domingo, 3 de agosto de 2014

"Un enemigo del pueblo": Ibsen o la ambigüedad política.

“….que la base de nuestra vida moral está completamente podrida, que toda nuestra existencia ciudadana descansa sobre el suelo pestilente de la mentira”

Una ya lejana adaptación de TVE, en aquel mítico Estudio 1, me permitió conocer esta obra de Ibsen. El médico recto y honesto enfrentado a los sucios intereses de la fuerzas vivas era el gran José Bódalo, uno de esos actores casi siempre desaprovechados en papeles que estaban muy por debajo de su talento. Bódalo llenaba el escenario, su interpretación era imponente, sólida, sin un solo titubeo, Ibsen no habría podido aspirar a un actor que diera tanta veracidad, sinceridad y fuerza a su personaje.

Desde entonces el doctor Stockmann es uno de mis héroes de referencia, a pesar de la desvaída interpretación de Steve Mcqueen en la adaptación de Henry Miller y a que las sucesivas lecturas de la obra me han ido descubriendo matices de insospechada ambiguedad. No creo que el conflicto que nos muestra Ibsen haya perdido actualidad, ni mucho menos, aunque recuerdo cierto manual de literatura en el que se acusaba a Ibsen de anticuado con una ligereza impropia de dos académicos como Valverde y Martín de Riquer; ambos, por lo visto, no consideraban vigentes temas como la corrupción política, la manipulación de los medios de comunicación, la perversión populista, el conflicto entre la ética y la praxis política o incluso el ecologismo. Todo eso está presente en “Un enemigo del pueblo”, pero no son los temas tratados los que pusieron un punto de escepticismo en mi admiración por Stockmann, es el discurso ideológico que subyace en Ibsen el que me preocupaba.


En principio no está de más recordar que a Ibsen no le sentaron nada bien las críticas que recibió su obra anterior, texto muy polémico en torno al adulterio que Ibsen consideró demasiado avanzado para una sociedad pacata y con criterios morales anticuados. Muy probablemente hay algo de ajuste de cuentas con sus conciudadanos en la figura del doctor Stockmann, un auténtico bofetón a la cara que quiso propinarles el autor. Además, está la evidente influencia de Nietzsche, poderosa en esos momentos entre la intelectualidad europea, o de los personajes por encima de la moral común que ya había desarrollado Dostoievsky.


Teniendo en cuenta esto, que puede explicar determinados alegatos del doctor Stockmann, lo cierto es que desde posiciones de la derecha radical se ha visto en esta obra una demoledora crítica contra la democracia y en favor del gobierno de los “mejores”. O dicho de otra forma, se ha querido destacar la idea de que el populacho es siempre ignorante y no debe participar en la vida política; más aún, queda claro en el desarrollo dramático que el progreso se logra a costa de la lucha contra una sociedad compuesta mayoritariamente por incapaces que intentan anular el vigor de los individuos excepcionales.
Ibsen no era precisamente un revolucionario de izquierda, más bien su obra destila cierto aristocratismo intelectual que, si dejamos de lado la interpretación que hace Bódalo, podemos apreciar en los rasgos de arrogancia, vanidad y egolatría del doctor Stockmann. Siendo esto cierto, no reduce en un ápice la vigencia de una obra que resulta actualísima y se abre a perspectivas mucho más progresistas. El enfrentamiento básico se da entre quienes defienden intereses económicos basados en la corrupción y un comportamiento ético apoyado en el bien común, la denuncia es contra la alianza de los poderes político y económico que dominan a la “compacta mayoría” desmovilizada y servil. Más que una crítica contra el gobierno del pueblo hay una crítica contra la perversión de la democracia dominada por demagogos y populistas, degradada por medios de comunicación al servicio del poder. La ética frente a la corrupción, la educación y la libertad del pueblo frente a su manipulación rastrera. El anarquismo individualista de Ibsen casa mal con un auténtico reformismo social que, por otro lado, no parece que le preocupara demasiado, sin embargo sigue siendo válido el llamado a la primacía de la ética frente a la deshonestidad política que practican los poderes fácticos. Si el objetivo de la oligarquía política y económica es evitar cualquier tipo de cambio social, solo la educación del pueblo, sobrepuesto al mangoneo de los medios de comunicación dependientes, puede romper esa hegemonía.

Hoy en día nadie en su sano juicio democrático podría atacar el sufragio universal con la excusa de que el pueblo carece de capacidad política, esto sería una aberración autoritaria que obliga a seleccionar ciudadanos activos según criterios inaceptables. Si contextualizamos esta idea de Ibsen, lo que acaba imponiéndose en “Un enemigo del pueblo” es la lucha del individuo contra una sociedad oligarquizada, la defensa de la libertad de expresión y la supremacía de la ética frente a los intereses económicos. No es poco, el dilema que se plantea a Stockmann y en el que se mantiene insobornable surge continuamente para valorar la calidad democrática de una sociedad, nos encontramos ejemplos a cada paso. No hace mucho que un juzgado español, amparado en la capacidad para investigar crímenes contra la humanidad fuera del territorio nacional, inició diligencias contra varios ex presidentes chinos acusados de genocidio en el Tibet.  Inmediatamente el gobierno chino amenazó con medidas económicas muy lesivas para los intereses españoles; poco después, en un tiempo récord, se aprobó una reforma de la Ley Orgánica del Poder Judicial que anulaba de hecho la jurisdicción universal de los magistrados españoles. ¿Cuántos enemigos del pueblo hacen falta en España para acabar con tanta ignominia?

Hay una sola cosa que un hombre libre no puede hacer nunca...un hombre libre no debe jamás obrar vilmente para no tener que escupirse a su propia cara, ni sentirse indigno ante sí mismo”









lunes, 21 de julio de 2014

"Correr", de Jean Echenoz: La locomotora humana.

Emil Zatopek.... el nombre ya suena rítmico, mecánico, como una máquina de precisión fabricada en el Este. Es el nombre predestinado para uno de los mejores corredores de fondo de todos los tiempos, Zatopek, capaz de una hazaña increible: ganó en apenas diez días las pruebas de 5.000 m.,10.000 m. y la maratón de la olimpiada de Helsinki. Jean Echenoz, escritor de enorme elegancia pese a la sencillez narrativa, dedica al corredor checo la segunda de sus falsas biografías. Inventa un personaje a partir de hechos rigurosamente ciertos, o más bien lo interpreta hasta darle una dimensión de resistente inquebrantable frente a quienes siempre quisieron utilizarlo. Zatopek, el corredor de estilo imposible que destrozaba a sus contrarios con brutales cambios de ritmo, fue considerado un héroe del pueblo, el ejemplo de la superioridad del socialismo real sobre el corrupto capitalismo. Pero Echenoz nos muestra un hombre humilde y discreto, casi un asceta del deporte, cuya expresión más libre era correr.
Sí, lo reconozco, busqué novelas de Echenoz después de leer la crítica entusiasta que Carlos Boyero le dedicó en El País. Pero no empecé por “14”, la obra que dedica a la Primera Guerra Mundial y que Boyero recomienda de manera inexcusable, escogí “Ravel”, el peculiar relato de los últimos años del músico francés. Como en la biografía de Zatopek, el personaje inventado -un Ravel lleno de manías y rarezas- acaba siendo utilizado como excusa para una narración sorprendentemente sencilla, de un encanto difícil de explicar. Apenas hay historia, ni desarrollo de personajes, ni una trama que te mantenga en vilo, solo la desapasionada reseña de rasgos cotidianos. Parece como si no hubiera nada más que lo leído sobre el genio: Ravel es un tipo algo neurótico en el que es difícil descubrir el inmenso talento del creador de Dafnis y Cloe.
Echenoz es de novelas breves -lo que agradezco-, lectura ágil y gusto por el detalle, durante algún tiempo he mantenido la duda -tengo una inefable descofianza por los nuevos autores franceses- respecto a si la obra es un hábil relato, más superficial que otra cosa, o tiene auténtica sustancia literaria. La lectura de Correr derribó gran parte de mis prejuicios, si bien admito que hay un gusto muy francés por la elegancia y el artificio, algo parco en las características que definen eso que llamamos la gran novela psicológica; sin embargo, Echenoz maneja en esta obra la ironía y el sentido del humor de manera magistral, manteniendo las distancias respecto al protagonista y logrando, a pesar de ello, que el corredor callado y en apariencia sumiso adquiera dimensiones míticas.
El atletismo es un deporte apasionante con una historia de hazañas legendarias, de héroes solitarios que lucharon contra sus propios límites en un continuo esfuerzo de superación. La épica existe, solo hace falta saber contarla. Eso es lo que hace Echenoz con un punto de vibrante crónica deportiva, como si estuviera relatándonos el documental de un personaje que se nos escapa un poco y sobre el que arroja cierta mirada entre cálida e irónica.

Ahora bien ¿Hasta qué punto llegamos a conocer realmente a Zatopek? He leído varios comentarios de especialistas en carreras de fondo que se han sentido defraudados porque Echenoz renuncia a mostrar las auténticas sensaciones o pensamientos del corredor; ignoramos qué es realmente lo que ocurre en una prueba de ese tipo, no conocemos a un Zatopek que queda velado, semioculto, reducido a ser una marioneta del poder que lo encumbra o lo degrada miserablemente. No conocemos al hombre, solo sabemos que fue manipulado por dos regímenes totalitarios, pero tenemos la sospecha que Echenoz hace lo mismo; le importa poco Zatopek, que no es sino un símbolo, la forma de mostrar la despersonalización a la que estamos sometidos cuando el poder carece de límites. Entonces solo queda correr.
 

sábado, 12 de julio de 2014

Botchan, de Soseki: Pequeñas miserias.

Todos los que formamos este pequeño círculo de bibliófilos somos profesores, sabemos de los manejos y miserias que se ventilan en ese particular universo de un claustro de docentes y hemos sufrido en nuestras carnes la incomprensión o la abulia de alumnos hartos de estar recluidos durante seis o siete horas seguidas. Era pues inevitable que nos encontráramos en algún momento con Botchan. Porque Botchan, uno de los personajes más peculiares y conocidos de la literatura japonesa, llega pronto a la conclusión de que no sirve para esto, que la vocación de maestro es un bonito ideal que se suele estrellar con la difícil realidad y que transigir con las pequeñas miserias cotidianas acaba volviéndote cada vez más escéptico y menos entusiasta. Tal vez sea una visión algo pesimista, pero es que nuestra profesión no está hecha para quienes no quieren complicarse la vida ¿Qué se creían?
No es tan extraño que podamos encontrar afinidades con un maestro japonés de principios del siglo XX, en realidad los problemas que afronta alguien que va a ejercer la docencia en un lugar que desconoce tienen que ser muy similares. Japón estaba en pleno proceso de occidentalización -no sin dificultades y rechazos- a partir de la Revolución Meiji, por eso hay elementos culturales que nos parecen comunes, incluyendo una literatura que está lejos del refinamiento, el misterio o el esteticismo que suponemos asociado a los escritores orientales.
Ejemplo de esta vertiente literaria es el Botchan de Soseki, obra ferozmente simple, de escritura a veces desmañada, directa, sin delicadezas ni lirismos. Soseki dibuja caracteres con breves trazos para que la sátira funcione a la perfección. ¿Literatura menor? Puede ser, en todo caso muy divertida, con una comicidad que procede de la incompatibilidad de Botchan con el entorno en el que vive a disgusto, del carácter impetuoso e inseguro, poco adaptable, que le lleva a continuas situaciones que lo ponen en evidencia. En cierto modo me recuerda el esquema de aquella serie norteamericana, Doctor en Alaska, solo que acentuando los aspectos más vulgares y prosaicos. Incluso, en la determinación y las reglas morales de Botchan, podríamos encontrar semejanzas con los códigos que Joel Fleischman intentaba preservar en el mágico pueblo de Cicely.
 
El considerable mérito de Soseki es la creación de un arquetipo literario, me atrevería a hablar de botchanismo como de una actitud ante la vida. Botchan es un metepatas que acaba resultando simpático porque va con sus ideas hasta el mismísimo infierno, es capaz de partirse la cara por lo que cree justo, aunque su visión de la justicia esté totalmente distorsionada. En el fondo es un tipo inseguro que se disfraza de falsa firmeza para encubrir sus pocas luces. Las debilidades de Botchan son tan evidentes, sus intentos por disimularlas tan lamentables, que no puedes sino ser condescendiente con sus bajezas y su estricto y algo ridículo concepto del honor.
No busquen una reflexión sobre el sentido de la educación -como podíamos encontrar en Jacob Von Gunten- porque no se trata de esto, el objetivo de la sátira va por otros caminos. El mundo es un lugar inhóspito en el que, o tienes la capacidad y la decisión suficiente para transformar las circunstancias, o es preciso saber leer bien la situación para adaptarte lo mejor posible. Sospecho que Soseki veía en Botchan el representante de una actitud ante la vida y de unos valores que estaban en proceso de desaparición: el Japón moderno, individualista y occidentalizado, empezaba a ver con escepticismo ideas sobre el honor y la responsabilidad que parecían periclitadas. A Soseki tal vez no le gustaba demasiado hacía dónde soplaban los nuevos vientos, pero no podía evitar ver en Botchan el representante ingenuo y acomplejado de una forma de vida que ya no era útil.

sábado, 28 de junio de 2014

"El odiado", de Don Tracy: Un héroe con fisura.

Antes de encontrarme con Hammett y sus precisos retratos de la desesperanza y la podredumbre del capitalismo norteamericano, antes de adentrarme en los violentos itinerarios de parias del sistema que narra Jim Thompson, antes de admirar la lucidez y determinación de esos detectives cínicos y poco habladores, antes de saber, aunque solo fuera por aproximación, lo que era la novela negra.... yo conocí a “El odiado”.
Ni siquiera pertenece al periodo más fecundo de un género que alcanzaría sus mejores logros durante la Depresión, es la última y tardía novela de Don Tracy, clásico injustamente olvidado a pesar de ser autor de al menos dos obras más que rescatables. De talante claramente progresista -aunque muy crítico con el comunismo- en “El odiado”, escrita en los años sesenta, vuelve al tema del racismo que ya había tratado en la que se considera su mejor novela, “Cómo duerme la bestia”. Tracy construye un sólido relato a partir de la historia de un abogado alcohólico que vuelve a la ciudad de la que fue expulsado por su propia familia; allí se encargará, casi sin querer, de defender a una joven negra acusada de asesinato y de poner al descubierto el proceso de corrupción colectiva de una sociedad enferma.
Los géneros literarios nacidos con una vocación popular o de masas suelen ser bastante maltratados cuando se realizan consideraciones críticas. A mi modo de ver, un género es simplemente el marco que el escritor elige para elaborar su obra, dependerá del talento del autor que el resultado sea valioso. En el caso de la novela negra, es innegable que una serie de escritores notables asumieron un compromiso intelectual, la resistencia al fascismo, la dignidad frente a la furia reaccionaria que se había desatado en los Estados Unidos, y para ello utilizaron una serie de elementos de la cultura popular que servían a la perfección para el diagnóstico social. Sin la enorme categoría literaria de Hammett, la puesta en cuestión de una sociedad basada en la mentira y la represión hubiera resultado vacía. Tal vez la altura literaria de Don Tracy esté algo por debajo del autor de “La llave de cristal" pero no es en modo alguno despreciable, consigue poner al desnudo, en un momento en el que la segregación racial empezaba a ser cuestionada, la violencia extrema del poder y el desprecio de la mentalidad dominante por la dignidad humana.
La sociedad del desencanto y la quiebra de los valores morales es asumida en la novela de Tracy por un individuo errante, un off sider que se verá obligado a enfrentarse a la verdad de la comunidad en la que se educó. La crónica de esa verdad desnuda deviene en testimonio perturbador y revulsivo para una sociedad que está casi en los límites de la degradación. A partir de aquí solo queda la posibilidad de un proceso purificador que llevará a cabo un héroe insospechado, preparado para ello tras derrotar a sus propias debilidades.
Hay ciertas similitudes con las historias de regeneración que relata otro de los clásicos del género, David Goodis. En ambos nos encontramos un mundo violento y despiadado en el que el protagonista aparece condenado a una situación degradante, hasta que sufre algo así como una catarsis que lo convierte en el salvador de sí mismo y de quienes esperaban liberarse de algún tipo de tiranía. En “El odiado” es la comunidad negra la que vive sumida en el silencio y la opresión por el control de un cacique que maneja a su antojo la ley y a quienes deben cumplirla. Como he dicho, Tracy no es un comunista, el progresismo a la americana es el liberalismo de los padres fundadores que, sin duda, pensaron en un país socialmente libre y autónomo, sin privilegios ni oligarquías. La protección de la libertad individual y de los derechos básicos, la idea de progreso y mejora social, pueden resultar radicales para la América conservadora, pero están en el origen de los EEUU. El progresismo que defiende Tracy es el originario, el que ha sido desvirtuado en la América de los sesenta y precisa de la decisión firme del individuo, no de la estrategia de una organización política revolucionaria.
Estaremos más o menos de acuerdo con el posicionamiento de Tracy, con la mítica del héroe individual que no cree en ideologías colectivistas, pero eso no impide que el diagnóstico sea válido; la crónica despiadada de la sociedad nos llevará a soluciones que pueden ser diversas, pero ha conseguido un efecto poderoso, suscitar la indignación ante una realidad inaceptable. Como se está demostrando con el nuevo auge de la novela policial, el género negro es la excusa perfecta para profundizar en las cuestiones más sensibles de una sociedad en crisis; si Tracy denunciaba la mentalidad opresora de una oligarquía blanca que se resistía a reconocer iguales derechos para la población negra, hoy tenemos otras oligarquías que siguen queriendo transformar la ley en privilegio. Aunque la catarsis final de la que nos habla Tracy no creo que vaya a producirse con una ciudadanía acorbadada y a la espera de su particular redentor.
 

domingo, 4 de mayo de 2014

"Jornada de un escrutador", de Italo Calvino: Un inmenso cottolengo.

Dicen que en la Italia de los años cincuenta, cuando el posible sorpasso comunista amenazaba la hegemonía de la derecha, desde los púlpitos se inició una campaña que, “sin querer condicionar el voto”, pedía a los feligreses que apoyasen “a un partido que fuera demócrata y cristiano”. Ignoro si el hecho es cierto tal y como relato -la anécdota procede de la película “Divorcio a la italiana”-, el caso es que la Democracia Cristiana contó con el incondicional apoyo de la Iglesia, que movilizó todos los medios a su alcance incluida la manipulación rastrera de los deficientes y paralíticos que acogía en sus cottolengos.
 
A una jornada electoral en un colegio ubicado en una de estas instituciones benéficas dedica Calvino esta breve obra -relato, ensayo, denuncia o reflexión personal, que de todo ello tiene un poco-. El espectáculo lamentable de curas y hermanitas de la caridad condicionando el voto de unos pobres desgraciados es observado por el escrutador comunista -alter ego de Calvino- con indignación, pero también con la creciente sospecha de que todo el sistema democrático burgués es un absurdo y una farsa, un enorme cottolengo en el que todos somos deficientes.
Esa deficiencia procede de la incapacidad de la voluntad popular para ser realmente efectiva, ha sido desvirtuada por agentes que se nos escapan y que deciden el resultado final de nuestros destinos. Calvino consideró que ante un problema que afectaba de manera tan directa a la calidad democrática era preciso recuperar la literatura social apegada a la realidad, mucho más eficaz que sus anteriores fabulaciones para analizar críticamente la situación histórica de Italia.
La rabia de Calvino ante situaciones tan absurdas e injustas como las que presenció en sus días de mayor compromiso político pudieron incitarle, en sus propias palabras, a realizar un violento panfleto contra la Democracia Cristiana. Sin embargo no elaborará una simple denuncia, el desfile de enfermos mentales y disminuidos arrastrados a las urnas suscita en el escrutador reflexiones que cuestionan la política, la religión, las condiciones de la Italia del momento, pero también la ideología del protagonista, en paralelo al alejamiento del PCI que el propio Calvino había experimentado poco antes.
El desprecio y la crítica se centran en los representantes de la Iglesia, que han hecho dejación de la caridad cristiana para salvaguardar sus propios privilegios. También en el propio escrutador, que tendrá que superar la inquietante sensación de superioridad sobre los desvalidos obligados a votar, la sensación de que no son ciudadanos que deban tener los mismos derechos que un hombre capaz y en la plena posesión de sus facultades. Superar esta sensación supondrá asumir la lucha frontal contra la manipulación de la ciudadanía por parte del poder, asumir también que los cambios no se producen esperando pasivamente que se pudra el sistema sino con la lucha individual y diaria en todos los ámbitos. Y es allí donde anida la miseria y la sumisión, donde habitan los más débiles y deprimidos, el lugar desde el que se debe iniciar el combate.
 

domingo, 20 de abril de 2014

Belleza cerca de la nada: "Seda", de Alessandro Baricco.

Quien haya visto la anodina película del mismo título tal vez no encuentre demasiados incentivos como para interesarse en la novela de Baricco. Sería un gran error, Seda es un relato hipnótico, al que hay que dedicarle una lectura lenta y atenta para descubrir la profunda poesía en lo que falsamente podemos interpretar como simple prosa. No aparenta demasiado, una miniatura oriental que se ha comparado con un haiku, pero en lo esquemático de su argumento hay algo que hechiza, como el paisaje por el que deambula el personaje protagonista.
La historia de Hervé Joncour, el largo viaje en busca de gusanos de seda, es una delicada combinación de sugerencias y símbolos, un triángulo entre la fascinación por Oriente, el atractivo misterio de lo desconocido y la entrega de una mujer que protagoniza la auténtica historia de amor del relato. La habilidad de Baricco consiste en una extrema contención que mantiene en sordina la pasión amorosa, la libertad que parece ofrecer un mundo desconocido o el sufrimiento de la pérdida. La seda no es solo el objetivo del viaje, es la imagen simbólica de una novela en la que se ha de intuir entre las palabras el nudo de conflictos y pasiones que se desarrollan. Ligera como la seda, pero imposible de captar en toda su belleza si no estás dispuesto a disfrutar de algo tan etéreo, porque leer Seda con ojos escépticos se aproximaría mucho a estar cerca de la nada.
No debía ser fácil allá por el siglo XIX, época en la que transcurre la novela, abandonar todo aquello que mantiene a una persona unida a sus raíces, en definitiva a lo que nos identifica y que resulta consustancial a nuestra existencia. La fidelidad al paisaje propio otorga la seguridad de lo previsible, una cierta rutina disciplinada de quien conoce lo que van a ir deparándole los días; pero hay quien siente esta apacible rutina con inquietud, una oculta ansiedad que tal vez no llegue a manifestarse. Hervé Joncour nunca sintió esa ansiedad, nunca hasta que asumió el papel de un nuevo Marco Polo para conseguir la seda con la que abastecer la industria de su pueblo.
Joncour siente la extrañeza de lo desconocido pero desde que llega a Japón queda deslumbrado, necesita volver una y otra vez atraído por una mujer que le fascina, la concubina del poderoso personaje que ha de proporcionarle los gusanos de seda. Estoy tentado de interpretar esta fascinación como una versión sutil y elegante del orientalismo que tan de moda se puso durante el XIX; o siguiendo la propia explicación de Baricco, no es simple deseo o atracción amorosa, sino un conjunto de pasiones a las que es difícil designar con un nombre exacto. Sin duda el relato deja entrever esas pasiones que se nos antojan volcánicas aunque apenas se revelen, pero me inclino por la vertiente del viaje interior, la necesidad de resolver un desgarro del alma que se siente insatisfecha. Es el ansia de conocimiento que se produce con la conciencia de una vida que pasa “sin aliento ni esperanza”. Hervé Joncour recuperará el equilibrio gracias a la mujer que ha comprendido toda su turbulencia espiritual y física, para acabar encontrando la paz -tal vez no del todo completa- en el lugar al que pertenece.
Comentaba Baricco en una entrevista que no escribiría sin pensar que va a decir algo que nunca se dijo antes; creo que, en realidad, lo que cuenta Baricco interesa por cómo lo dice, por esa capacidad para crear un universo literario de exquisita belleza a través del dominio del lenguaje. Apenas unos breves párrafos en cada capítulo -el autor habla de una estructura musical, como una partitura- nos van dejando captar gestos, actitudes, silencios que dibujan un relato que acaba dejando un poso de emoción y tristeza.
 
 

 



miércoles, 26 de marzo de 2014

Beowulf y la estirpe de Caín.





Bajo los efectos de algún proceso febril, me dediqué no hace mucho a leer todo aquello que encontraba sobre un viejo poema épico anglosajón, Beowulf. Mi compulsión llegó al visionado de varias versiones cinematográficas que arrojan resultados bastante dispares, desde lo más infecto a la última e interesante recreación de Robert Zemeckis. Incluso me arriesgué a comprobar lo que podía dar de sí la obra en el mundo del cómic, concretamente la ambiciosa propuesta de Santiago García y David Rubin. Las ilustraciones de Rubin, espléndidas, muestran lo que imaginé cuando leí el poema: un mundo violento, bárbaro, con fuerzas siniestras y héroes dispuestos a morir o a permanecer eternamente en la memoria de sus semejantes.





Puede estar poco justificado el interés por un texto que el mismo Borges, que tenía debilidad por la literatura medieval germánica, consideraba bastante simple e inferior a otros grandes poemas épicos. El hilo argumental, la historia de un héroe que debe liberar a los daneses y luego a su propio pueblo de horribles monstruos, parecerá simple, pero hay una tensión muy atrayente entre los diferentes elementos que integran el poema: la base histórica -real y comprobable-, el elemento heroico-mítico y el componente cristiano, resultado del trabajo de un compilador, tal vez un clérigo, que intenta imponerse y domesticar el sentido originario que se resiste a ser acallado. Todo ello dota al poema de una hondura y complejidad, de una cantidad de sugerencias, que justifican las múltiples recreaciones posmodernas y los intentos por humanizar a personajes mucho más oscuros de lo que parecen.



Es el conflicto entre la esencia pagana y bárbara del poema y su plasmación por escrito, con la evidente intención de reforzar el cristianismo de unas comunidades todavía reacias, el primer argumento que justificó mi afición por Beowulf. La insistencia en la caracterización anticristiana de Grendel, monstruo semihumano “ajeno a toda justicia”, apenas disimula el origen que debió motivar el núcleo más primitivo del relato, el difícil tránsito entre naturaleza y civilización. Pero el hábil poeta cristiano advierte las enormes posibilidades que ofrece el salvajismo pagano de Grendel y lo convierte en la representación del mal, un miembro de la estirpe de Caín que solo puede ser derrotado por el enviado de Dios. De este modo, el combate contra nuestros propios demonios, contra los impulsos más oscuros y negativos de la naturaleza humana, es transformado en una condena del paganismo que será derrotado por un héroe sin tacha.

map of Beowulf's Europe



Los héroes que venera el paganismo germánico son muy diferentes a los mártires que admirará el cristianismo. La última mano que fijó el poema de Beowulf como texto cristiano, sabía que el héroe que derrotara al monstruo satánico no podía ser un mártir lloriqueante, había de ser un guerrero excepcional, un trasunto de Cristo enviado por Dios para liberar a los germanos de la idolatría. La propuesta recuerda a lo que muchos siglos después plantearía Carlyle, el concepto de la historia como el resultado de individuos excepcionales, héroes que surgieron en el momento preciso para resolver las situaciones más complicadas. Beowulf es un heroe de Carlyle, el libertador que surge representando la verdad y la justicia cuando todo parecía venirse abajo. El guerrero cuya lucha constante permitirá mantener la independencia de los gautas, hasta que su muerte abra un nuevo periodo de caos y descomposición.

En este sentido, y aunque el héroe nunca será derrotado, hay un tono pesimista que se va acentuando conforme avanza el relato; tras las victorias sobre Grendel y su horrible madre, la lucha con el dragón, siendo Beowulf casi un anciano, demuestra lo que se nos había anunciado al principio: el coraje y la lealtad de sus guerreros han desaparecido, su pueblo está condenado a la ruina. La ruina inevitable es el destino de todos, acabamos reencontrándolo en una batalla final cuyo resultado es siempre la derrota, de ahí la conciencia de Beowulf sobre un mundo hostil y efímero en el que el único esfuerzo justificado es el que otorga honor y gloria eterna. Conquistar la inmortalidad y servir de ejemplo en la conciencia de los hombres, que transmitirán las grandes hazañas del héroe de generación en generación. Beowulf, sin que pueda evitarlo el poeta, acaba recordándonos más a Aquiles que a Cristo: “Para todos nosotros un día se acaba la vida en la tierra, mas antes debemos cubrirnos de gloria; no hay cosa mejor para un noble guerrero después de su muerte”.


Desde los tiempos de los Evangelios, el cristianismo ha intentado limar las garras de la subversión y difuminar los aspectos más turbios de nuestras motivaciones. Todo acaba simplificado hasta acomodarse a la interpretación que de este primer poema germánico dio Tolkien, veía en Beowulf la misma lucha maniquea entre el bien y el mal que se repite en sus historias sobre hobbits y orcos. Sin embargo, cuando leemos las hazañas de este libertador germánico, hay elementos que no acaban de encajar en la figura del héroe iluminado. Beowulf es demasiado humano, demasiado orgulloso, está muy en los márgenes de la Comunidad como para ser un personaje irreprochable. Ha restablecido el orden porque está por encima del resto y porque, como el monstruo, hay algo de liminal en su fiereza. Por eso, nos recuerda el poeta, los tiempos de las grandes hazañas desaparecieron para siempre, hombres como Beowulf ya no convienen a una comunidad sumisa al poder de Dios.