sábado, 12 de julio de 2014

Botchan, de Soseki: Pequeñas miserias.

Todos los que formamos este pequeño círculo de bibliófilos somos profesores, sabemos de los manejos y miserias que se ventilan en ese particular universo de un claustro de docentes y hemos sufrido en nuestras carnes la incomprensión o la abulia de alumnos hartos de estar recluidos durante seis o siete horas seguidas. Era pues inevitable que nos encontráramos en algún momento con Botchan. Porque Botchan, uno de los personajes más peculiares y conocidos de la literatura japonesa, llega pronto a la conclusión de que no sirve para esto, que la vocación de maestro es un bonito ideal que se suele estrellar con la difícil realidad y que transigir con las pequeñas miserias cotidianas acaba volviéndote cada vez más escéptico y menos entusiasta. Tal vez sea una visión algo pesimista, pero es que nuestra profesión no está hecha para quienes no quieren complicarse la vida ¿Qué se creían?
No es tan extraño que podamos encontrar afinidades con un maestro japonés de principios del siglo XX, en realidad los problemas que afronta alguien que va a ejercer la docencia en un lugar que desconoce tienen que ser muy similares. Japón estaba en pleno proceso de occidentalización -no sin dificultades y rechazos- a partir de la Revolución Meiji, por eso hay elementos culturales que nos parecen comunes, incluyendo una literatura que está lejos del refinamiento, el misterio o el esteticismo que suponemos asociado a los escritores orientales.
Ejemplo de esta vertiente literaria es el Botchan de Soseki, obra ferozmente simple, de escritura a veces desmañada, directa, sin delicadezas ni lirismos. Soseki dibuja caracteres con breves trazos para que la sátira funcione a la perfección. ¿Literatura menor? Puede ser, en todo caso muy divertida, con una comicidad que procede de la incompatibilidad de Botchan con el entorno en el que vive a disgusto, del carácter impetuoso e inseguro, poco adaptable, que le lleva a continuas situaciones que lo ponen en evidencia. En cierto modo me recuerda el esquema de aquella serie norteamericana, Doctor en Alaska, solo que acentuando los aspectos más vulgares y prosaicos. Incluso, en la determinación y las reglas morales de Botchan, podríamos encontrar semejanzas con los códigos que Joel Fleischman intentaba preservar en el mágico pueblo de Cicely.
 
El considerable mérito de Soseki es la creación de un arquetipo literario, me atrevería a hablar de botchanismo como de una actitud ante la vida. Botchan es un metepatas que acaba resultando simpático porque va con sus ideas hasta el mismísimo infierno, es capaz de partirse la cara por lo que cree justo, aunque su visión de la justicia esté totalmente distorsionada. En el fondo es un tipo inseguro que se disfraza de falsa firmeza para encubrir sus pocas luces. Las debilidades de Botchan son tan evidentes, sus intentos por disimularlas tan lamentables, que no puedes sino ser condescendiente con sus bajezas y su estricto y algo ridículo concepto del honor.
No busquen una reflexión sobre el sentido de la educación -como podíamos encontrar en Jacob Von Gunten- porque no se trata de esto, el objetivo de la sátira va por otros caminos. El mundo es un lugar inhóspito en el que, o tienes la capacidad y la decisión suficiente para transformar las circunstancias, o es preciso saber leer bien la situación para adaptarte lo mejor posible. Sospecho que Soseki veía en Botchan el representante de una actitud ante la vida y de unos valores que estaban en proceso de desaparición: el Japón moderno, individualista y occidentalizado, empezaba a ver con escepticismo ideas sobre el honor y la responsabilidad que parecían periclitadas. A Soseki tal vez no le gustaba demasiado hacía dónde soplaban los nuevos vientos, pero no podía evitar ver en Botchan el representante ingenuo y acomplejado de una forma de vida que ya no era útil.

1 comentario:

  1. Las bolas de arroz que aparecen en una de las fotografías es el famoso Dango, elaborado con pasta de arroz dulce y servido como si fueran pinchos. Es uno de los platos preferidos de Botchan y suscita alguna de las reflexiones más divertidas del personaje, al que siempre acaban pillando sus alumnos en sus pequeñas miserias.

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