sábado 11 de febrero de 2012

La tertulia vuelve a Sicilia.




Aunque hace meses que tenemos abandonado este lugar virtual para las reflexiones escritas, la tertulia literaria ha continuado celebrándose con regularidad, es más, estamos muy cerca de cumplir cinco años desde que a Javier Bataller -o a Manuel Fernández, que ésta es cuestión todavía sin resolver- se le ocurrió que los libros serían una buena excusa para beber cerveza en abundancia sin tener mala conciencia.

Nuestra última reunión se dedicó a Andrea Camilleri, a una de sus obras de la famosa serie del comisario Montalbano –“El perro de terracota”-; para el evento decidimos acudir a un restaurante de nuestra localidad en el que pudimos disfrutar de una comida que fue, al menos, tan celebrada como las que le prepara su eficaz cocinera al inteligente investigador siciliano. Eso sí, en lugar de comer a la italiana optamos por las especialidades de nuestra tierra, particularmente un arroz al horno del que dieron buena cuenta Joan Benavent y Javi con una voracidad tal que no perdonaron ni la cabeza de ajos.

Se habló de novela negra, por supuesto, y también de las “negras tormentas que agitan nuestros aires”. Dejo a Javier, más ducho en cuestiones numéricas, el comentario sobre la valoración de la novela, aunque puedo avanzarles que no quedó incluída en el círculo del infierno reservado a la literatura de consumo, ni siquiera en el purgatorio de los autores que serán perdonados tras un periodo de contrición.

miércoles 16 de febrero de 2011

La corrupción de Lazarillo.



Dicen que no hay nación tan obsesionada por su decadencia como España, nos cuesta tomar conciencia de ello, es cierto, pero cuando se hace evidente que el ritmo de la civililzacion nos sobrepasa aparecen personajes como Quevedo lamentándose por los “desmoronados muros de la patria”, o Unamuno explicando que este país es una completa miseria. Demasiado patético Quevedo, en cuanto a Unamuno siempre tiene ese aire de tipo enfadado que soporta el peso de nuestro prestigio; me divierte mucho más la ironía de Cervantes cuando ofrece un “doblón por describir tanta grandeza” y, sobre todo, confieso mi afinidad por el lúcido desengaño de nuestros pícaros que, a base de chanzas y desastres, desenmascaran una sociedad que les ha hecho corruptos.

La sociedad es la del Siglo de Oro, en apariencia esplendorosa pero dividida por un abismo de privilegios y prejuicios, con una poderosa aristocracia que desprecia el trabajo refugiada en sus enormes patrimonios y que se cierra en sí misma para impedir la promoción social. Mientras, la gran mayoría de la población soporta condiciones de miseria y, a causa del crecimiento demográfico del siglo XVI, una parte de ese pueblo famélico acude a las ciudades a buscarse la vida. Allí se concentrarán gran cantidad de desocupados y parásitos que aguzan el ingenio para salir adelante en una sociedad propicia a triquiñuelas y poco dada al esfuerzo. El pícaro aparece en esta sociedad insegura y confusa e, inmediatamente, una literatura de la desesperanza lo tomará como modelo para crear un antihéroe que pone en cuestión lo establecido.

Sin embargo, el pícaro apenas es un marginado que no llega a delincuente, no es destructivo contra el sistema y su mayor aspiración es medrar en un mundo que ofrece pocos medios legítimos para ello. Es la frustración la que genera conductas desviadas, una frustración que provoca también el repudio de los valores espirituales de las élites: el pícaro se arrima a los “buenos” porque tiene hambre, en todos los sentidos, pero de la continua observación de un mundo degradado y carente de valores auténticos saca sus propias conclusiones y una nueva actitud ante la vida. Es un aprendizaje que lleva al pícaro a la decisión fundamental: el mundo no puede cambiarse porque esa lucha es inútil, hay que acomodarse para llegar “a la cumbre de toda la buena fortuna”.

No todo el extenso grupo de marginados que pueblan la novela picaresca son atentos observadores de la corrupción social, debemos reducir a un pequeño número las obras que llamaríamos “críticas”. A la cabeza de todas ellas está “Lazarillo de Tormes”, el referente y modelo, la más honda y trascendente. Se llama “Lazarillo”, pero quien nos da “entera noticia sobre su persona” es Lázaro, el cínico y desilusionado Lázaro que ha acabado comprendiendo demasiado bien el mundo en el que vive. Nos cuenta la historia de su presunto ascenso social coronado con un oscuro asunto de deshonor que debe defender, y lo hace de manera magistral, mostrando que la lucha de los desfavorecidos no puede llevar sino al sacrificio de la integridad. Para sobrevivir hay que corromperse, ponerse la máscara hipócrita de los destestables principios que ha aprendido a conocer y a manejar.

Todo eso lo vemos en los sucesivos episodios que Lázaro relata para exponer su caso, ha pasado de ser el jovenzuelo que crítica la maldad y la estupidez a ser un corrupto que se ha asimilado a un mundo en el que reina la maldad. Y quienes viven en él deben aprender esa lección si no quieren ser aplastados.

Lázaro se ha resistido hasta el final, ha intentado mantener su integridad personal ante las presiones exteriores pero no hay solución, entre la realidad y la apariencia siempre es la apariencia la que predomina de manera avasalladora hasta convertirse en la única verdad. Hay que actuar como un cínico, renunciar al yo y a la dignidad personal, deshumanizarse, la única forma de adaptarse al sistema. Dirán que es una interpretación terriblemente pesimista, la sociedad derrotando al individuo hasta asimilarlo, el gigantismo deshumanizado del Imperio que triunfa aplastando la individualidad. El bienestar conseguido por Lázaro es solo material, deshonroso e ilusorio, casi un símbolo de una España imperial tarada por la miseria y pagada de un falso esplendor.

El mérito del anónimo autor de Lazarillo es haber intuido los males del país, un siglo después ya estaban manifiestos y saltaban a la vista de todos. Es entonces cuando surge el último de los pícaros, Estebanillo González, aplastado también por la ley inhumana de la sociedad sin pretender por un momento corregirla o criticarla. La suerte del Imperio le trae al fresco y su escepticismo ante el futuro de España es claro; como en el Lazarillo el paralelismo con la evolución del país es obvio: España está derrotada y humillada y Estebanillo, inmerso en un mundo de bajezas y humillaciones extrae de ello las razones de su orgullo.

lunes 3 de enero de 2011

Etica para el fin de los tiempos. Sobre "La caída" de Albert Camus.





Puedo asegurarles que no estaba buscado pero, como verán, la tertulia sigue en su línea de coherencia a la hora de seleccionar lecturas. Lo digo por los paralelismos evidentes entre el descenso a lo más oscuro de la mente que lleva a cabo el funcionario de Dostoievski y la caída moral que sufre su heredero espiritual, el juez penitente de Camus. De acuerdo, no son equiparables el humanismo laico de Camus y el desgarro irracionalista de Dostoievski, sin embargo ambos asumen ese universo sin Dios que se atrevió a proclamar Nietzsche y que nos concede la plena libertad del sin sentido.

Nos puede sorprender, acostumbrados hoy a las sutiles disquisiciones sobre las palabras propias de la oledada posmoderna, que la reflexión ética tuviera tanta importancia mediado el pasado siglo. Era así, se lo aseguro, se catalogó como “existencialistas” a unos filósofos que se atrevieron a plantear como único horizonte real un final muy poco heroico tras una vida absurda. Por mucho que busquemos sentido solo vamos a encontrar un mundo ininteligible que puede hacerse angustioso. Y a pesar de todo, cuando aceptamos la irracionalidad del mundo sin caer en la desesperación, cuando asumimos nuestra miseria, la vida acaba teniendo cierto valor y la miseria puede transformarse en grandeza. Nada puedo esperar, lo que hago es inútil pero a nadie debo obedecer porque soy libre. Es por esto que Camus veía a Sísifo feliz, solo un rebelde puede encontrarse a sí mismo en una actividad inútil y no rendirse mediante el suicidio.

Sitúense en la Francia algo desengañada y confusa de mediados de siglo, Sartre y Camus inician un debate que marcará la vida cultural francesa y que hoy podría seguir vigente, el compromiso político y la ética, la dignidad y la justicia. No es una polémica cualquiera, se sustancia en revistas literarias y cada uno de ellos dejará recados al otro en alguna de sus novelas. “La caída” podría ser la última respuesta de Camus, el reconocimiento de su propia debilidad ante una encrucijada histórica en la que no se sintió a la altura. Frente a la inequívoca posición anti-imperialista de Sartre, Camus vaciló ante la justicia, encontró una fisura en su compromiso ético y convirtió en arte su irónica reflexión sobre la debilidad.

“La caída” es la tercera novela de Camus y supone una variante, casi diría que un viraje respecto al posicionamiento que había tenido su autor como moralista severo. Los elementos básicos del existencialismo están, sin embargo hay una reconsideración irónica que pone en cuestión la posibilidad de mantener contra viento y marea una honestidad sin tacha. ¿Recuerdan que Séneca ya lo había planteado? Haz lo que yo diga y no lo que yo haga, viejo problema casi insalvable, una cosa son los principios y otra muy diferente el individuo que los sustenta.

Admito la existencia de múltiples lecturas en la obra, creo sin embargo que en esa dificultad del ser y el deber ser radica el tema fundamental que preocupaba a Camus cuando escribió “La caída”. Clamence está muy lejos del humanismo ético del Bernard Rieux de “La peste”, es un hipócrita que no ha acabado de darse cuenta de su miseria y cuando lo hace, después del episodio del puente, se convierte en un ser ridículo; el superhombre no es más que un individuo más, un pobre tipo. A partir de ahí comienza su deambular penitente en busca de la gracia que nunca logra, solo obtiene un malsano consuelo en la demostración a los demás de que su culpa es también la de ellos.

Cuando digo que Clamence es un hipócrita es porque considero que, aunque lo oculte, sospecha de su fragilidad, no quiere pensar en ello puesto que apenas había visto perturbada hasta entonces su mentira, una mentira latente. Se engaña a sí mismo hasta que todo sale a la luz cuando se muestra incapaz de prestar ayuda a una suicida; de pronto todo se hace evidente, Clamence también ha caído hasta darse cuenta de su nimiedad insoportable. Ni es el abogado de causas nobles que “se acostaba todas las noches con la justicia”, ni ese ser superior que manipula a su antojo, ni siquiera el hombre confiado y seguro de sí que “vivía impunemente”, es un hombre frágil que ha tomado conciencia de su insignificancia. Inmediatamente hace un segundo descubrimiento, apenas unos pocos de los que vivimos en este mundo irreal, en este infierno que son los otros, se libran de la misma culpabilidad; a casi todos nos acaba persiguiendo la risa que no es más que el desgarrador desacuerdo entre lo que pretendíamos ser y lo que somos en realidad.

Es propio del artista convertir sus reflexiones en análisis de una mentalidad, transformar sus obsesiones en un diagnóstico sobre la condición humana. Es posible que Camus estuviera justificando su propia actitud, no sería el primer escritor que trata de exorcizar sus fantasmas, pero es que Camus era un artista, no un monumento a la moralidad intachable. Cuando entró en contradicción en el conflicto de Argelia acabó llegando a la conclusión de que ni siquiera podemos ser justos, por eso “La caída” es su obra más desesperanzada, por eso no hay posibilidad de recobrar la inocencia una vez se ha descubierto el mal moral. Y por eso Camus era en el fondo más honesto que Sartre, porque tuvo más presente nuestra radical imperfección.

domingo 2 de enero de 2011

Elogio de la literatura y la ficción. El discurso de Vargas Llosa.




Es costumbre de los miembros de la tertulia tomarnos con calma el debate sobre el libro que nos reúne. En realidad aplazamos la discusión propiamente dicha casi hasta última hora; primero se come y se bebe cerveza, resolvemos los problemas del país, lamentamos la suerte casi siempre mala de nuestro equipo de fútbol, despellejamos a los ausentes y, ya al final, si queda algo de tiempo, hablamos de la novela que casi todos hemos leído. Es Joan Benavent (conocido como Juanfe antes de dejar huérfanas las aulas), personaje inspirador de la tertulia y cuya existencia está certificada por las fotos que acompañan a estos comentarios, quien habitualmente inicia el diálogo con una exuberancia verbal que, como podrán comprobar, suele regatearles a todos ustedes cuando se trata de plasmarla por escrito.

Durante la última reunión, antes de decidirnos a discutir sobre Camus, comentaba el propio Joan, con una mezcla de admiración y rechazo, el discurso que Vargas Llosa nos regaló cuando recibió el Nobel. Haciendo honor a su oficio de escribidor, Don Mario elaboró un hermoso elogio de la literatura acompañado de los correspondientes agradecimientos, tanto a los escritores que ama como a sus patrias de origen y acogida. Como la ocasión era idónea, también consideró conveniente dar cuenta de su amor por la libertad y de su intachable compromiso ético. Lo digo en serio, avala esto último un periódico tan honorable e independiente (el de la mañana) como El País y personajes de tanta solvencia como Javier Cercas (quiero pensar que en su defensa del ilustre peruano nada tienen que ver los elogios recibidos por “Soldados de Salamina”). Fue precisamente el señor Javier Cercas quien me hizo ver la luz tras un brillante artículo en el que acusaba de envidiosa a la progresía que ha digerido mal el encumbramiento de Vargas Llosa por la Academia sueca.

Pues bien, como les digo, nuestro compañero Joan Benavent no quedó del todo convencido y sigue algo escéptico respecto a la honestidad política del autor de Pantaleón. No pude por menos que mostrar mi perplejidad e indignación cuando afirmó que Vargas Llosa (por suerte ya no tendremos que decir aquello de “eterno aspirante al Nobel”) santificaba la injusticia social con su discurso. ¿Acaso no ha leído como yo la viril defensa de la libertad frente a regímenes populistas y antidemocráticos? Sí, es verdad que Don Mario denuncia al barbudo comunista, al mamarracho bolivariano y al desastrado y poco deportivo presidente de Bolivia pero se olvida de la democracia tutelada de Chile, de los crímenes de Estado cometidos por Uribe en Colombia, de la brutal represión desatada en Honduras o de los escuadrones de la muerte que siguen dictando su ley en Guatemala. Nada, un lapsus, todo el mundo sabe que a diferencia de otros colegas suyos como García Márquez o Neruda, el escribidor peruano nunca fue sectario.

¿Y qué me dicen de la emocionada defensa de los derechos humanos que lanzó a todo el universo conocido? Gente perversa le ha acusado de hacer una interpretación selectiva de tales derechos; vale, es posible que después de aprenderse los derechos civiles y políticos tuviera una necesidad perentoria y dedicara las páginas de los derechos económicos y sociales a un mejor uso. De acuerdo, nos puede pasar a todos pero no sean incrédulos, quien patrocinó una obra de tan agudo análisis político como el “Manual del perfecto idiota latinoamericano” (desde “El príncipe” no se había visto nada igual) no ignora que sin derechos económicos y sociales la riqueza se concentra, las diferencias entre clases aumentan y los derechos políticos se convierten en papel mojado manipulado a su antojo por los privilegiados. Verán ustedes como tan comprometido escritor, cuando reciba el premio Goncourt, dirá unas palabras de aliento para los más desfavorecidos.

Pero la verdadera altura moral de nuestro hombre se plasma impagable en esa llamada esperanzada que nos propone, con nuestras popperianas sociedades “abiertas” dispuestas a solucionar los pequeños inconvenientes del neoliberalismo benefactor, siempre que no sea a costa de soportar nosotros sus excrecencias en forma de emigrantes. Me gusta especialmente, halaga mi sentimiento como español de bien, su admiración por nuestro proceso de cambio hacia la hermosa democracia que disfrutamos, tal vez un poco corrupta y demasiado oligárquica pero ¿qué quieren? Por aquí siempre se ha estilado lo de dejar que decidan por nosotros quienes más capacitados están para ello. Gente con criterio que sabe lo que nos conviene.

Comparto sus buenos deseos y su confianza en el futuro de Latinoamérica donde, sin pausa, y pese a la resistencia de gente anclada en el pasado, se va instalando la democracia que generará progreso y no desigualdad. Y no hagan caso a esos que dicen que la democracia liberal propuesta por gente como Vargas Llosa es una forma de justificar la capacidad de acumulación capitalista del Norte a costa de la dependencia y depauperización generalizada del Sur. Falacias que los indicadores económicos refutan con contundencia, no tienen más que darse una vueltecita por algún barrio de Lima para darme la razón.

Por todo esto, estimado Joan, creo que tu suspicacia solo puede ser producto de una visión del mundo ya periclitada. Estamos en el final de la historia amigo, asistimos al triunfo de la democracia liberal, la materialización más perfecta de la racionalidad en el tiempo. Y esto exige otro tipo de intelectuales, ni un opositor a las verdades establecidas, ni un tipo con conciencia crítica capaz de poner de manifiesto los mecanismos de explotación (si es que queda alguno). Lo que necesitamos es un gallardo paladín de las libertades, un portavoz del neoliberalismo que nos prevenga contra la utopía y patrocine el abandonismo crítico. Necesitamos a Vargas Llosa.

miércoles 8 de diciembre de 2010

Maalouf y el sueño de Mani.




No sé si han reparado ustedes en la inmensa vanidad que es necesario acumular para que personajes como Pablo de Tarso, Mahoma o incluso el payaso de El Palmar de Troya, acabaran creyendo que eran los elegidos de un supuesto plan divino. Ya sabemos lo peligrosa que puede resultar esta gente tan segura de sí misma, nada menos que poseen la garantía divina como fuente de certidumbre; ante esto, o se pliega uno o se convierte en un infiel sobre el que puede caer toda la ira de Dios. Seamos por tanto precavidos ante los iluminados y permitan que me conforme con mi corta y penosa vida, eso sí, sin servilismos ni las falsas ilusiones que, como auguró Freud, acabarán cuando nos despidamos de la primera infancia de nuestra especie.

Entre estos iluminados forjadores de una religión respetable, “del libro”, está Mani, un persa del siglo III d.C. que supo sintetizar el gnosticismo de diferentes tradiciones religiosas en un intento por crear una forma internacional de espiritualidad para toda la humanidad. Es una muy noble pretensión, parecida al deísmo de los ilustrados, por eso el también ilustrado Maalouf se fija en un personaje como Mani, casi sepultado por el olvido y la tergiversación. Aceptemos que Maalouf adapta un poco a sus ideas la doctrina maniquea pero hay base para eso que he llamado “el sueño de Mani”, como diría Zweig uno de los momentos estelares de la humanidad en el que pudo cambiar la historia. A Maalouf le preocupa especialmente, es una constante en su obra, la lucha entre el fanatismo y la intolerancia frente a los ideales de libertad e igualdad que él asume y que, desde luego, no considera privativos de Occidente. A la tarea de encontrar vínculos entre Oriente y Occidente dedica sus esfuerzos, todo lo contrario de lo que hacen algunos famosos publicistas de por aquí (la señora Fallaci por ejemplo): la diversidad no es incompatible con la convivencia.

Mi impresión es que Maalouf pretende convertir el maniqueísmo en una religión tolerante, diría que liberadora, que encima procede Oriente, el lugar demonizado por ser cuna del fundamentalismo que amenaza nuestras sociedades supuestamente libres y democráticas: Si non e vero e ben trovato. Intuyo sin embargo que el maniqueísmo representaba un peligro muy serio para una religión cristiana poco dada a sutilidades, un peligro que procede de sus orígenes gnósticos y que se manifiesta en la importancia concedida al conocimiento autónomo frente al control del pensamiento y la voluntad. Recuerden a San Agustín, aquello de que la voluntad humana está demasiado corrompida por el pecado original y que no hay esfuerzo humano que pueda conseguir por sí solo la salvación. La creencia gnóstica sobre el conocimiento liberador debía sentar como una lanzada en donde más duele para aquellos que siguen la doctrina de Tertuliano: “No pienses sino cree”.

Por una u otra razón la doctrina de Mani nos ha llegado simplificada y distorsionada, hasta es posible que la cojera, esa imperfección física de la que Maalouf también se hace eco, no fuera sino otra forma por parte de sus enemigos de resaltar lo que a sus ojos era imperfección moral. Un tipo peligrosos este Mani, a pesar de que en la novela le sobra fatalismo y le falta el vigor de los grandes reformadores, pero con la determinación suficiente como para cuestionar la religión establecida. Precisamente el conflicto con los sacerdotes de la religión oficial (el zoroastrismo) es uno de los puntos más interesantes de la novela; me recordaba un poco aquella famosa película polaca, “Faraón” de Jerzy Kawalerowicz, que relata la lucha de un reformador, en este caso civil, frente a los guardianes de la religión que se han apoderado del Estado. Mani, que desde el principio se presenta como un rebelde contra preceptos absurdos de la secta rigorista en la que le introduce su padre, rechaza ritos e intermediarios y ofrece una religión no excluyente que integre a todos, una filosofía más tolerante que, es esto lo que pretende decir Maalouf, habría adelantado varios siglos el espíritu de concordia en el ámbito mediterráneo (si es que tal cosa ha llegado a lograrse alguna vez).

Me gusta lo que dice Maalouf, es interesante y bien intencionado, lo único que tengo que oponer es que, al fin y al cabo, Mani funda una religión y a mi, aunque no soy inmune al misterio, a lo maravilloso, al sobrecogimiento ante lo desconocido, me parece que hoy en día se puede vivir un vida ética sin necesidad de ninguna religión. Es curioso que, bien visto, hay en Mani algo de imitación de San Pablo: toda su filosofía impregnada de judeocristianismo, la autodesignación como apóstol de Jesucristo, su afán misionero, la pretensión de haber recibido revelaciones…..De modo que, si me permiten, concluiré con un pequeño texto Pablo en su primera carta a los Corintios que hace honor al estudio de Freud que nombraba al principio: “Cuando yo era niño, hablaba como niño, sentía como un niño, razonaba como un niño. Cuando me hice un hombre acabé con las cosas de niño”. Con permiso de Mani, abandonemos la primera infancia de la humanidad y dejemos las cosas de niños para pensar como hombres.

lunes 6 de diciembre de 2010

“La caída” (Albert Camus) se adelanta a “Los detectives salvajes” en la tertulia.



A causa de algunos problemas que podrían calificarse de logísticos hemos decidido avanzar la tertulia sobre Camus antes de afrontar a Bolaño (es un pequeño aplazamiento). Era ya hora de que la literatura francesa, representada por el escritor que tal vez mejor desempeñe el papel de referente ético durante el siglo XX, estuviera presente en nuestro blog. Después del relativo consenso crítico en los últimos autores se avecina un debate con opiniones contrapuestas: Camus no ha gustado a todos de modo que sus más entregados seguidores intentaremos convencer a los escépticos.

jueves 18 de noviembre de 2010

El libro de Job





Había en mi casa una edición de la Biblia que me causaba un inefable rechazo, en parte por tener el aura de libro sagrado, en parte también por la decoración de la portada y sus páginas amarillentas. Cuando en el colegio nos obligaron a leer, con moderación (los católicos siempre han sido más partidarios de catecismos), fragmentos del Libro de los libros no pude cambiar de opinión, pasaba de las historietas de bárbaros del Antiguo Testamento al insufrible beaterío de los Evangelios. Desde luego tenía toda la razón Savater cuando decía que la Biblia carece de una moral de señores y no tiene aliento trágico. Para respirar de nuevo, tras enfangarse uno en el Génesis o en los Cartas paulinas, hay que ir a los griegos; leer a Homero o a Sófocles es una especie de purificación.

En los últimos tiempos le he prestado más atención. Un análisis riguroso del Nuevo Testamento nos permite comprobar que el cristianismo originario, revolucionario y apocalíptico, nada tiene que ver con la tranquilizadora reelaboración de Pablo. Pero es mucho más divertido el Antiguo Testamento, las salvajadas sin nombre del aciago demiurgo que escandalizaba a Marción se mezclan con fragmentos de enorme calidad literaria, incluso algunos, como el Libro de Job, de una sorprendente modernidad y profundidad de pensamiento. Es un texto inquietante este relato del torturado Job, personaje que tiene poco que ver con ese ejemplo de obediencia y sumisión que nos han vendido, casi diría que es un auténtico rebelde comparable a Prometeo. El paciente Job está poniendo en tela de juicio la autoridad divina al mostrar que en el mundo no existe justicia, que para los hombres justos no hay recompensa sino castigo y que los malvados que no sirven a Dios siguen vivos y prosperan.

El Libro de Job tuvo difícil encaje en el proyecto bíblico y pese a ello acabó adquiriendo enorme trascendencia teológica al exponer el problema central de la Teodicea: ¿Es posible compatibilizar la omnipotencia y la bondad de Dios con la existencia del mal? Si leemos la obra olvidando todo lo que nuestra educación religiosa nos ha enseñado vemos que no hay explicación satisfactoria al inmerecido sufrimiento del protagonista. El autor no solo no desmiente esta idea sino que la refuerza en el grandioso poema dialogado que ocupa la parte central, entre los convencionales prólogo y epílogo debidos sin duda a un autor diferente.

El inicio es sorprendente, Yahvé ha sido incitado por Satán y duda de su fiel más devoto; a partir de ahí Job es sometido a pruebas y castigos injustísimos a causa del extraño juego de dos desocupados, Yahvé y Satán, que apuestan alegremente. Causa perplejidad el comportamiento caprichoso de Dios, carente de consideración alguna hacia el sufrimiento de sus criaturas; por muy cristiana que sea nuestra mentalidad no se puede evitar la inquietud ante un Dios que se deja tentar por Satán y que, en la práctica, se comporta como un torturador.

Si consultamos la opinión de los teólogos de la ortodoxia, Job es el hombre justo que ha sido castigado, pero hay algo que no cuadra, no es el personaje que nos han vendido. Estamos ante un rebelde que rechaza con firmeza el trato que está recibiendo y se enfrenta con toda energía contra su suerte que no parece regirse por ninguna equidad. Se le abren los ojos y ve a un enemigo: el mundo en el que vive es miserable y Dios no merece su entrega; no hay justicia y solo cabe cuestionar el orden existente. El padecimiento no le ha reducido a un ser suplicante y débil sino que ha creado a un hombre erguido y cuestionante. Ni se queja ni se lamenta por sus males, lo que hace es protestar ante la subversión del orden que Dios mismo había establecido. Ha sido Yahvé quien ha roto la ordenación moral del mundo y Job se lo reprocha porque no entiende las razones. Los amigos de Job intentarán convencerle con el argumento habitual (si sufres se debe a que has hecho algo malo. Dios es justo y no se equivoca) pero no le callan y al ver que Job desmiente sus argumentos y combate a Yahvé tenazmente se hacen cada vez más hostiles. Job está sediento de justicia, no se doblega ante la evidencia de un mundo inicuo y está dispuesto a luchar contra Dios. Hasta ahora ha creído en un mundo obra de un Dios bueno al que ha servido intachablemente: ¿Por qué de pronto se ha vuelto hostil y extraño? ¿Ha hecho algo para merecer el sufrimiento?

Job se atreve a retar a Dios hasta que el Sumo Hacedor se ve obligado a aparecer. Y lo que hace es tan sorprendente como decepcionante, la respuesta es un alarde de argumentos de autoridad y despliegue de poder, ni rastro del buen Dios que explique a Job que su sufrimiento no es más que una penosa experiencia destinada a probar su fe, ni siquiera vemos al Dios del principio que ha actuado por puro capricho. Yahvé no aclara ninguna duda, el mundo es más extraño y ajeno de lo que Job pensaba y ante esto Job calla, entiende que debe renunciar a una explicación del mundo a la medida de su existencia; puede que haya un orden pero es inaccesible.

De acuerdo, podemos quedarnos con la explicación teológica de que los caminos del Señor son inescrutables o podemos pensar como Epicuro que los dioses quedan muy lejos y que no se preocupan de nuestros asuntos. Pero lo que ha quedado de manifiesto es que la omnipotencia divina es amoral, el poder ejercido hasta ese momento por Dios es despótico pues no solo impone la razón del más fuerte sino que se ha mofado del dolor humano. Y frente a Dios se eleva la figura de Job, extraordinario por su integridad aún contra un oponente terrible.

Job, el héroe que cuestiona, ha decidido callar, el hombre irritado pasa a ser el más paciente. Sus palabras finales parecen haber disuelto todo el turbador núcleo central. Pero no se engañen, quieren que confundamos las convencionales vulgaridades de los tres amigos con el hombre que ha llamado asesino a Yahvé, con el titánico retador de Dios. Todas sus palabras confirman su incredulidad ante la justicia divina, sabe que si Yahve consiente a Satanás no puede ser a la vez omnipotente y bueno; solo puede ser omnipotente y malo, o ser bueno y débil. A partir de ese convencimiento, que los teólogos nunca han sabido resolver, el hombre queda situado por encima de toda tiranía, por encima de cualquier justicia que venga de arriba. Fue la experiencia tan dolorosa la que le permitió ver la verdad, no supo resignarse y accedió a un nuevo conocimiento. Sí, Dios al final lo colma de bienes porque le tiene miedo, trata de sobornar a Job y éste se deja halagar porque tiene la teja con la que se rascaba las pústulas. Es el símbolo de la debilidad de Dios.