miércoles, 26 de marzo de 2014

Beowulf y la estirpe de Caín.





Bajo los efectos de algún proceso febril, me dediqué no hace mucho a leer todo aquello que encontraba sobre un viejo poema épico anglosajón, Beowulf. Mi compulsión llegó al visionado de varias versiones cinematográficas que arrojan resultados bastante dispares, desde lo más infecto a la última e interesante recreación de Robert Zemeckis. Incluso me arriesgué a comprobar lo que podía dar de sí la obra en el mundo del cómic, concretamente la ambiciosa propuesta de Santiago García y David Rubin. Las ilustraciones de Rubin, espléndidas, muestran lo que imaginé cuando leí el poema: un mundo violento, bárbaro, con fuerzas siniestras y héroes dispuestos a morir o a permanecer eternamente en la memoria de sus semejantes.





Puede estar poco justificado el interés por un texto que el mismo Borges, que tenía debilidad por la literatura medieval germánica, consideraba bastante simple e inferior a otros grandes poemas épicos. El hilo argumental, la historia de un héroe que debe liberar a los daneses y luego a su propio pueblo de horribles monstruos, parecerá simple, pero hay una tensión muy atrayente entre los diferentes elementos que integran el poema: la base histórica -real y comprobable-, el elemento heroico-mítico y el componente cristiano, resultado del trabajo de un compilador, tal vez un clérigo, que intenta imponerse y domesticar el sentido originario que se resiste a ser acallado. Todo ello dota al poema de una hondura y complejidad, de una cantidad de sugerencias, que justifican las múltiples recreaciones posmodernas y los intentos por humanizar a personajes mucho más oscuros de lo que parecen.



Es el conflicto entre la esencia pagana y bárbara del poema y su plasmación por escrito, con la evidente intención de reforzar el cristianismo de unas comunidades todavía reacias, el primer argumento que justificó mi afición por Beowulf. La insistencia en la caracterización anticristiana de Grendel, monstruo semihumano “ajeno a toda justicia”, apenas disimula el origen que debió motivar el núcleo más primitivo del relato, el difícil tránsito entre naturaleza y civilización. Pero el hábil poeta cristiano advierte las enormes posibilidades que ofrece el salvajismo pagano de Grendel y lo convierte en la representación del mal, un miembro de la estirpe de Caín que solo puede ser derrotado por el enviado de Dios. De este modo, el combate contra nuestros propios demonios, contra los impulsos más oscuros y negativos de la naturaleza humana, es transformado en una condena del paganismo que será derrotado por un héroe sin tacha.

map of Beowulf's Europe



Los héroes que venera el paganismo germánico son muy diferentes a los mártires que admirará el cristianismo. La última mano que fijó el poema de Beowulf como texto cristiano, sabía que el héroe que derrotara al monstruo satánico no podía ser un mártir lloriqueante, había de ser un guerrero excepcional, un trasunto de Cristo enviado por Dios para liberar a los germanos de la idolatría. La propuesta recuerda a lo que muchos siglos después plantearía Carlyle, el concepto de la historia como el resultado de individuos excepcionales, héroes que surgieron en el momento preciso para resolver las situaciones más complicadas. Beowulf es un heroe de Carlyle, el libertador que surge representando la verdad y la justicia cuando todo parecía venirse abajo. El guerrero cuya lucha constante permitirá mantener la independencia de los gautas, hasta que su muerte abra un nuevo periodo de caos y descomposición.

En este sentido, y aunque el héroe nunca será derrotado, hay un tono pesimista que se va acentuando conforme avanza el relato; tras las victorias sobre Grendel y su horrible madre, la lucha con el dragón, siendo Beowulf casi un anciano, demuestra lo que se nos había anunciado al principio: el coraje y la lealtad de sus guerreros han desaparecido, su pueblo está condenado a la ruina. La ruina inevitable es el destino de todos, acabamos reencontrándolo en una batalla final cuyo resultado es siempre la derrota, de ahí la conciencia de Beowulf sobre un mundo hostil y efímero en el que el único esfuerzo justificado es el que otorga honor y gloria eterna. Conquistar la inmortalidad y servir de ejemplo en la conciencia de los hombres, que transmitirán las grandes hazañas del héroe de generación en generación. Beowulf, sin que pueda evitarlo el poeta, acaba recordándonos más a Aquiles que a Cristo: “Para todos nosotros un día se acaba la vida en la tierra, mas antes debemos cubrirnos de gloria; no hay cosa mejor para un noble guerrero después de su muerte”.


Desde los tiempos de los Evangelios, el cristianismo ha intentado limar las garras de la subversión y difuminar los aspectos más turbios de nuestras motivaciones. Todo acaba simplificado hasta acomodarse a la interpretación que de este primer poema germánico dio Tolkien, veía en Beowulf la misma lucha maniquea entre el bien y el mal que se repite en sus historias sobre hobbits y orcos. Sin embargo, cuando leemos las hazañas de este libertador germánico, hay elementos que no acaban de encajar en la figura del héroe iluminado. Beowulf es demasiado humano, demasiado orgulloso, está muy en los márgenes de la Comunidad como para ser un personaje irreprochable. Ha restablecido el orden porque está por encima del resto y porque, como el monstruo, hay algo de liminal en su fiereza. Por eso, nos recuerda el poeta, los tiempos de las grandes hazañas desaparecieron para siempre, hombres como Beowulf ya no convienen a una comunidad sumisa al poder de Dios.


1 comentario:

  1. He encontrado este texto de Jorge Riechmann y me ha parecido interesante incluirlo como complemento a lo comentado sobre Beowulf:

    "Solo significa que sabemos que la bestia no vive extramuros o en casa del vecino: Habita en todas partes, también en nuestros sueños, nuestras luchas y nuestros corazones".

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