sábado, 27 de julio de 2013

El vino y la luna. "Rubaiyat", de Omar Khayyam.


Es propio de nuestra condición construir ilusiones para hacer soportable la existencia en un mundo absurdo; incluso si uno tiene la desgracia de haber interiorizado más de la cuenta los fundamentos de una mentalidad religiosa, es preciso levantar defensas frente a la sensación de que somos culpables desde nuestra caída en el tiempo. Siguiendo a Ciorán, se diría que la existencia se ha puesto amablemente al servicio de nuestra tristeza. Quienes se acostumbran al fracaso puede que se se acerquen más a la verdad, pero la conciencia de la nada, que proporciona un cierto orgullo irónico, no deja de ser otro recurso para no caer en el abismo.

 
A pesar de todo prefiero este desesperanzado orgullo al estúpido convencimiento de que la vida tiene sentido, porque no hay acceso a la lucidez si no asumes que el sabio está hecho de dudas, contradicciones y muy pocas certezas.
 


"Puesto que ignoras lo que te reserva el mañana, esfuérzate por ser feliz hoy. Coge un cántaro de vino, siéntate a la luz de la luna y bebe pensando en que mañana quizá la luna te busque en vano".


Estos versos son parte de las Rubaiyyat de Omar Khayyam, el más grande de los poetas persas, también el más contradictorio y lúcido. Reconozco que la poesía de Kayyam me conmueve profundamente, a pesar de que nunca he sido demasiado sensible al lenguaje poético, y es que veo en este personaje una desesperanza que se me antoja es la de todos los hombres, la que nos revela nuestras contradicciones e impulsos más íntimos.

 
Rubaiyat es una recopilación de pequeños poemas en forma de cuartetas que, probablemente, ni siquiera estaban destinados a hacerse públicos. Hablan del instante presente, de la belleza, del vino.... de una forma tan exquisita como solo puede hacerlo quien es capaz de trocar en poesía la desesperación y la angustia, aunque no está exenta de cuestionamiento y requisitoria contra todo lo establecido, de burla contra la intolerancia. No hay verdades establecidas y nada podemos afirmar, solo nuestra independencia irreductible frente a Dios y frente a las leyes que han hecho los poderosos.
 

Khayyam hubo de vivir tiempos difíciles, en medio de la lucha entre dos personajes de destino glorioso que acabaron enfrentados. Persia, en proceso de asimilación por el Islam, estaba dividida entre la revolución social propugnada por el llamado “Viejo de la Montaña”, jefe de la secta de los “asesinos”, y la defensa del orden representada por Nezam al Molk, gran visir del sultán selyukida. Aunque bajo la protección del visir, Khayyam era amigo de ambos y desarrollaba su labor como matemático con total independencia, libre de reglas impuestas y ajeno al fanatismo que le rodeaba. En esta situación de relativa seguridad puedes despreocuparte de tu integridad física, cosa que no deja de ser importante en sociedades conflictivas como la persa, para reflexionar en profundidad sobre los asuntos esenciales que acucian al ser humano. Ni el mundo objetivo de las matemáticas, donde alcanzó cotas de sabiduría extraordinaria, ni el incierto y doloroso mundo material le proporcionaron las respuestas que precisaba. Asumió la imposibilidad de descubrir nada que no fuera lo absurdo de la existencia, un resultado desolador que Khayyam convierte en altivo escepticismo en una de sus más inolvidables rubaiyat:


El mundo inmenso: un grano de polvo en el espacio. Toda la ciencia de los hombres: palabras. Los pueblos, las bestias y las flores de los siete climas: sombras. El fruto de tu constante meditación: la nada.”
 

La admiración por Khayyam no procede únicamente de su extraordinaria lucidez sobre la condición humana, es su radical independencia, la resistencia a ser sometido por los guardianes de la fe o monopolizado por los sufís -que pretendían hacerlo uno de los suyos- Al fanatismo de los religiosos contestaba con la burla, incluso pidiendo cuentas a Dios por haber sido el Supremo hacedor de un mundo tan lamentable. De los sufís le separaba el gusto por el hedonismo, una vez asumida la imposibilidad agobiante de encontrar más verdad que la agradable frescura de un jardín o la consoladora sonrisa de una danzarina.
 
 
 

Rubaiyyat es de esos libros que recupero con frecuencia, cuando tengo la sensación de que las cosas son demasiado dramáticas y conviene buscar la tranquilidad necesaria para reconciliarse con la existencia. En Khayyam encuentro la sinceridad del desengañado que sabe transformar el dolor en indiferencia comprensiva, la mirada escéptica de quien se niega a ser avasallado por poderes espirituales que se le escapan y que no le proporcionan la felicidad de una copa de vino a la luz de la luna.
 
Decídete a no contemplar más el cielo. Cuida que te rodeen gráciles doncellas y acarícialas. ¿Tienes dudas? ¿Conservas todavía la tentación de suplicar a Dios? Antes de ti, otros seres le elevaron fervientes oraciones. Todos partieron ya y no se sabe si Dios les escuchó”.
 

 



 


viernes, 10 de mayo de 2013

Houellebecq, profeta del desaliento: "El mapa y el territorio".


En la presentación de la obra de Houellebeck que protagonizaría nuestra siguiente tertulia, me planteaba si estamos ante un escritor de primer orden o ante un autor cuya vanidad supera ampliamente su calidad artística. No es cuestión de resolver con un juicio sumario, y a partir de una sola obra, la decisión de lanzar a Houellebeck al pozo de los farsantes literarios, entre otras cosas porque carezco de la legitimación suficiente como para despreciar a un creador cuyas virtudes y conocimientos superan hasta lo infinito las de este pobre patán que les habla. Dejo bien claro pues que Houellebecq me parece un escritor de raza, con un talento superior y, fiándome de las informaciones recibidas de gente que conoce bien su obra, estoy convencido de que está entre los escritores más importantes de la actualidad. Mis impresiones se limitan a “El mapa y el territorio”, la novela por la que Houllebecq, tan discutido como admirado, consiguió el máximo premio de las letras francesas, circunstancia sobre la que lanzo la pequeña duda que me asalta siempre cuando se concede el oscar a un famoso actor que, con una carrera avanzada, había sido hasta entonces olvidado por la Academia.


 
 
A ver, he leído críticas ditirámbicas sobre esta novela.... que si una poderosísima reflexión sobre la vida, que si un tratado sobre arte contemporáneo, que si la genialidad de Houellebecq retratándose a sí mismo. Pues bien, debo ser un tipo con sensibilidad escasa para determinados alardes de genialidad, porque lo único que he descubierto es una obra bien escrita, poco complicada, fluida en su desarrollo, que evoluciona desde una serie de elucubraciones sobre arte moderno hasta convertirse en una especie de novela negra resuelta de manera discutible y con un epílogo final, en plan desesperación nihilista, que apenas te saca de la indiferencia.

 

Vayamos por partes. El protagonista de la novela es un fotógrafo llamado Jed Martin, versión Houllebecq de aquel Josep Torres Campalans del que se sirvió Max Aub para elaborar su particular crítica hacia la especulación comercial del arte contemporáneo. La creación de Houllebecq no es tan elaborada ni pretende engañar al lector sobre la veracidad del personaje, Jed Martin es un artista poco vocacional que inicia un irresistible ascenso en el mundo del arte gracias a su habilidad fotografiando mapas Michelín. Un mérito artístico tan peculiar como descubrir belleza en los encuadres de un mapa Michelín, deja pocas dudas sobre el carácter irónico del personaje y nos predispone para una crítica sustanciosa hacia determinados movimientos artísticos de valor discutible. En efecto, hay una crítica que algunos dicen descarnada hacia el mundillo del arte, y hacia determinada élite social francesa, a través de una serie de personajes más o menos relevantes con los que se va encontrando Jed Martin.
 
 

Es posible que en sus obras anteriores Houllebecq se haya mostrado como un acerado crítico de la sociedad actual, supongo que por eso ha adquirido esa imagen de enfant terrible y por eso sus opiniones tienen notable relevancia mediática, incluso causando cierto escándalo (por aquello de la misoginia, la forma de tratar el tema sexual, el evidente rechazo al Islam); pero si esperábamos una diatriba agudísima hacia la banalidad de un arte supuestamente moderno, elevado a los altares por galeristas sin escrúpulos, nos vamos a llevar una decepción. Las agudezas de Houellebecq, aparte del trampantojo general que supone el éxito de Martin, se limitan a darle un buen repaso a Le Corbusier, terreno abonado porque el arquitecto suizo suscitaba tantos odios como adhesiones, y a un lamento más o menos difuso por la pérdida del “aura” en el arte contemporáneo, en un plan que ni de lejos roza las argumentaciones de Walter Benjamin. Todo muy posmoderno y bastante superficial. Sí, de acuerdo, arte despersonalizado, funcionalismo sin rostro humano, seducción tramposa para ricos advenedizos sin la más mínima noción artística.... nada nuevo, no creo que el mundo del arte vaya a sufrir una catarsis tras las revelaciones de “El mapa y el territorio”.

 
 
Con la incorporación del propio Houellebecq como personaje el relato toma un giro sorprendente, incluso el ritmo es más ágil, y ello a pesar de que todo esto suena a nueva provocación, muy en eso tan francés que llaman “épater le bourgeois”, para entendernos, asustar un poquito a los bienpensantes pero sin molestarles demasiado. La imagen que proporciona de sí mismo el autor es, en principio, muy poco generosa: un tipo arrogante, poco afable, huidizo, misántropo, sucio y vicioso, todo un conjunto de taras que alimentan la imagen de marginal con la que Houellebecq se siente tan cómodo. La verdad es que tan lamentables características disimulan con dificultad el narcisismo de Houellebecq, que se está divirtiendo muchísimo con su ocurrencia. Y la ocurrencia concluye con su propia muerte, no una muerte cualquiera, un asesinato espeluznante en el que el cuerpo del escritor es mutilado salvajemente para formar parte de una horrenda representación artística.
La desaparición y muerte de Houellebecq lleva el relato a los márgenes de la novela negra, cuestión a considerar por la habilidad del autor para manejarse en registros diferentes sin dejar de ser interesante. Jed Martin cede el protagonismo a un peculiar comisario de policía encargado de la investigación del caso; la perspectiva cambia y se abren una serie de planteamientos muy sugerentes, varios interrogantes respecto a lo ocurrido que, esto es innegable, atrapan al lector. Sin embargo, del mismo modo que la obra en general provoca la sensación de falta de cohesión, de incapacidad para ofrecer una exposición convincente más allá del brillante envoltorio, la narración del crimen concluye de manera insatisfactoria. Tantas expectativas acaban en una resolución decepcionante y previsible que nos hace pensar en algo que ya sospechábamos: a Houllebecq le interesa el asunto de su desaparición a modo de juego con el lector, e incluso como exhibición vanidosa, pero no tiene ningún interés en una trama que resuelve con demasiada facilidad y hasta desgana.

Es en la relación con el padre y en el ajuste de cuentas posterior donde advierto la mayor sinceridad, tal vez las páginas más intensas y conmovedoras de una novela que, en su reflexión sobre la crisis de la sociedad occidental o sobre la soledad a la que parecemos condenados, no llega a descubrirnos nada que resulte especialmente revulsivo. No hay muchas razones para la esperanza, es verdad, más bien para entregarse a la melancolía y la frustración ante una vida muy poco enriquecedora. Mi pequeña duda , que comparto con ustedes, admiradores incondicionales de Houllebecq, sigue siendo la del principio: puede que “el autor de Plataforma” crea sinceramente en su papel de profeta de la decadencia pero yo -al menos de momento y tras “El mapa y el territorio”- solo veo a un hábil protagonista de ese mundo de simulacros y vanidad que nos presenta con supuestas intenciones críticas.
 

domingo, 28 de abril de 2013

Una cuestión de honor. "El duelo", de Joseph Conrad.


Con cada obra de Conrad que cae en mis manos me convenzo más del lamentable error en el que he vivido durante mucho tiempo. Desde pequeño se acostumbra uno a ver relacionados los nombres de Conrad o de Stevenson con la literatura juvenil y, casi sin darte cuenta, acabas pensando que son autores menores, dignos para iniciarse en la lectura pero que se dejan de lado cuando pedimos algo más que emocionantes aventuras marinas.
Un error, ya les digo. De momento es muy probable que si llegas demasiado pronto a alguna obra de Conrad -les hablo por experiencia- te sientas perdido en el alucinante viaje hacia el horror que es "El corazón de las tinieblas". O te acabes impacientando, a pesar de su brevedad, con la calma que atraviesa toda "La línea de sombra". Pero al llegar a un cierto grado de madurez te das cuenta de que no estás simplemente ante un maestro de la aventura sino ante un artista de elaborado y cuidado lenguaje -propio de quien decide expresarse en una lengua que no es la suya- al que le preocupan la psicología de sus personajes, las motivaciones, los hechos siempre contradictorios que conforman la existencia humana. En su magnífico prólogo a "El negro del Narciso" -una joya literaria en sí mismo y toda una declaración de intenciones- Conrad apela al objetivo más noble de una obra de arte: la búsqueda de la esencia, de lo que es perdurable, descubrir la verdad y exponerla a la luz. Por haber alcanzado estos objetivos de la manera más sencilla tengo devoción por "El duelo", porque carece de artificio y porque con una admirable economía de medios dibuja una obra arrebatadora, un relato puro que nos conduce a las zonas más oscuras del alma, allí donde encontramos las motivaciones -no siempre dignas- de nuestros actos.

El duelo” (o “Los duelistas”) es la historia de una lucha que no parece tener final, disputada en diferentes momentos y lugares porque los dos soldados del Ejército napoleónico enfrentados escapan una y otra vez a la muerte. Conforme avanza el relato nos vamos dando cuenta, como D'Hubert, uno de los duelistas, que la inquina que siente el otro contrincante, Feraud, va más allá de la difusa ofensa que dio origen al primer duelo. Feraud está poseído por una obsesión que en apariencia se origina en el honor mancillado, aunque la realidad es más compleja, un conflicto en el que se mezcla la locura y el odio de clase. Con poco esfuerzo, y conociendo el escaso gusto que tenía Conrad por la violencia revolucionaria, podemos identificar la obsesión de Feraud -en "Los duelistas", la espléndida película de Ridley Scott se remarca esta idea en su escena final- con las ansias de dominio de Napoleón que llevaron a Francia al desastre.


No niego la asimilación napoleónica, incluso -a pesar de las ideas de Conrad- creo que hay cierta fascinación por el bonapartismo que puede rastrearse también en la posición mucho más escéptica de D'Hubert. Sin embargo no es la cuestión política -muy leve- lo que me cautiva del relato, sino un hecho que podemos situar en nuestros temores más íntimos: la fatal irrupción de lo inesperado. Ni la agudeza ni el valor de D'Hubert son capaces de oponerse a un encadenado de acontecimientos que le desbordan y se aferran a él para siempre. Es lo que Maquiavelo llamaba “la fortuna”, a la que el príncipe más virtuoso está sometido y que es capaz de alterar cruelmente un destino que se antojaba esplendoroso. Y todo por un “asunto de honor”, el que Feraud entiende que ha sido robado por D'Hubert, al ir a arrestarlo, y el que impide al propio D'Hubert eludir la fatalidad en la que se ve envuelto.

 
El destino reservado a D'Hubert pone en juego los estrechos límites que hay entre la integridad y la cobardía, de ahí que nos situemos inmediatamente en la perspectiva de un personaje que ve perturbada su estabilidad ante lo inesperado y tiene que actuar en consecuencia, salvando su dignidad y su honor. Pero Conrad introduce un elemento que dota al relato de un evidente contenido irónico, más allá de la simple crítica antibonapartista: el enfrentamiento entre los dos húsares, que adquiere caracteres legendarios a ojos de sus compañeros de armas, surge de un motivo que es cada vez más difuso y absurdo.

En la guerra no existe la lógica o la razón, a menudo se origina por un asunto que, al final, nadie sabe muy bien cuál es pero acaba atrapando a los contendientes en una red infernal de la que resulta imposible escapar. Ante esto hay quien asume el combate permanente como su estilo de vida y es incapaz de concebir otro modo de justificar su existencia; en “El duelo” encontramos un ejemplo de este tipo de personas, es la obcecación y violencia de Feraud opuesta a la sensatez, el equilibrio y la moderación de D'Hubert. A pesar de que acabamos comprobando que ambos personajes son casi complementarios y que cada uno de ellos dota de sentido al otro, podemos identificarlos como arquetipos de dos posiciones ante la vida radicalmente diferentes. Por un lado los que tienen como objetivo imponerse a los demás mediante la violencia, por otro los que piensan que la paz y la convivencia son posibles, aunque para ello haya que ganárselas haciendo frente a los fanáticos de turno.

Seguramente esta asimilación no corresponde con los personajes creados por Conrad pero, no sé, a lo mejor la vida no es más que una disputa entre los D'Hubert y los Feraud. Vivimos en una democracia secuestrada en la que el debate de ideas no tiene cabida; como Napoleón, tras su 18 de Brumario, las instituciones nacidas para asegurar la democracia han acabado convirtiéndose en una farsa, mientras los debates en los que nadie se escucha ni quiere entender escenifican un simulacro en el que lo único que cuenta es machacar al otro. Estamos rodeados de individuos que solo admiten el combate para aplastar al enemigo y apaciguar su rabia, incapaces de convencer a la ciudadanía sin coacciones ni mentiras. Pero hay una diferencia importante entre los Feraud de hoy y el personaje de Conrad: a aquellos les falta valentía para llevar sus convicciones hasta el final y son muy capaces de recurrir a métodos que al mismo Feraud le causarían repugnancia. En estos tiempos el honor ni siquiera sirve de excusa.

domingo, 31 de marzo de 2013

Jakob von Gunten: Ser un cero a la izquierda.


Para alguien que se dedica a la educación, o para cualquiera que no mire hacia otro lado ante los problemas de la enseñanza en su país, el comienzo de “Jakob Von Gunten” suscita de inmediato el interés por aquello que pretende contarnos Walser sobre el tema. El tono que marca ese inicio parece claro, nos espera una dura reflexión acerca de la socialización del individuo, sobre el papel de una escuela castradora que deforma ciudadanos sumisos e irrelevantes.



 
En mi opinión, esta idea no queda desmentida por el texto, ocurre que Walser tiene su propia forma de ver las cosas. Estamos ante un creador literario de primer orden que ha decidido escamotearnos el conflicto narrativo; cualquier intento de someter el relato a esquemas que nos resulten conocidos se salda con el más completo fracaso y el texto se acaba escapando entre los dedos, sin posibilidad de encontrar una crítica trabada o la propuesta coherente que diera sentido a la obra. Walser nos deja en suspensión, un poco perdidos entre la galería de caracteres descritos con precisión y elegancia extraordinaria, hasta que acabamos entendiendo que el relato no es en modo alguno unívoco, pero tampoco la prosa desarticulada que aparenta.


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Escribió Nietzsche, al que algunos indocumentados siguen considerando el padre espiritual del nazismo, que “los educadores del hombre quieren a todo individuo siervo, poniéndole siempre ante la vista el menor número de posibilidades”. En la escuela Benjamenta, la institución que constituye el particular universo de Jakob, se aprende a ser un siervo, a someterse. Es fácil establecer paralelismos y fijarnos en el modo en el que suelen desempeñarse/nos los ciudadanos de las actualísimas democracias liberales. La inquietante docilidad de la población parece el resultado de una terrible distopía en la que un nuevo fascismo ha hecho casi innecesarios los aparatos de represión física, no hacen falta porque cada uno ha interiorizado la obediencia al poder. No es una ficción, es la realidad, y en la apatía que nos invade una gran parte de responsabilidad es de la escuela, cómplice en la forja de una conciencia global asentada en el acriticismo y el pánico a la disidencia.
 
 



En Walser hay que descubrir lo que subyace al texto, el hilo narrativo casi desaparece pero cualquiera que haya leído una de sus obras se da cuenta del enorme poder que tiene su lenguaje, el efecto casi mágico de sus palabras. La interpretación que le queramos dar depende de los intereses de cada uno y a mí, con la que está cayendo, me preocupa la incapacidad para decir No ante la injusticia. De ahí que vea algo muy parecido a lo que explica Susan Sontag, un poco disimulado rechazo al poder, tal vez no con intención de cambiar el orden social sino con el agobio de quien se ahoga en la obediencia y trata de aligerar esa sensación por medio de la ironía. Walser se defiende, no critica, se arma frente a la adversidad y frente al gran problema del hombre contemporáneo: la alienación y la despersonalización. El paralelismo con la actual democracia de mercado me parece obvio, el proceso de socialización del que se nos habla en Jakob Von Gunten llevaba directamente al “hombre sin atributos” de Robert Musil, una estirpe de seres abúlicos, sin voluntad, que se entregarán en manos de la nueva identidad liberadora que ofrecía el nazismo.

 
La cuestión que dota a la novela de su inefable ambigüedad es la actitud del protagonista. Estoy convencido de que Walser nos está contando un proceso de deshumanización que transforma a Jakob en un hombre sin atributos, como otros muchos que serán pasto del nazismo; lo que provoca extrañeza es que Walser parece sugerir que esto es inevitable, e incluso deseable. No estoy diciendo que Walser considerara necesaria la barbarie nazi –todo lo contrario-, nuestro autor se limita a describir algo que conoce bien y que, en un hombre acostumbrado a la humillación y a la huída, le iba a permitir llegar a un estado al que aspiraba con cierta paradójica altivez: ser un cero a la izquierda.
 
 

He tenido que leer por segunda vez la novela para ver si era posible desenmascarar el juego de Jakob: la sensación de que el protagonista se está quedando con todos es cada vez mayor. Intenta hacernos creer que su primera rebeldía era estúpida pero no acaba de conseguirlo, es un observador demasiado agudo que ironiza continuamente tanto sobre sus camaradas como sobre la desagradable realidad que le rodea. La ironía es el más poderoso corrosivo frente a los criterios establecidos, la forma de rebelarse y de manifestar las ansias de libertad contra la maquinaria represiva que nos convierte en seres sometidos al poder. Esto es lo que hace un tipo que nunca será capaz de asumir una lucha frontal, resistirse a la aniquilación mediante el humor y la burla, hasta llegar a la última solución posible: escapar con la imaginación hacia un desierto en el que se pueda vivir desarraigado de todo. Jakob acaba escapando porque no sabe luchar, “es mucho más refinado someterse”.
 



Tengo la impresión de que cada vez importa menos si los niños aprenden o no en las aulas a ser más sabios y mejores personas. Si hay un lugar en el que empieza a construirse la democracia ese es la escuela y, sin embargo, sin que podamos oponer una resistencia eficaz, la enseñanza es hoy más segregacionista y más proclive a alimentar la brecha social. Me cuesta creer que vayamos a someternos sin rechistar a esa degradación de la que hablaba Walser, aunque ahora se disfrace de democracia virtual y nos ofrezca la trampa de la libertad de consumo.



    Walser ha sido para mí un descubrimiento, un autor de sutilísima escritura, de momentos de lucidez suprema y premonitorio respecto a la condición del hombre contemporáneo; creo que todos somos un poco Jakob von Gunten, porque es mucho menos doloroso utilizar un instrumento tan potente como la imaginación para escapar de la fealdad cotidiana que alzar la voz y enfrentarse a la realidad. Pero no quisiera lamentarme como Walser, desde la triste comodidad de un sanatorio psiquiátrico, por el ascenso de un nuevo fascismo que fue aceptado sin apenas darnos cuenta.
 



viernes, 8 de febrero de 2013

Houellebecq, protagonista de la próxima tertulia.


Polémico, excéntrico, políticamente incorrecto, el más reciente premio Goncourt, Michael Houellebecq, está rodeado de un halo de malditismo que a juzgar por su éxito editorial parece el diseño de una excelente campaña publicitaria.

 Con “El mapa y el territorio” ha conseguido que la crítica olvide sus salidas de tono provocadoras para ponerse de acuerdo sobre la importancia de esta novela. Está visto y comprobado que las opiniones en nuestra tertulia, como los intereses, son de lo más variopinto; es de esperar que Houellebecq provoque controversia, desde el entusiasmo ante el innovador genial, hasta aquello que escribió el autor de un famoso libelo contra los franceses: “Su vanidad fue siempre mayor que su talento”.
 

viernes, 25 de enero de 2013

Al Ma'arri, el Cioran árabe.


En uno de los muchos alegatos antirreligiosos publicados en Francia, “tierra prometida” del laicismo, un diplomático israelí llamado Elie Barnavi analiza las diferentes religiones del Libro y critica con particular virulencia el Islam, la menos compatible con la razón, la más peligrosa al quedar estancada en la Edad Media y no haber podido soportar el choque con la modernidad. El libro es un tanto tendencioso, de ahí la polémica que suscitó: viene a decir Barnavie que ese rechazo radical de la razón es el que ha provocado el surgimiento del fundamentalismo revolucionario, derivado de la irremediable confusión coránica entre lo espiritual y lo temporal.
 


He de confesar que algo de razón le concedo al publicista israelí, aunque personalmente me parecen tan despreciables los delirios judío y cristiano como el fundamentalismo islámico. Y, desde luego, no considero que sean menos peligrosos. Sin embargo, si tengo que justificar alguno de ellos, sin duda me decantaría por el Islam; será porque pienso en la razón del explotado que reacciona de manera imprevisible y caótica, sin ser capaz de elaborar un discurso racional. O tal vez mi simpatía se deba al recuerdo de Al Andalus, nuestra cultura andalusí tan delicada y tolerante frente a las brutales y dogmáticas sociedades del norte. Hay quien pretende desmitificar esta hermosa utopía de la España islámica; de acuerdo, tal vez no responda a la realidad, pero sospecho cierto casticismo cristiano en los detractores… y algo de resentimiento. Al Andalus sigue viéndose como una civilización ajena, los verdaderos españoles estarían en las montañas del norte adorando a la virgen de Covadonga, los otros son moros y traidores que nos robaron un país que hubo que reconquistar con la decisiva ayuda del apóstol Santiago. Sin hacer caso a esta versión reaccionaria de los acontecimientos, aunque siendo rigurosos y objetivos, hemos de admitir la extraordinaria efervescencia del Islam clásico, pero también que no tuvo continuidad. Los partidarios del dogma triunfaron sobre las corrientes racionalistas y el debate teológico quedó sofocado. La norma en las sociedades islámicas quedó establecida y cualquier ley que se apartara de las palabras y los ejemplos del profeta quedaba deslegitimada, solo el Coran encierra toda la verdad, la crítica racionalista no tiene cabida.
 
 
Esta circunstancia dificulta encontrar un pensador musulmán que pueda resultar cercano a escépticos irredentos, alguien en quien reconocer ese pesimismo lúcido que en Occidente surge a partir de la crítica a los dogmas cristianos. Por eso es extraordinario el caso de Al-Ma’arri, poeta y filósofo apenas conocido por algunos privilegiados, especie de Cioran árabe que transmite sus profundas dudas sobre el sentido de la vida y se manifiesta harto de una existencia que no es sino sufrimiento. En sus poemas, de un pesimismo aplastante, expresa sin ninguna vana ilusión lo absurdo de la vida y plantea que, siendo ésta una carga, es sorprendente que haya gente que quiera prolongarla. Al Ma’arri es el más terrible develador de la existencia que haya escrito en el ámbito islámico, hasta el punto de considerar un crimen tener la intención de engendrar hijos. Casi descubrimos un punto de orgullo cuando escribe:
 
Lo que mi padre perpetró contra mi yo no lo perpetré contra nadie”
 
Uno de los más entregados admiradores de Al-Ma’arri es el escritor colombiano Fernando Vallejo. A Vallejo le repugnan todas las religiones, tal vez por eso encumbra aún más a Al-Ma’arri, por ser lo más opuesto a lo que, para el autor de “La puta de Babilonia”, es la infamia consustancial de la religión musulmana. La obra de Al-Ma’arri representaría una suerte de desprecio monumental contra la casta religiosa del Islam, desprecio del que no salva al profeta, negándole el monopolio de la verdad, además de considerar absurdo el precepto de ir a La Meca en peregrinación para besar una piedra negra. Por supuesto no solo reparte entre los musulmanes,  Al-Ma’arri pensaba que los cristianos eran estúpidos por adorar a un dios torturado y escarnecido, igual que los judíos, creyentes en un Ser Supremo al que le gusta el olor a la carne asada. Lúcido impenitente, afirmaba que los libros sagrados no son más que un montón de cuentos y documentos espurios que nada tienen que ver con Dios, seguramente adulterados por los jerarcas de las tres grandes religiones, hipócritas ávidos de poder y de riquezas. Castas pervertidas y fieles que los mantienen, unos necios que aceptan dócilmente lo que los clérigos les dicen que tienen que creer.
 
El análisis de Vallejo nos dibuja a un auténtico out-sider, un blasfemo nihilista dispuesto a derribar cualquier ídolo que se le ponga por delante. Seguramente se deja llevar por el entusiasmo, lo que podemos confirmar leyendo “La epístola del perdón” es que Al Ma’arri es un polemista hábil, con una concepción de la existencia muy negativa, pero no un ateo iconoclasta. Hay un punto de escepticismo que no puede disimular y nada tiene que ver, muy al contrario, con esos pensadores del Islam llenos de prejuicios, que dejaron de lado la libertad de conciencia, renunciaron a las libertades políticas y pusieron barreras al libre conocimiento. Contra todo esto protestó Al-Ma’arri en cuanto empezó a percibirlo en su tiempo.
 
Fuera un ateo y un rebelde o un creyente estricto que aspiraba a la regeneración del Islam, lo cierto es que fue acusado de incrédulo y sus opiniones calificadas de oscuras y ambiguas. Leyendo poemas como este no puede extrañarnos en absoluto la desconfianza que generaba:
 
La vida es toda ella una carga.
Lo sorprendente es que haya quien desee prolongarla.
La tristeza a la hora de morir
es doble que el gozo a la hora de nacer.”
Y estoy tentado en darle la razón a Vallejo con este poema, incomprensible que se librara de una dura condena por herejía cuando tales palabras llegaran a oídos de los guardianes de la religión:
No des crédito a los dichos de los profetas,
son falsedades que ellos mismos compusieron.
La gente vivía tranquila hasta que vinieron ellos
y con su sinrazón los atormentaron.”
En todo caso ¿No está diciendo Al Ma’arri aquello que consideramos necesario para establecer cualquier plan de convivencia? Reclama el intelecto como conductor y gobernante del hombre, el que debe imperar en todas las cosas. Pensar esto no nos impide ser pesimistas sobre la sociedad civil, incluso ser conscientes de que nuestro destino depende bastante más de la fortuna que de aquello que podemos elegir por nosotros mismos. Aún así, Al Ma’arri no insta a la inacción sino a mantenernos alerta y rechazar con decisión todo tipo de principios y verdades supuestas que han sido introducidas por ignorantes. Sí, es muy probable que el entusiasmo de Vallejo esté más fundado de lo que pensaba:
“Los musulmanes, extraviados; los cristianos, desviados; los judíos, equivocados, y los persas perdidos. El mundo se compone de dos clases de hombres: religiosos sin inteligencia e inteligentes sin religión”.
 


viernes, 18 de enero de 2013

Una tertulia sobre Walser


En torno a una generosa fuente de “pescaíto frito” y ensaladas –por variar, en lugar de las consabidas salchichas y como protesta frente al imperialismo alemán- se reunió la tertulia en Játiva, con la sensible ausencia de Javi, socio fundador y elemento clave a la hora de poner algo de raciocinio cuando el diálogo empieza ser un desvarío por los efectos de la cerveza.

Nuestro humilde objetivo era aproximarnos al peculiar universo de Robert Walser, uno de los escritores con más capacidad para escabullirse de cualquier intento por interpretar su literatura. Es muy probable que Walser, ajeno a todo tipo de elogio y nada interesado por dejar una obra trascendente, hubiera estado de acuerdo con el escaso entusiasmo que ha despertado su novela en los tertulianos –entusiasmo del que yo sí participo, con la modestia que exige Walser-. Cierto es que el impactante comienzo de “Jacob von Gunten” podía hacernos esperar una terrible diatriba contra una educación represora, algo a lo que acogernos en tiempos tan malos para la lírica como estos, pero lo que nos encontramos es una obra evanescente, que no ofrece asideros para una crítica social articulada, tan carente de énfasis que a algunos nos quedó la sensación de que acaba resultando demoledora, mucho más que otras con intenciones evidentes.

No se extrañen por la sugerente fotografía que cierra este comentario, Walser da pie a que imaginemos a Lisa Benjamenta, personaje en parte real, en parte ensoñación, como la profesora que nos hubiera gustado tener, aunque nos convirtiera en hombres sin atributos, dispuestos a hacer dejación de nuestra libertad en un imbécil con bigote, chillón y acomplejado.