la apatía que nos invade una gran parte de responsabilidad es de la escuela, cómplice en la forja de una conciencia global asentada en el acriticismo y el pánico a la disidencia.
 
 



En Walser hay que descubrir lo que subyace al texto, el hilo narrativo casi desaparece pero cualquiera que haya leído una de sus obras se da cuenta del enorme poder que tiene su lenguaje, el efecto casi mágico de sus palabras. La interpretación que le queramos dar depende de los intereses de cada uno y a mí, con la que está cayendo, me preocupa la incapacidad para decir No ante la injusticia. De ahí que vea algo muy parecido a lo que explica Susan Sontag, un poco disimulado rechazo al poder, tal vez no con intención de cambiar el orden social sino con el agobio de quien se ahoga en la obediencia y trata de aligerar esa sensación por medio de la ironía. Walser se defiende, no critica, se arma frente a la adversidad y frente al gran problema del hombre contemporáneo: la alienación y la despersonalización. El paralelismo con la actual democracia de mercado me parece obvio, el proceso de socialización del que se nos habla en Jakob Von Gunten llevaba directamente al “hombre sin atributos” de Robert Musil, una estirpe de seres abúlicos, sin voluntad, que se entregarán en manos de la nueva identidad liberadora que ofrecía el nazismo.

 
La cuestión que dota a la novela de su inefable ambigüedad es la actitud del protagonista. Estoy convencido de que Walser nos está contando un proceso de deshumanización que transforma a Jakob en un hombre sin atributos, como otros muchos que serán pasto del nazismo; lo que provoca extrañeza es que Walser parece sugerir que esto es inevitable, e incluso deseable. No estoy diciendo que Walser considerara necesaria la barbarie nazi –todo lo contrario-, nuestro autor se limita a describir algo que conoce bien y que, en un hombre acostumbrado a la humillación y a la huída, le iba a permitir llegar a un estado al que aspiraba con cierta paradójica altivez: ser un cero a la izquierda.
 
 

He tenido que leer por segunda vez la novela para ver si era posible desenmascarar el juego de Jakob: la sensación de que el protagonista se está quedando con todos es cada vez mayor. Intenta hacernos creer que su primera rebeldía era estúpida pero no acaba de conseguirlo, es un observador demasiado agudo que ironiza continuamente tanto sobre sus camaradas como sobre la desagradable realidad que le rodea. La ironía es el más poderoso corrosivo frente a los criterios establecidos, la forma de rebelarse y de manifestar las ansias de libertad contra la maquinaria represiva que nos convierte en seres sometidos al poder. Esto es lo que hace un tipo que nunca será capaz de asumir una lucha frontal, resistirse a la aniquilación mediante el humor y la burla, hasta llegar a la última solución posible: escapar con la imaginación hacia un desierto en el que se pueda vivir desarraigado de todo. Jakob acaba escapando porque no sabe luchar, “es mucho más refinado someterse”.
 



Tengo la impresión de que cada vez importa menos si los niños aprenden o no en las aulas a ser más sabios y mejores personas. Si hay un lugar en el que empieza a construirse la democracia ese es la escuela y, sin embargo, sin que podamos oponer una resistencia eficaz, la enseñanza es hoy más segregacionista y más proclive a alimentar la brecha social. Me cuesta creer que vayamos a someternos sin rechistar a esa degradación de la que hablaba Walser, aunque ahora se disfrace de democracia virtual y nos ofrezca la trampa de la libertad de consumo.



    Walser ha sido para mí un descubrimiento, un autor de sutilísima escritura, de momentos de lucidez suprema y premonitorio respecto a la condición del hombre contemporáneo; creo que todos somos un poco Jakob von Gunten, porque es mucho menos doloroso utilizar un instrumento tan potente como la imaginación para escapar de la fealdad cotidiana que alzar la voz y enfrentarse a la realidad. Pero no quisiera lamentarme como Walser, desde la triste comodidad de un sanatorio psiquiátrico, por el ascenso de un nuevo fascismo que fue aceptado sin apenas darnos cuenta.
 



viernes, 8 de febrero de 2013

Houellebecq, protagonista de la próxima tertulia.


Polémico, excéntrico, políticamente incorrecto, el más reciente premio Goncourt, Michael Houellebecq, está rodeado de un halo de malditismo que a juzgar por su éxito editorial parece el diseño de una excelente campaña publicitaria.

 Con “El mapa y el territorio” ha conseguido que la crítica olvide sus salidas de tono provocadoras para ponerse de acuerdo sobre la importancia de esta novela. Está visto y comprobado que las opiniones en nuestra tertulia, como los intereses, son de lo más variopinto; es de esperar que Houellebecq provoque controversia, desde el entusiasmo ante el innovador genial, hasta aquello que escribió el autor de un famoso libelo contra los franceses: “Su vanidad fue siempre mayor que su talento”.
 

viernes, 25 de enero de 2013

Al Ma'arri, el Cioran árabe.


En uno de los muchos alegatos antirreligiosos publicados en Francia, “tierra prometida” del laicismo, un diplomático israelí llamado Elie Barnavi analiza las diferentes religiones del Libro y critica con particular virulencia el Islam, la menos compatible con la razón, la más peligrosa al quedar estancada en la Edad Media y no haber podido soportar el choque con la modernidad. El libro es un tanto tendencioso, de ahí la polémica que suscitó: viene a decir Barnavie que ese rechazo radical de la razón es el que ha provocado el surgimiento del fundamentalismo revolucionario, derivado de la irremediable confusión coránica entre lo espiritual y lo temporal.
 


He de confesar que algo de razón le concedo al publicista israelí, aunque personalmente me parecen tan despreciables los delirios judío y cristiano como el fundamentalismo islámico. Y, desde luego, no considero que sean menos peligrosos. Sin embargo, si tengo que justificar alguno de ellos, sin duda me decantaría por el Islam; será porque pienso en la razón del explotado que reacciona de manera imprevisible y caótica, sin ser capaz de elaborar un discurso racional. O tal vez mi simpatía se deba al recuerdo de Al Andalus, nuestra cultura andalusí tan delicada y tolerante frente a las brutales y dogmáticas sociedades del norte. Hay quien pretende desmitificar esta hermosa utopía de la España islámica; de acuerdo, tal vez no responda a la realidad, pero sospecho cierto casticismo cristiano en los detractores… y algo de resentimiento. Al Andalus sigue viéndose como una civilización ajena, los verdaderos españoles estarían en las montañas del norte adorando a la virgen de Covadonga, los otros son moros y traidores que nos robaron un país que hubo que reconquistar con la decisiva ayuda del apóstol Santiago. Sin hacer caso a esta versión reaccionaria de los acontecimientos, aunque siendo rigurosos y objetivos, hemos de admitir la extraordinaria efervescencia del Islam clásico, pero también que no tuvo continuidad. Los partidarios del dogma triunfaron sobre las corrientes racionalistas y el debate teológico quedó sofocado. La norma en las sociedades islámicas quedó establecida y cualquier ley que se apartara de las palabras y los ejemplos del profeta quedaba deslegitimada, solo el Coran encierra toda la verdad, la crítica racionalista no tiene cabida.
 
 
Esta circunstancia dificulta encontrar un pensador musulmán que pueda resultar cercano a escépticos irredentos, alguien en quien reconocer ese pesimismo lúcido que en Occidente surge a partir de la crítica a los dogmas cristianos. Por eso es extraordinario el caso de Al-Ma’arri, poeta y filósofo apenas conocido por algunos privilegiados, especie de Cioran árabe que transmite sus profundas dudas sobre el sentido de la vida y se manifiesta harto de una existencia que no es sino sufrimiento. En sus poemas, de un pesimismo aplastante, expresa sin ninguna vana ilusión lo absurdo de la vida y plantea que, siendo ésta una carga, es sorprendente que haya gente que quiera prolongarla. Al Ma’arri es el más terrible develador de la existencia que haya escrito en el ámbito islámico, hasta el punto de considerar un crimen tener la intención de engendrar hijos. Casi descubrimos un punto de orgullo cuando escribe:
 
“Lo que mi padre perpetró contra mi yo no lo perpetré contra nadie”
 
Uno de los más entregados admiradores de Al-Ma’arri es el escritor colombiano Fernando Vallejo. A Vallejo le repugnan todas las religiones, tal vez por eso encumbra aún más a Al-Ma’arri, por ser lo más opuesto a lo que, para el autor de “La puta de Babilonia”, es la infamia consustancial de la religión musulmana. La obra de Al-Ma’arri representaría una suerte de desprecio monumental contra la casta religiosa del Islam, desprecio del que no salva al profeta, negándole el monopolio de la verdad, además de considerar absurdo el precepto de ir a La Meca en peregrinación para besar una piedra negra. Por supuesto no solo reparte entre los musulmanes,  Al-Ma’arri pensaba que los cristianos eran estúpidos por adorar a un dios torturado y escarnecido, igual que los judíos, creyentes en un Ser Supremo al que le gusta el olor a la carne asada. Lúcido impenitente, afirmaba que los libros sagrados no son más que un montón de cuentos y documentos espurios que nada tienen que ver con Dios, seguramente adulterados por los jerarcas de las tres grandes religiones, hipócritas ávidos de poder y de riquezas. Castas pervertidas y fieles que los mantienen, unos necios que aceptan dócilmente lo que los clérigos les dicen que tienen que creer.
 
El análisis de Vallejo nos dibuja a un auténtico out-sider, un blasfemo nihilista dispuesto a derribar cualquier ídolo que se le ponga por delante. Seguramente se deja llevar por el entusiasmo, lo que podemos confirmar leyendo “La epístola del perdón” es que Al Ma’arri es un polemista hábil, con una concepción de la existencia muy negativa, pero no un ateo iconoclasta. Hay un punto de escepticismo que no puede disimular y nada tiene que ver, muy al contrario, con esos pensadores del Islam llenos de prejuicios, que dejaron de lado la libertad de conciencia, renunciaron a las libertades políticas y pusieron barreras al libre conocimiento. Contra todo esto protestó Al-Ma’arri en cuanto empezó a percibirlo en su tiempo.
 
Fuera un ateo y un rebelde o un creyente estricto que aspiraba a la regeneración del Islam, lo cierto es que fue acusado de incrédulo y sus opiniones calificadas de oscuras y ambiguas. Leyendo poemas como este no puede extrañarnos en absoluto la desconfianza que generaba:
 
“La vida es toda ella una carga.
Lo sorprendente es que haya quien desee prolongarla.
La tristeza a la hora de morir
es doble que el gozo a la hora de nacer.”
Y estoy tentado en darle la razón a Vallejo con este poema, incomprensible que se librara de una dura condena por herejía cuando tales palabras llegaran a oídos de los guardianes de la religión:
”No des crédito a los dichos de los profetas,
son falsedades que ellos mismos compusieron.
La gente vivía tranquila hasta que vinieron ellos
y con su sinrazón los atormentaron.”
En todo caso ¿No está diciendo Al Ma’arri aquello que consideramos necesario para establecer cualquier plan de convivencia? Reclama el intelecto como conductor y gobernante del hombre, el que debe imperar en todas las cosas. Pensar esto no nos impide ser pesimistas sobre la sociedad civil, incluso ser conscientes de que nuestro destino depende bastante más de la fortuna que de aquello que podemos elegir por nosotros mismos. Aún así, Al Ma’arri no insta a la inacción sino a mantenernos alerta y rechazar con decisión todo tipo de principios y verdades supuestas que han sido introducidas por ignorantes. Sí, es muy probable que el entusiasmo de Vallejo esté más fundado de lo que pensaba:
“Los musulmanes, extraviados; los cristianos, desviados; los judíos, equivocados, y los persas perdidos. El mundo se compone de dos clases de hombres: religiosos sin inteligencia e inteligentes sin religión”.
 


viernes, 18 de enero de 2013

Una tertulia sobre Walser


En torno a una generosa fuente de “pescaíto frito” y ensaladas –por variar, en lugar de las consabidas salchichas y como protesta frente al imperialismo alemán- se reunió la tertulia en Játiva, con la sensible ausencia de Javi, socio fundador y elemento clave a la hora de poner algo de raciocinio cuando el diálogo empieza ser un desvarío por los efectos de la cerveza.

Nuestro humilde objetivo era aproximarnos al peculiar universo de Robert Walser, uno de los escritores con más capacidad para escabullirse de cualquier intento por interpretar su literatura. Es muy probable que Walser, ajeno a todo tipo de elogio y nada interesado por dejar una obra trascendente, hubiera estado de acuerdo con el escaso entusiasmo que ha despertado su novela en los tertulianos –entusiasmo del que yo sí participo, con la modestia que exige Walser-. Cierto es que el impactante comienzo de “Jacob von Gunten” podía hacernos esperar una terrible diatriba contra una educación represora, algo a lo que acogernos en tiempos tan malos para la lírica como estos, pero lo que nos encontramos es una obra evanescente, que no ofrece asideros para una crítica social articulada, tan carente de énfasis que a algunos nos quedó la sensación de que acaba resultando demoledora, mucho más que otras con intenciones evidentes.

No se extrañen por la sugerente fotografía que cierra este comentario, Walser da pie a que imaginemos a Lisa Benjamenta, personaje en parte real, en parte ensoñación, como la profesora que nos hubiera gustado tener, aunque nos convirtiera en hombres sin atributos, dispuestos a hacer dejación de nuestra libertad en un imbécil con bigote, chillón y acomplejado.

viernes, 4 de enero de 2013

SOLARIS Y LA TEORÍA DE LA COMUNICACIÓN


Fundamentalmente Solaris es una novela sobre la comunicación. En este caso sobre lo difícil de comunicarse con algo que nos es totalmente ajeno. La única herramienta de la que disponen los humanos es el método científico, tradición nacida con los filósofos griegos y que nos ha llevado hasta nuestro nivel actual tecnológico, pero que es puesto a prueba con resultados bastante confusos, difíciles de analizar e imposibles de cuantificar.

El tema del contacto con civilizaciones extraterrestres viene de lejos, desde La guerra de los mundos (1898) de Wells aunque la comunicación establecida por los marcianos nazca a partir de la violencia. Mucho se ha escrito sobre el tema desde entonces y no siempre los extraterrestre se han acercado a nosotros con fines de conquista, pero una de las constantes que aparecen en este tipo de relats es la antropomorfización de los alienígenas en cuestión, atribuyéndoles motivaciones humanas como pueden ser la conquista de territorios, la obtención de poder, la envidia, el afán de venganza e incluso la necesidad de hacer el bien. El aspecto exterior de los extraterrestres está más conseguido, es más fácil hacerlos distintos de los humanos, e incluso hacerles respirar gases distintos del oxígeno o construirles ciudades submarinas, pero ya es más complicado idear estructuras sociales y sistemas socioeconómicos totalmente ajenos a los que ya conocemos.
El cine también ha tratado en múltiples ocasiones el tema del primer contacto. No siempre vienen a apoderarse de nuestro planeta, aunque son múltiples las cintas estrenadas con esta premisa. A todos nos viene a la cabeza E.T., por supuesto, que es capaz de sobrevivir en un planeta extraño (para él) totalmente desnudo, de respirar el aire de la Tierra sin problemas, de tener una laringe capaz de emitir sonidos similares a los humanos y de vocalizar, de tener unos ojos ajustados a las mismas longitudes de onda que los humanos, además de tener una gran capacidad de síntesis comunicativa, siendo capaz con tan sólo tres palabras de emitir un mensaje de suma complejidad: "teléfono...mi casa".
Los humanos que se topan con los extraterrestres creados por Lem lo tienen mucho más difícil para hacerse entender. En tres de sus novelas (Edén, Fiasco, Solaris) los protagonistas procedentes de la Tierra se enfrentan a situaciones que no son capaces de aprehender en su totalidad pues pronto se dan cuenta que interpretarlas bajo parámetros humanos los lleva a cometer graves errores. No todos los edificios donde se juntan sustancias para conseguir otras nuevas y se ensamblan para obtener nuevos objetos son fábricas, no todos los estados tienen que tener un gobierno de tipo capitalista o socialista. En Fiasco no se tiene ni siquiera claro cómo son los extraterrestres ni siquiera si están camuflados con el paisaje, o si los tienen delante sin poder detectarlos.
Comunicarse con entes totalmente ajenos a la humanidad es una tarea sumamente complicado, cosa que aprendemos rápidamente en las novelas de Lem antes mencionadas. Es entonces cuando aceptamos la falibilidad del método científico, pero es que a la hora de enfrentarnos a lo desconocido no tenemos otra cosa.
Kelvin y compañía en Solaris intentan enfrentarse a las apariciones solarianas como mejor saben: emitiendo radiaciones y haces de neutrinos, pesando, midiendo, ensayando y errando. A pesar de todo el final es medianamente optimista. Siguen sin comprender cómo funciona la mente del súper ser llamado Solaris, pero al menos le han hechos reaccionar a la presencia humana, causa y efecto. Todo es un principio.

jueves, 3 de enero de 2013

Solarística.

Cuando aún me hacía gracia el pesimismo metafísico de Savater y hasta respetaba su peculiar anarquismo un poco castizo, recuerdo haberle leído un artículo bastante apropiado para empezar a comentar Solaris. Más o menos venía a decir que todos tenemos en la cabeza una catástrofe imposible de apartar, nuestra única aspiración es que, al menos, no nos impongan catástrofes ajenas. En realidad la idea no es de Savater, utilizaba una cita de nuestro viejo conocido Bernhard (en “Trastorno”) para lanzar una crítica contra el efecto pernicioso de religiones e ideologías totalitarias. Savater ha acabado siendo un poco cargante pero la idea de que nuestra conciencia alberga una crisis que nos atormenta creo que es muy acertada. Además, a poco que conozcan la obra de Lem, se habrán dado cuenta de que ese es también el elemento del que se sirve el único y oceánico habitante del planeta que da nombre al relato para establecer contacto con los humanos.

El tema del contacto con inteligencias alienígenas es uno de los más repetidos en la ciencia ficción, pero me parecería un reduccionismo muy vulgar hablar de Solaris simplemente como una muestra del género, tan absurdo como considerar “La metamorfosis” de Kafka una novela de fantasía y terror. La ciencia ficción es la excusa, adecuada por ofrecer un ambiente neutro, sin ubicación temporal precisa, para desarrollar una reflexión metafísica sobre los límites de la conciencia. Es el límite del conocimiento un tema básico de la filosofía y de capital influencia en la mentalidad romántica, de hecho hay algo en la novela que me recuerda uno de los elementos más característicos del romanticismo: el hombre frente a la inmensidad de la naturaleza, como en los cuadros de Friedrich, con individuos de espaldas al espectador que parecen sumidos en la melancolía mientras contemplan la imponente naturaleza.

Hay inquietud en esos personajes, la misma que provoca la contemplación del océano de Solaris. Kelvin podría ser una de esas figuras frente al mar, al mismo tiempo seguras de la potencia del espíritu humano –podríamos decir, del desarrollo científico- pero intuyendo a la vez que en nuestra propia conciencia hay un margen que se nos escapa, algo que no somos capaces de entender y que resulta atrozmente inquietante. Por muy beneficioso que haya sido el progreso tecnológico, nos resulta insuficiente cuando se trata de abordar nuestros conflictos internos, la catástrofe que alberga nuestra mente.

La quiebra interna de Kelvin y sus compañeros será utilizada por el océano, el plasma magmático del que hablan los científicos terrícolas, para establecer su particular contacto con los extraños. Esa entidad viva, que es el planeta mismo, tiene la extraña capacidad de leer las conciencias para enviar en forma de “visitantes” la representación física –constituida a partir de neutrinos- de quien ha provocado cada particular crisis interna. ¿A quién nos remite Lem con el océano de Solaris? ¿Es la imagen de un Dios que experimenta, que nos provoca la confusión sobre cualquier evidencia? Reconozco que me seduce la imagen de un Dios despreocupado y ajeno que se divierte con sus criaturas de vez en cuando, es mucho más divertido y coherente con este perro mundo que el Dios benefactor y providente de las grandes religiones organizadas. La imposibilidad de comprender los actos de ese Dios, por su mismo carácter absurdo, torna en ineficaz cualquier intento de descubrir un orden en el universo. Lo que parece sugerirnos Lem en Solaris es que no somos más que partículas insignificantes en un universo incomprensible, el verdadero problema no es el cosmos, somos nosotros mismos

Son muchas las lecturas que pueden hacerse de Solaris, las buenas novelas se distinguen por esa peculiaridad y, sobre todo en este caso, uno tiene la sensación de que se han planteado muchas preguntas pero apenas has obtenido alguna respuesta. Me atrevo a sacar una pequeña enseñanza: Situémonos frente a nuestra particular Harey, igual que hace Kelvin, frente a frente, como un espejo, y tratemos de reconciliarnos con esa fisura o al menos aprendamos a convivir con ella. Al final Savater tenía razón, es el camino más seguro para evitar que los delirios de alguna otra mente enferma se conviertan en doctrinas de salvación o en brutales proyectos de regeneración nacional.