martes, 1 de mayo de 2018

“Cuento de Navidad”: Muchas gracias, Mr Scrooge.

Aunque al final acabe descubriendo que es un tipo bondadoso, que reparte regalos y felicitaciones entre sus anteriormente maltratados siervos y conocidos, simpatizo mucho más con Mr. Scrooge, un viejo cascarrabias amargado y egoísta, que con los buenos sentimientos que nos mete en vena la televisión a través de la lotería de Navidad y el tamborilero de Raphael. Me pasa lo mismo con otro imprescindible navideño, “Qué bello es vivir”: No dejo de detestar al personaje de James Stewart hasta que se le va esa cara de pánfilo, cuando se da cuenta de que todo es una mierda y que él no ha sido hasta ahora más que un pobre imbécil. Como Scrooge, también acabará autoengañándose gracias al ángel. Y no es casualidad la semejanza, Capra elaboró una hábil y poco disimulada adaptación del clásico de Dickens. 

No es por ponerme en plan aguafiestas o irreverente, pero cualquiera que haya sentido el agobio físico de esas calles atestadas de consumidores voraces o el agobio moral de la felicidad por decreto, tiene que sentir aunque sea una pequeña empatía con la falta de sociabilidad de Scrooge. Confieso sin embargo que no rechazo la Navidad, incluso me produce esa agradable tranquilidad del periodo de descanso en el que parece que la existencia se hace más relajada y feliz. También debo reconocer que no puedo evitar el alivio por la redención, en definitiva es la esperanza de que la solidaridad y no el egoísmo será nuestra salvación final.

Sin duda existe el mensaje esperanzador, pero en el origen de la novela hay indignación. El personaje creado por Dickens es un viejo usurero al que se la trae al pairo la situación en la que deja a sus explotados, entra por derecho en esa galería de malvados empresarios que se aprovechaban sin piedad de los trabajadores británicos en los albores de la Revolución industrial. Dickens no era un radical que pretendiera cambiar la estructura social, es evidente que hay bastante de voluntarismo en su obra, pero representa algo así como la mala conciencia de la sociedad victoriana y fue un infatigable defensor de los pobres y desfavorecidos. Cuando en 1843 el gobierno británico publicó un informe sobre las lamentables condiciones del trabajo infantil, Dickens se propuso publicar un panfleto denunciando una vez más la injusticia, hasta que cambió de parecer y concibió un relato que “tendría veinte veces más fuerza que cualquier panfleto”. 

Eligió para ello un género que le venía fascinando desde siempre, los cuentos de fantasmas, los relatos de fenómenos misteriosos que provocan nuestros miedos más profundos. Las historias siniestras que le contaba su niñera durante la infancia y la todavía más siniestra realidad social de los bajos fondos londinenses le inclinaban hacia el relato gótico, de modo que elaboró su historia de fantasmas más genial, la que combinaba el elemento macabro con una buena lección contra desalmados y aprovechados. De todas formas, no nos engañemos, no es solo una crítica contra la clase empresarial, al fin y al cabo todos necesitamos que algún viejo fantasma nos recuerde que nuestras pequeñas vanidades no merecen la atención que habitualmente les deparamos. 

El hallazgo literario de Dickens es tan poderoso que ha ejercido una enorme influencia en otras creaciones literarias y cinematográficas, por ejemplo en el clásico de Capra del que hablaba al principio, aunque se tome bastantes licencias. Mi preferido entre esta progenie es sin duda una de las obras maestras de Tolstoi, La muerte de Ivan Ilich, una versión que prescinde del elemento fantástico para centrarse en una certeza terrible que va asumiendo el protagonista: Ha malgastado su vida y apenas tiene posibilidad de redención. En este caso, la conciencia de una vida superficial y vacía le lleva a encontrar en la muerte la forma de liberar a su familia de quien ya es una molestia y al mismo Ivan Ilich de su existencia absurda. 

Y la otra gran obra que quería destacar, a la vez deudora de Tolstoi, es una película:  Ikiru (Vivir), del gran Akira Kurosawa. También habla del tiempo desperdiciado y de una situación límite que apenas deja margen para solucionar el error de toda una vida. El señor Watanabe, un viejo funcionario de la administración, se entera de que tiene un cáncer terminal y que apenas le queda un año de vida. En este caso los fantasmas de Dickens son los diferentes personajes que se va encontrando Watanabe en su búsqueda por encontrar  un sentido a sus últimos meses de vida. Como Scrooge, cambiará su forma de vivir tras las experiencias de una noche agitada y se dedicará a trabajar para la comunidad que había olvidado -como todo su departamento en realidad, una especie de acabado ejemplo del “vuelva usted mañana”-. Nos enteraremos en su funeral del constante esfuerzo de Watanabe, desde aquel día, para lograr que el ayuntamiento construya un parque cuyas obras se eternizaban por cuestiones burocráticas. La película es hermosísima, como el cuento de Tolstoi y el relato de Dickens, que conviene leer sin pensar que conocemos el tema de memoria y que no vale la pena, pero aparte del innegable valor artístico todas ellas nos plantean un interesante dilema que conviene resolver antes de que sea tarde ¿Y si estamos dilapidando tristemente nuestros días? ¿Y si vivimos de actuaciones que van haciéndonos cada vez peores, hasta que, como Scrooge, nos hacemos conscientes de nuestra mezquindad?

lunes, 19 de marzo de 2018

"La piqueta", de Antonio Ferres: Los derrotados.

Siento gran admiración por aquellos escritores capaces de conseguir, a partir de una historia aparentemente simple, uno de esos momentos literarios que acabas guardando en la memoria. Ferres consigue en La piqueta varios de esos instantes que conmueven, emocionan o indignan al lector ante una injusticia flagrante, es esa capacidad que tienen algunas novelas para hacernos partícipes de sentimientos que los personajes muestran casi veladamente. Intuimos los rostros de unos padres desolados que entregan a su hija, apenas una niña, a un novio que no es mucho mayor porque ya no tienen casa donde acogerla. O el gesto entre impotente y sumiso de los vecinos que asisten al desalojo de una pobre familia de inmigrantes. Hay tanto pesimismo como piedad y comprensión con los derrotados.
Me preguntaba por las razones que llevaron a la rígida censura franquista a permitir una obra que muestra una visión tan desoladora de aquellos que debían estar agradecidos a un régimen “de paz”. Ferres militaba ya por entonces en el Partido Comunista y, evidentemente, tenía muy poca sintonía con los mandarines de la cultura en España como para poder publicar su novela sin problemas. Es cierto que otras de sus obras serían prohibidas y las dificultades puestas a su trabajo acabaron llevándole al exilio, pero el caso es que La piqueta superó la censura. Se ha hablado de la proximidad de la editorial Destino a las jerarquías franquistas, es muy probable que no se dudara que en una obra coral de personas irrelevantes se fuera a cuestionar ni el orden establecido ni a quienes lo sostienen. Es posible también que a los censores, necesariamente gente de pocas luces, no les pareciera demasiado evidente la crítica al poder, o que pensaran que la hermosa historia de amor, que centra en gran parte la novela, era la auténtica protagonista, casi como si fuera una obra romántica con ligero trasfondo social. Sin embargo, creo que hay otra razón que debieron considerar los censores: En realidad no pasa nada, la novela no incita a la rebelión, no impugna -al menos en apariencia-, los personajes se muestran incapaces de oponer ninguna resistencia a la injusticia. Sospecho que la sumisión y la obediencia de esos olvidados de la fortuna debieron ser vistas con agrado por la censura. 
Si hubiera que caracterizar a los personajes del relato habría que hablar de los vencidos. Se trata de la legión de campesinos, jornaleros y asalariados llegados a la capital en busca de una vida algo más digna. Son los inmigrantes de entonces, del gran éxodo rural en busca de mejores oportunidades en las ciudades, aquellos que Ferres identifica con los derrotados de la guerra civil, los que no pudieron conseguir los sueños igualitarios de la República o del colectivismo anarquista. Cuando en la novela las palabras de lucha y oposición a “los de la piqueta” nunca acaban de convertirse en hechos, somos conscientes de hasta qué punto la dictadura, tras veinte años de represión y humillación de los desposeídos, había conseguido convertir la oposición en conformismo. Faltaba muy poco, unos años, para que en los centros industriales, en las fábricas, en los comités de huelga de los años sesenta, volviera a prender el espíritu de rebeldía y la solidaridad obrera, las ansias de libertad y de democracia.
Al hablar del realismo social de posguerra, los nombres que te vienen a la cabeza son los de Cela, tal vez Sánchez Ferlosio o Torrente Ballester, incluso el que podría considerarse el último superviviente de esa generación, Juan Marsé. Pero Ferres, tal vez por sus años de exilio y porque esa corriente literaria estaba en pleno retroceso cuando volvió a España, había quedado en un olvido relativo. La relación con Torrente Ballester o Cela es más discutible, Ferres estaría más vinculado a un grupo de escritores muy críticos, comprometidos ideológicamente y con un elevado componente ético en sus historias, el reflejo fiel de un país sometido a la dictadura franquista y del sufrimiento de la mayoría de la población. Es nuestra generación perdida y olvidada, tal vez por su profundo pesimismo: López Salinas, Alfonso Grosso, los primeros años de los hermanos Goytisolo, como diría Ferres “todos ellos fueron el producto de un gran naufragio”, el de la derrota de la República en la Guerra civil.
La denuncia implícita, que escapó a los censores aliviados por el protagonista colectivo que asiste entre impasible y asustado a otra batalla perdida, no produciría la misma impresión desoladora de no estar expresada mediante un lenguaje de enorme eficacia. Ferres consigue reflejar la forma de hablar de los madrileños de esa época, en realidad el lenguaje popular y con toques castizos de los barrios pobres. Pero lo hace con total naturalidad, sin pretensiones retóricas y adaptándose a las necesidades de una historia cuya estructura le sirve para canalizar un relato coral y en apariencia disperso, de episodios anodinos, que va confluyendo hacia el momento del derribo. Porque, aún no lo había dicho, el tema que sirve de hilo conductor de la novela es el derribo de una chabola construida a duras penas en uno de los barrios más pobres de Madrid. Entonces se derribaba la casa de los pobres, hoy son desahuciados porque, como se sabe, "vivieron por encima de sus posibilidades". 


sábado, 24 de febrero de 2018

Vida del capitán Alonso de Contreras: En las entrañas del imperio.

“O a cenar con Cristo o a Constantinopla”.

Quevedo escribe en 1613 un famoso soneto en el que habla de la patria desmoronada, de la pérdida del antiguo esplendor que va quedando hecho jirones por los campos de batalla de Europa. Es justo el periodo en el que el capitán Alonso de Contreras relata los hechos de su agitada vida en la milicia, sus extraordinarias aventuras en el Mediterráneo luchando contra los turcos y defendiendo más su pellejo que el destino del Imperio en el que no se ponía el sol. 
La España por la que combate Alonso es un país desarticulado, que se va hundiendo por el peso de la Contrarreforma y que sigue fuertemente vinculado a una doctrina imperial fanática e inútil para el desarrollo social. Un desarrollo, al menos, que nos acercara un poco a la Europa moderna en la que el Renacimiento permitió la posibilidad de zafarse de la rigidez impuesta por la Iglesia. No se trata de negar grandezas o hazañas civilizadoras, allá cada cual con el valor que le quiera dar a la historia de España, se trata de introducirnos en las entrañas de un imperio dominado por una casta indecente y analfabeta, sojuzgado por la Iglesia y con un pueblo reprimido, que apenas tiene otra aspiración que sobrevivir en condiciones de miseria extrema o intentar acceder a las migajas de la clase dominante. 
En estas condiciones los más inquietos no van a optar por la rebelión, las posibilidades quedaban limitadas a tomar el camino de las Américas, para participar en el saqueo de las nuevas tierras, o enrolarse como mercenario en el Ejército para asegurarse el sustento a base de matar o morir, por ejemplo en la guerra sucia contra el infiel. Practicando el corso por el Mediterráneo oriental encontramos en ese tiempo al capitán Alonso de Contreras, cuyas aventuras resultarían difícilmente creíbles de no ser porque todas ellas aparecen documentadas en los archivos. Sabemos que en un determinado momento decidió dejar constancia de tales hechos, una autobiografía auténtica con ciertas semejanzas con el género picaresco en cuanto a la estructura y el contenido de la narración.  Como Lázaro, el discurso del capitán tiene algo de pliego de descargo ante un superior. La serie de episodios engarzados por la prodigiosa memoria del protagonista equivalen al típico relato picaresco, desde los modestos orígenes a la adquisición de una cierta respetabilidad.
Sin embargo, no es un pícaro el que nos habla, es un soldado acostumbrado a mirar de cara a la muerte, un tipo duro, seguramente tan desengañado como Lázaro, pero que carece de la ironía y del lúcido análisis del personaje de ficción. Sin duda el capitán Contreras nos está ofreciendo una descripción impagable de la sociedad del Siglo de oro, en toda su crudeza y desde el punto de vista de un soldado del Imperio muy alejado de la “razón de Estado”. Como sugería Ortega y Gasset en el más famoso de los prólogos de esta obra, hay una evidente dicotomía, por mucho que Contreras no pretendiera tal cosa, entre el arrojo, la valentía y la habilidad de aquel que lucha en primera línea frente a aquellos que están en posición de superioridad gracias al privilegio. En España no se premiaba el mérito y las estructuras sociales impedían por todos los medios que la herencia de sangre se viera alterada por el ascenso de las clases inferiores.
Contreras no es ningún héroe intachable, ni es el exponente de un imperio glorioso, ni representa a la España católica y civilizadora, es un aventurero que no cree en nada y que refleja más bien el desconcierto de una época confusa y decadente. Ortega no ve más motivos de admiración en esto que la capacidad para iluminar el mundo que le circunda en un relato que carece de retórica, una narración tan desnuda como dinámica. Reconozcamos al menos eso al capitán. Y reconozcámosle también que es de justicia ese ligero punto de orgullo que se le escapa, sin bravuconadas ni estridencias. Es un orgullo que nada tiene que ver con la actitud patriótica o la defensa de la raza, ni siquiera de la religión “verdadera”, es algo más parecido al respeto a uno mismo y a un peculiar código ético en el que la lealtad y la dignidad todavía eran importantes. 

domingo, 4 de febrero de 2018

El hombre en el laberinto, Robert Silverberg.

El hombre en el laberinto es una novela que escribió el prolífico e irregular Robert Silverberg en 1969. En las primeras páginas descubrimos a Dick Muller viviendo solitario en el centro de un enorme laberinto alienígena. La construcción está situada sobre una árida meseta azotada por los vientos. La civilización que lo ha construido lleva desaparecida millones de años. Muller es el único habitante del planeta. Para llegar hasta el centro del laberinto ha tenido que superar múltiples trampas y haber escapado decenas de veces a una muerte que se antojaba casi segura. 
Poco a poco vamos comprendiendo que Muller se está escondiendo, posee una deformidad que hace que se sienta rechazado por el resto. No tardamos en entender cuál es su enfermedad, su tara, su estigma. No es más ni menos que su propia humanidad. Años atrás fue el primer ser humano en contactar con una civilización extraterrestre. Cuando volvió a la Tierra descubrió que había cambiado. Sin conocer el motivo, los alienígenas le habían conferido una especie de telepatía, pero era incapaz de transmitir, solo de emitir. Constantemente los pensamientos de Muller llegaban a los demás, lo más interno y secreto estaba al alcance de todos, sus sentimientos, emociones, anhelos, inquietudes, odios... todo eso transmitido a los demás en un flujo imparable. La distancia era el único remedio. 
Pronto Muller se dio cuenta de que su amante, sus amigos, hasta los empleados del hotel rehuían su presencia. No soportaban estar delante de él. Y simplemente porque les recordaba constantemente lo que es ser humano, lo que todos tenemos dentro de nosotros, toda la basura que somos capaces de almacenar, guardar e incubar. Así que cansado de tanto rechazo Muller decide abandonar el espacio conocido y esconderse en el planeta del laberinto. Vive allí solo hasta que una nave espacial aterriza cerca del laberinto. Se trata de una expedición comandada por el antiguo jefe de Muller, el implacable Charles Boardman. La humanidad está en peligro y solo las especiales habilidades de Muller pueden salvarla de la amenaza de una nueva raza alienígena. Pero Boardman sabe que Muller no va a aceptar ayudar a las buenas, así que le pone un cebo en la forma del joven e ingenuo Ned Rawlings que completa el trío protagonista. 
Realmente la percepción de la humanidad no es tan pesimista ni mala como parecen dar a entender los dos primeros tercios del libro. A pesar de todo lo malo que podamos albergar dentro de nuestra envoltura corporal, siempre hay una traza de bondad, de sacrificio, algo donde cogerse, un rayo de esperanza, cosas por las que valen la pena luchar. Muller no es distinto en eso. Incluso Boardman a pesar de todas sus manipulaciones cree que está actuando en aras de una causa mayor. Rawlings, todavía puro, es el campo de batalla entre Boardman y Muller, ¿para qué lado se decantará? 
En mi opinión una novela muy entretenida que te hace reflexionar sobre lo que define un ser humano. Tampoco hay que esperar descubrimientos filosóficos más allá. Es cierto que no acaba de profundizar en los temas que plantea y que catalogarla de machista sea hasta incluso quedarse corto por la forma en la que trata la imagen de la mujer, tema que daría para un par más de artículos, pero aún así tiene algo que la hace distinta, que despierta el sentido de la maravilla. 

sábado, 27 de enero de 2018

DÉCIMO ANIVERSARIO.

Hace diez años -y esto ya forma parte de la leyenda- a Javier Bataller, según algunas fuentes, o a Manuel Fernández, según otras crónicas, se le ocurrió que varios profesores de Benigánim podíamos poner como excusa una tertulia literaria para beber cerveza sin medida en cierto establecimiento de la muy noble ciudad de Xàtiva. 

Yo, que soy más bien poco cervecero, me apunté a la idea por aquello de que una tertulia literaria me sonaba a cosa de intelectuales del café Gijón. Y eso de hablar de libros después de domar leones me parecía que podía estar interesante.

Desde aquella primera tertulia a cuatro dedicada a una obra de Huxley ha pasado una década. Nos han llamado de una radio uruguaya porque pensaron que éramos expertos en Omar Khayyam -no es broma, pero yo creo que vieron nuestro blog con la foto de Begoña vestida de odalisca-, una editorial nos promocionó en justo agradecimiento al artículo que dedicamos a un libro ignoto que publicaron y una pagina del ayuntamiento de Benigànim nos considera representantes de la alta cultura nacida en el pueblo de la Beata Inés -cosa bastante discutible-. 

Hoy hemos celebrado en Xàtiva -es curioso, ninguno de nosotros es de Benigánim ni hemos celebrado la tertulia nunca allí- ese décimo aniversario comiendo este sorprendente arroz rojo y repartiendo estos separadores tan bonitos que conmemoran fecha tan señalada. Es solo la primera década de varias. 

lunes, 8 de enero de 2018

MISCELÁNEA

1. LA INFANCIA DE JESÚS. J.M. Coetzee.


La acogida crítica de la última obra de Coetzee ha suscitado un amplio debate. Muñoz Molina o Guelbenzu se muestran demoledores y cuestionan en profundidad esta especie de capricho un poco irritante y sin apenas asideros que nos permitan determinar qué demonios ha querido decir el autor sudafricano. No niego estas críticas que me parecen fundadas, sin embargo creo que hay sugerencias de lo más interesantes: Una sociedad distópica en la que la armonía y la racionalidad apenas ocultan cierta deshumanización, la parodia de la Sagrada Familia casi blasfema y, lo que es tal vez más interesante, el contraste entre una sociedad avanzada, en la que los métodos de enseñanza son de una espiritualidad plátonica, frente a un hecho terrible producto de los más bajos instintos y que pone en cuestión toda la conformidad y el equilibrio.


2. EL PALACIO DE LOS SUEÑOS. Ismail Kadaré.



En tiempos ya lejanos apenas conocía un par de informaciones más o menos ciertas sobre Albania: La existencia de un tal Leka, el supuesto heredero del trono albanés, que haraganeaba en España protegido por Franco. Y la genial idea de Enver Hoxha, el oscuro dictador estalinista, que había convertido en canchas de baloncesto las Iglesias del país. Aparte de estos exotismos, resulta que el mejor escritor que ha dado Albania, Ismail Kadaré, ya era la personalidad cultural más importante del periodo comunista. Y no desde posiciones de disidencia o persecución sino protegido por el régimen. La paradoja estriba en que su obra es sorprendentemente crítica y, a veces, como en este Palacio de los sueños, elabora una alegoría muy poco disimulada del totalitarismo que solo gracias a su enorme prestigio podía permitirle salvar los problemas con la censura. La novela tiene una muy lograda atmósfera kafkiana y tengo la sospecha que el protagonista, un individuo que va ascendiendo en el escalafón de un extraño palacio que controla los sueños de los súbditos, representa al propio Kadaré, tal vez intentando explicar su peculiar relación con las autoridades de su país. Ell auténtico protagonista es el Palacio, el símbolo de la dictadura que intenta controlar incluso el inconsciente de los ciudadanos, adelantándose a posibles deslealtades que ni siquiera existían todavía.


3. EL MENTIROSO. Henry James.



Conozco poco la obra de James y, de no ser por la empleada de la Casa del Libro que se empeñó en que me llevara esta edición de El mentiroso, seguiría siendo un nombre célebre que no frecuento. Lo cierto es que, en otras condiciones, poco caso hubiera hecho a la muchacha, pero, como el otro libro que me llevé era una historia marxista de la Segunda Guerra Mundial, pensé que la pequeña edición de una novela romántica daba de mí una imagen a la vez comprometida y sensible. Llámenme posmoderno. Sobre la imagen que damos, la incompatibilidad entre el arte y la vida o la obsesión vanidosa por el amor frustrado, trata este relato de James, delicado e irónico, muy ambiguo en cuanto a las motivaciones del interesante triángulo amoroso en el que se basa la trama. La lectura es ágil, a pesar de que es conveniente fijarse en ciertos elementos que James deja caer sutilmente. Y tiene un epílogo de Max Lacruz que analiza con mucha agudeza el relato. A mí me ha gustado y sigo teniendo dudas sobre cuál de los tres protagonistas me cae peor.


4. AUTOPISTA. Jaume Perich.


Jaume Perich es uno de los mejores humoristas gráficos que recuerdo, de esos genios capaces de analizar con tanta lucidez la realidad que se convierten en clásicos. Hace unos años la editorial Crítica recuperó una de sus obras míticas, "Autopista", nombre con el que El Perich ironizaba sobre el famoso "Camino" del fundador del OPUS. Publicado originalmente en el año 1971, cuando la política franquista estaba dominada por hombres de la Obra que impulsaban la liberalización económica a la par que se metían en escandalosos asuntos de corrupción, Autopista supuso un auténtico revulsivo, además de sortear milagrosamente a una censura que dejó pasar las cargas de profundidad que El Perich lanzó contra el Régimen, la Iglesia y contra la desidia general del país. Una sarcástica caracterización de la España franquista que, sorprendentemente, o sin sorpresa, continúa vigente.

He aquí dos ejemplos de lo que nos decía Autopista: 

“La religión: La religión sirve para ayudarnos a resolver una serie de problemas que no tendríamos si no existiera la religión.”

“En la sociedad capitalista, el mal de algunos sería el consuelo de muchos.”

“La esclavitud: La esclavitud no se ha abolido, se ha puesto en nómina.”

Ahora que se acaba de anunciar el cierre de Interviú, resulta que en otros tiempos más heroicos tenía El Perich una sección en la revista que se llamaba Noticias del quinto canal. Allí desarrolló una inquina notable y divertidísima contra Jose Luís Perales. Esto sería un ejemplo de humor coyuntural o de combate que actualmente constituirían casi chistes privados. Porque ¿Quién demonios conoce hoy a Jose Luís Perales? Yo diría que tal desconocimiento es signo de que algo, al menos, hemos progresado.

domingo, 21 de agosto de 2016

“Discurso verdadero contra los cristianos”, Celso: Atenas contra Jerusalem.

Cuando empecé a interesarme por el debate entre paganos y cristianos, desarrollado en esa época conflictiva en la que parecía decidirse el sentido de nuestra cultura, tenía la idea preconcebida de que en el bando cristiano no había sino un grupo de fideístas cerriles que solo suscitaban el desprecio entre los filósofos paganos. Esta idea no es del todo cierta, entre quienes argumentaron en defensa del cristianismo encontramos algunas personalidades nada despreciables y de tan notable potencia intelectual como Orígenes, tal vez el más brillante y el más heterodoxo, demasiado como para ser santificado. 
Gracias a Orígenes y su elaborada refutación conocemos, siquiera sea parcialmente, la obra de Celso, el llamado “Discurso verdadero contra los cristianos”. Celso no pasaba de ser un intelectual pagano de segunda fila en época de Marco Aurelio, sin embargo tuvo la lucidez de tomarse en serio la secta cristiana y se propuso desmontar su doctrina, lo que debió resultar seriamente peligroso para un apologeta cristiano como Orígenes que, a pesar del desprecio con el que trata a Celso, consideró necesario negar razonadamente sus afirmaciones. Leído hoy, a pesar de las burlas de Orígenes, el “Discurso verdadero….” resulta demoledor y merece la pena repasar los principales puntos en los que Celso basaba sus críticas, aunque acaba exhortando a los cristianos para que se integren en la sociedad romana y se comporten como ciudadanos leales. Se puede discutir si Celso conocía el cristianismo tan a fondo como Porfirio -cuya obra, una auténtica exégesis bíblica, fue convenientemente destruida por la Iglesia-, pero sus informaciones en modo alguno son falsas y además, no incurre en los tópicos ofensivos que habían sido habituales hasta entonces. Supo ver dónde estaban los puntos débiles de sus adversarios y se cebó en la acusación de que los cristianos rechazaban la sabiduría optando por una fe sin apoyo racional. La actitud de los cristianos era incompatible con quienes se valían de la argumentación para llegar a acuerdos, no eran capaces de sustentar racionalmente su discurso, como el propio Tertuliano ya se había encargado de dejar claro: “No investigues, sino cree”. El problema para Celso era evidente, como no son capaces de convencer a los sabios tratan de huir de ellos y solo son hábiles para persuadir a los necios. Solo la gente de baja condición puede dejarse deslumbrar por argumentos como el de las profecías o los milagros, que por otra parte y según Celso, casi cualquier hechicero era capaz de realizar. Lo demás, como la resurrección, es un absurdo del que no hay testigo fidedigno, y la decisión del martirio no es sino la locura de los fanáticos.
 A la hora de hablar de la doctrina cristiana, Celso no considera que sea detestable por su contenido ético, su crítica es que no son ideas nuevas y acusa a los galileos de haber corrompido lo que ya habían dicho los griegos mucho mejor y sin necesidad de amenazas o promesas de un dios. “Os bastais vosotros para refutaros a vosotros mismos” dice Celso. Y no le falta razón, un conocimiento mínimo de la Biblia pone de manifiesto sus numerosas contradicciones y a cualquier espíritu elevado tenía que parecerle ridícula la imagen de un Dios antropomórfico que se irrita y enfurece. Una de las objeciones más importantes es la que impugna el valor universal de una revelación concreta e histórica: Cabe la posibilidad de que Dios se revele a los hombres pero es inaceptable que lo haga a un grupo tan reducido como los cristianos. Más acertado todavía está Celso al criticar el antropocentrismo cristiano: Las cosas suceden en función del bien del todo y no solo en función de los hombres; Dios se ocupa de todas las cosas y no solo de un pequeño grupo de miserables. Como indica con una lucidez aplastante, “Dios no es el ejecutor de nuestras fantasías irresponsables y de nuestros apetitos desajustados, sino que es el soberano regulador de una naturaleza donde reina la armonía y la justicia”.
La última parte de su libro la dedica Celso a una cuestión que le parece fundamental y que probablemente fue lo que le indujo a preocuparse por este tema. La religión romana era para cualquier pagano indispensable para la seguridad del Imperio y no profesarla suponía declararse sedicioso o traidor al Estado. Lo malo de los cristianos no era tener una religión propia y diferente, en eso no había ningún problema dada la absoluta tolerancia del mundo antiguo, lo peligroso era precisamente su exclusivismo al rechazar la religión del Imperio. Para un pagano esto suponía, de manera práctica, abrir la puerta a los bárbaros y acabar con la cultura clásica.
Pese a que en la diatriba de Celso puede haber algunas críticas no del todo certeras, los cristianos más lúcidos tuvieron que sacar algunas conclusiones importantes ante un ataque tan radical. En primer lugar que era inadmisible una lectura rígidamente literalista de la Biblia, claramente empobrecedora y fácilmente atacable. También se hizo evidente que el discurso fideista ya no era válido y que era preciso reflexionar la fe para evitar las acusaciones de incapacidad argumentativa. Clemente de Alejandría será el primero de los padres de la Iglesia que asumió la necesidad de que el cristianismo dejara de ser una religión de iletrados temerosa de la filosofía, para ello había que imbuirse de la cultura clásica y será ésta la tarea del mejor de los apologetas cristianos, Orígenes. Es curioso observar cómo Orígenes, discípulo de Plotino, se muestra orgulloso de su superioridad intelectual sobre Celso e incluso llega a decir que él mismo hubiera podido atacar el cristianismo con más fundamento. De todas formas, por muy vago que fuera el conocimiento bíblico de Celso, su crítica era demasiado peligrosa y Orígenes se muestra despiadado en su “Contra Celso”, buscando no solo desmentir los argumentos del pagano sino ridiculizarlos.
En el fondo, a pesar de las falsedades interesadas difundidas por la Iglesia, lo que se estaba ventilando no era un debate entre monoteísmo y politeísmo, tanto Celso como Orígenes eran estrictamente monoteístas e incluso Orígenes no niega la existencia de los dioses paganos sino que los considera demonios. Ambos coinciden en atacar las ideas antropomórficas del vulgo sobre Dios y defienden la comunión solitaria del alma con el Dios supremo. Tampoco es cierto que los cristianos mantuvieran una moral rigorista mientras que los paganos eran más laxos en este sentido, digamos más próximos a éticas hedonistas y superficiales. Prácticamente no hay diferencias entre la ética cristiana y la neoplatónica del periodo, la preocupación fundamental de ambas es la salvación del alma más que mejorar el mundo y, desde luego, el cristianismo primitivo nada tuvo que proponer en cuanto a reformas políticas o sociales que aliviaran la difícil condición de las masas explotadas del imperio. El mismo Celso señala que en lo propuesto por los cristianos no hay nada nuevo, cosa que reconoce Orígenes, si bien considera que si los neoplatónicos hablaban para las élites los cristianos lo hacían para el pueblo. Y en realidad el auténtico debate era éste, para un pagano culto del siglo II la diferencia con un cristiano es la que va de la convicción razonada a la fe ciega, para los paganos era incomprensible que alguien diera su vida por algo que nadie podía demostrar. En todo caso, las ideas de Orígenes acabaron siendo consideradas heréticas después de tres siglos de discusiones en la Iglesia, por eso quien determinó el esquema de creencias de la cristiandad occidental no sería Orígenes sino San Agustín, rechazando no solo las supersticiones del paganismo antiguo sino también su ciencia. Las consecuencias son bien conocidas a poco que analicemos la historia de la Iglesia en los años siguientes. Todavía estamos lamentándonos por ello.